La nueva versión de El veneno del teatro, escrita por Rodolf Sirera y dirigida por Roberto Torres en el Teatro Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa, parte de una premisa atractiva. Sin embargo, la ejecución termina alejándose de esa intensidad prometida y deja una sensación de artificio constante.
La obra plantea un duelo psicológico entre una marquesa obsesionada con alcanzar la verdad absoluta en la interpretación y una actriz reconocida que termina atrapada en un peligroso juego de poder. Estos dos personajes están interpretados por las actrices Silvia Maya (como Gabrielle De Beaumont)y Marta Sangú (como La señora marquesa). El texto de Sirera, convertido ya en un pequeño clásico contemporáneo, sigue conservando fuerza temática y capacidad para generar tensión. Pero esta adaptación, dirigida por Roberto Torres, parece más preocupada por construir una estética llamativa que por profundizar en el conflicto emocional y filosófico de sus personajes.
Una puesta en escena vistosa pero poco efectiva
Uno de los principales problemas del montaje es su dirección escénica. Roberto Torres apuesta por una propuesta visual estilizada y moderna, pero la sensación general es que muchos elementos terminan funcionando más como distracción que como apoyo dramático. La escenografía y ciertos recursos visuales generan una atmósfera extraña e incluso prometedora al inicio, pero la obra pierde fuerza conforme avanza y nunca termina de construir la tensión claustrofóbica que requiere el texto que se representa en el teatro Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa
El ritmo también resulta irregular. Hay escenas que deberían resultar incómodas o perturbadoras y, sin embargo, se alargan innecesariamente o carecen de intensidad. La sensación de amenaza psicológica aparece de forma intermitente y la función nunca consigue mantener un nivel constante de inquietud. Lo que debería ser un duelo interpretativo absorbente acaba pareciendo frío y desconectado.

Una marquesa poco convincente
Las interpretaciones tampoco ayudan a elevar el conjunto. Aunque hay momentos puntuales de tensión entre las dos protagonistas, acaba percibiéndose cierta desigualdad en las actuaciones. Especialmente problemática resulta la construcción del personaje de la marquesa, cuya presencia debería dominar la función desde la ambigüedad y el magnetismo inquietante. En esta versión, sin embargo, el personaje acaba pareciendo excesivamente forzado y teatralizado, perdiendo parte de la complejidad psicológica que necesita para sostener la obra.
La falta de química escénica entre ambas protagonistas afecta directamente al conflicto principal. El juego de manipulación y poder que debería sostener toda la función rara vez alcanza la intensidad necesaria y muchas escenas clave terminan perdiendo impacto dramático. Incluso en los momentos más extremos, parece difícil conectar emocionalmente con lo que ocurre sobre el escenario.

Un potencial desaprovechado
Uno de los aspectos más interesantes de El veneno del teatro, de Rodolf Sirera, siempre ha sido su capacidad para reflexionar sobre los límites entre ficción y realidad, así como sobre la obsesión artística llevada al extremo. Esta adaptación mantiene esas ideas de fondo, pero apenas consigue desarrollarlas con profundidad. La dirección parece confiar demasiado en la estética y demasiado poco en la construcción psicológica de los personajes.
El resultado es una obra que tiene una premisa poderosa y un material de base muy sólido, pero que no termina de encontrar el tono adecuado. La tensión nunca explota del todo y el supuesto thriller psicológico acaba pareciendo más superficial de lo esperado.
