El hijo de la cómica, el homenaje de Sacristán a Fernán Gómez

José Sacristán en el hijo de la cómica
José Sacristán en El hijo de la cómica

El actor estrena en el Teatro Bellas Artes su adaptación de El tiempo amarillo, la autobiografía de su amigo y maestro Fernando Fernán Gómez

Al apagarse las luces de la sala, una silueta delgada camina hacia la esquina derecha del escenario. Asomada al público, pronuncia con voz grave y rotunda: “Yo soy un cómico, que viene a contar la historia de un cómico que era, a su vez, el hijo de una cómica”. Desde el pasado 26 de abril, cada tarde se repiten estas palabras en el Teatro Bellas Artes de Madrid. Son el comienzo de El hijo de la cómica, la obra con la que José Sacristán ha llevado a escena su particular visión de El tiempo amarillo. Memorias (1921-1943), la autobiografía de quien fue su maestro y amigo, Fernando Fernán Gómez.

Con una escenografía austera, casi desnuda, que cede espacio a la palabra y a la imaginación, la producción ha colgado ya el cartel de entradas agotadas en todas sus funciones. La propuesta, dirigida y protagonizada por el propio Sacristán, viaja por las memorias del dramaturgo y novelista, pero también por las suyas propias, por las de la ciudad de Madrid, por las de toda una generación.

Un cuerpo, muchos personajes

Sobre el escenario apenas descansan algunos objetos –sillas viejas, cajas, un perchero– que sirven de apoyo al único actor. A partir de esos pocos elementos brotan los recuerdos y los personajes, todos ellos encarnados en un único cuerpo: el de Sacristán, que en un ejercicio de extraordinario virtuosísimo actoral se desdobla una y otra vez. Sacristán es Fernán Gómez adulto, es Fernán Gómez niño, es la abuela, es la madre, es cualquier personaje secundario y es también, a veces, Sacristán.

Con esta especie de estilo indirecto libre teatral, el actor ha creado un trabajo que reflexiona también acerca del propio teatro: sobre los recursos necesarios para dar vida a distintos personajes o para sostener una historia. Es un monólogo, pero también hay diálogos; es una narración, pero también es una representación. Por supuesto, todo esto es posible gracias al fascinante instrumento de su voz, capaz de evocar fantasmas a partir de un texto y una escenografía sencillísimos.

Testimonio de una generación

El recorrido vital que plantea la obra abarca prácticamente la totalidad del siglo XX, con todos sus cambios, sus crisis y sus pequeños momentos de felicidad. A través de los recuerdos de Fernán Gómez se observan las transformaciones de un país, de una familia y de su relación con el teatro. El relato reconstruye una infancia marcada por los viajes constantes de una compañía ambulante, la inestabilidad de la profesión y el vínculo decisivo con su abuela, figuras y experiencias que terminarían moldeando su forma de entender el mundo.

El resultado es un viaje muy equilibrado en el que hay espacio para la información, para la sensibilidad, para la pausa, para las lágrimas y también para el humor. Un humor que constituye una de las mayores virtudes del texto, con una ironía elegante y profundamente humana que permite al espectador acercarse a los personajes desde la empatía. Incluso en los momentos más amargos aparece cierta ligereza que impide que la obra se vuelva pesada o excesivamente nostálgica.

Sacristán ha dado forma, con enorme cariño, a un homenaje lleno de admiración hacia su “feo y pelirrojo” amigo, en el que se reconoce a sí mismo como heredero de una tradición cultural compartida con él: la de una generación acostumbrada a sobrevivir gracias a la imaginación, la dignidad y la palabra. Este ejercicio de memoria colectiva termina así por convertirse en una auténtica celebración del teatro como lugar donde las voces del pasado pueden seguir vivas.

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