La Sagrada Familia, historia de un monumento interminable

La Sagrada Familia en obras.
La Sagrada Familia en obras. Foto: Sagrada Familia Oficial Website

La Sagrada Familia encara un nuevo momento histórico con la visita del papa León XIV el 10 de junio de 2026, en plena recta final de su construcción y coincidiendo con el centenario de la muerte de Gaudí

El Requiem de Mozart, La adoración de los Reyes Magos de Leonardo Da Vinci o El primer hombre de Albert Camus son grandes obras inconclusas. Lejos de ser un motivo de rechazo, su condición inacabada ha alimentado aún más la conversación que gira en torno a ellas. Si hablamos de nuestras grandes obras inacabadas de la actualidad: la Sagrada Familia de Gaudí es, sin duda, la principal. Sus andamios y sus contenedores de obra se han convertido ya en uno de los motivos más reconocibles de una obra en continua transformación.

Probablemente, si Gaudí hubiera vivido lo suficiente, no se habría sorprendido de que su proyecto siguiera en construcción más de un siglo después. Era plenamente consciente de su complejidad y de su enorme coste. A principios del siglo XX, cuando le preguntaban cuánto faltaba para terminar el templo, respondía con ironía que su cliente, Jesucristo, no tenía ninguna prisa, mientras él continuaba entregando todas sus energías a la obra día tras día.

Consciente de la necesidad de financiación a largo plazo y de la impaciencia de la ciudad, Gaudí propuso a la junta constructora un sistema de crecimiento vertical en lugar de horizontal. De este modo, el templo podía mostrar avances visibles en poco tiempo y mantener vivo el interés de los visitantes. Así se levantaron, entre otras, las fachadas del ábside y del Nacimiento. Su objetivo era que las generaciones que iniciaban la obra pudieran también disfrutar de sus resultados:

“Es imposible que una sola generación llegue a completar el templo; dejemos, por tanto, una muestra tan sólida de nuestro paso que las generaciones futuras se sientan impulsadas a continuar lo iniciado, sin quedar atadas a una única forma de ejecución. (…) Hemos hecho una fachada completa del Templo para que su importancia haga imposible dejar de continuar la obra.”

La estrategia funcionó. Los visitantes de aquel descampado donde se erigía la obra se sintieron satisfechos con el resultado y siguieron apoyando el proyecto. Las aportaciones económicas eran –y siguen siendo– fundamentales. Gaudí estaba convencido de que los templos habían de construirlos el pueblo y, desde sus inicios, la basílica se ha sostenido exclusivamente gracias a donaciones privadas y a las contribuciones de los visitantes, sin financiación directa del Estado ni de la Iglesia. Las entradas, entre los 26 y 40 euros, y las donaciones son indispensables para mantener su construcción. En el año 2025, la basílica recaudó 135 millones de euros y acogió casi cinco millones de visitantes. La sobreabundancia de turistas es uno de los problemas señalados por los vecinos del barrio, que denuncian que esto perjudica su vida cotidiana.

Además de optar por el crecimiento modular en vertical, Gaudí se preocupó de dejar muy bien definido el proyecto, consciente de que tendría que vivir varias vidas para verlo acabado. Para facilitar el trabajo a los futuros arquitectos que tendrían que hacerse cargo de su obra, elaboró planos detallados y construyó maquetas tridimensionales de las partes más relevantes. Su previsión resultó decisiva cuando, durante la Guerra Civil, se incendió la cripta y ardió parte de la documentación original. Sus discípulos pudieron rescatar algunos planos y reconstruir los modelos de yeso que conformaban sus maquetas.

Un proceso irregular

Por muchos motivos su construcción ha sido irregular. Las obras quedaron interrumpidas durante doce años, entre 1936 y 1948, aunque posteriormente se retomaron de manera progresiva. Décadas más tarde, en 1971, volvió a cuestionarse la legitimidad de su continuación. Ciento veintitrés arquitectos, algunos de gran prestigio, firmaron un manifiesto contrario a seguir construyéndola e incluso propusieron su demolición. La polémica se acalló y las obras continuaron su lento caminar hasta que en 1976, de nuevo, otro grupo de profesionales criticó duramente las intervenciones realizadas tras la muerte de Gaudí. Con el paso del tiempo, algunos de aquellos firmantes reconocieron públicamente su error, como el arquitecto Óscar Tusquets, quien en 2011 publicó un artículo titulado ¿Cómo pudimos equivocarnos tanto?

El problema con los vecinos

Superadas las polémicas con los arquitectos, llegaron los problemas con los vecinos. En 1975 el Ayuntamiento de Barcelona tomó una decisión determinante en la trayectoria del templo. El valor del suelo en el entorno de la obra se había multiplicado y se concedió licencia para construir bloques de pisos en una zona que interfería de manera directa con el proyecto de Gaudí. Esto generó un choque entre la planificación urbana y la fidelidad al diseño de Gaudí, especialmente en torno a la futura fachada de la Gloria, concebida como una gran entrada monumental que quedó parcialmente condicionada por estas construcciones.

Medio siglo después el conflicto sigue abierto. Parte del vecindario se opone a cualquier tipo de demolición o expropiación, mientras que otros barceloneses defienden la necesidad de respetar el proyecto original. Como parte de su discurso contra la finalización de la escalinata de la fachada de la Gloria, algunos vecinos han llegado a denunciar una falsificación de los planos registrados como originales de Gaudí. La decisión recae en el Ayuntamiento de Barcelona: acabar con el plan del arquitecto pasa por expulsar a los vecinos de sus actuales viviendas. Es por ello que cuelgan de muchos de los balcones de las fachadas que rodean el célebre edificio carteles que dicen “Ayuntamiento y templo: no a las expropiaciones” o “Nuestros pisos son legales. Lo que está claro es que si no se procede a una gran demolición la obra quedará inacabada para siempre.

Un momento decisivo

En este contexto, el papa León XIV visitará la Sagrada Familia el 10 de junio de 2026 para bendecir la torre de Jesucristo –ya convertida en la más alta de Barcelona tras su reciente finalización en marzo– y conmemorar el centenario de la muerte de Gaudí. Para él, el gran maestro modernista, “el requisito más importante para que un objeto sea considerado bello es que cumpla con el propósito para el que fue concebido”. Cuando el papa bendiga la torre, estará de alguna manera cumpliendo el gran objetivo de Gaudí, erigir un templo sagrado. Si desaparecerán algún día los andamios o si existirá la escalinata majestuosa solo el tiempo lo dirá.  

Deja una respuesta

Your email address will not be published.