Los recientes estrenos de Lilo & Stitch y Cómo entrenar a tu dragón nos demuestran que, lejos de que nos hartemos, seguimos haciendo clic en los tráileres de estas películas, comentando el cast y apuntando la fecha de estreno. ¿Pero por qué? ¿Qué hay detrás de este fenómeno?
No es un descubrimiento decir que vivimos en el multiverso de los live-action. Cada pocos meses, sale una nueva versión con personas reales (o casi) de esas pelis que nos marcaron cuando éramos críos. La Sirenita, Mulán, El Rey León y ahora Lilo & Stitch (25 de mayo) y Cómo entrenar a tu dragón (12 de junio), la lista no para.
Aunque, claramente, tiene un papel importante, no es solo nostalgia. Volver a ver a personajes como Stitch o Desdentao en nuevas formas es un golpe directo al corazón. Pero hay algo más profundo que eso. En realidad, el auge de los live-action dice bastante de cómo estamos viviendo esta época: una en la que lo viejo no se tira, se reinventa.
Tal vez, parte del atractivo está en el deseo de traducir esas historias al lenguaje del presente. Las pelis que vimos de peques tenían mucho valor emocional, pero también estaban hechas desde otra mirada. Adaptarlas hoy no significa simplemente “copiarlas” con actores reales, sino repensarlas, matizarlas, incluso corregir cosas que hoy chirrían. Es como si el live-action fuera una segunda oportunidad de contar lo mismo, pero desde el hoy.
Mismas historias, ojos diferentes
También influye el simple hecho de que estas historias siguen siendo buenas. A veces pensamos que si algo es antiguo ya no tiene nada que aportar, pero en realidad muchas de estas pelis originales ya tenían una estructura tan potente, personajes tan redondos, que es lógico querer compartirlos con nuevas generaciones.
El live-action, en ese sentido, puede ser una forma de abrir la puerta a quienes quizá no conectan tanto con la animación tradicional. Y si a eso le sumas efectos visuales y nuevas lecturas culturales, la mezcla puede ser muy potente.
Además, no nos olvidemos de que los live-action no son solo para los niños de ahora. También son para nosotros, que hemos crecido, que hemos cambiado, y que volvemos a esas historias con ojos diferentes. Ver a Lilo enfrentarse a la pérdida o a Hipo descubriendo su lugar en el mundo ya no nos toca igual que cuando teníamos diez años. Nos toca más. Porque ahora entendemos otras capas, sentimos otras cosas. Y que una historia siga teniendo sentido tantos años después es una pasada.
No obstante, también hay algo un poco extraño en este boom de revisitar el pasado. Es como si nos costara dejar ir las historias que nos hicieron felices. Como si no nos fiásemos de que puedan surgir otras igual de poderosas. O peor aún, como si la industria no se atreviera a apostar por lo nuevo.
Pero, en definitiva, puede que haya saturación, puede que algunas adaptaciones funcionen mejor que otras. Pero más allá de eso, los live-action existen porque seguimos necesitando lo que esas historias nos dieron: una forma de entender lo que somos, lo que fuimos y lo que aún queremos ser. Tal vez no estamos repitiendo el pasado. Tal vez solo estamos aprendiendo a verlo desde otro ángulo.
