Doisneau o la humanidad de un instante

"El beso del Hôtel de Ville" de Robert Doisneau

“Nunca he notado el paso del tiempo, estaba demasiado absorbido por el espectáculo que me ofrecían mis contemporáneos, un espectáculo gratuito e infinito para el que no se necesita entrada… y, cuando se presentaba la ocasión, les ofrecía, en recompensa, el consuelo efímero de una imagen”. Así definía Robert Doisneau (1912-1994) su entusiasmo por la fotografía, ese mundo lleno de imágenes salvadas para el recuerdo, del que el francés era un auténtico héroe.

 

Ahora, en el centenario de su nacimiento, Fanzine Radar acerca a la actualidad pequeños retazos de la obra de un hombre para el que “la simple actividad de mirar infunde una felicidad absoluta”.

 Doisneau fue, sin lugar a dudas, el fotógrafo personal del París del siglo XX. En él desarrolló su mejor cualidad: la paciencia, gracias a la que consiguió arrancar de las corrientes calles de la capital francesa momentos únicos, envueltos por un halo emocional que siempre ha transmitido algo al que está mirando. Desde el mítico beso del Hôtel de Ville (1950) hasta imágenes más desconocidas como Caballo caído (1942)  o Coco (1952), el artista de lo cotidiano conseguía atrapar la magia de cada rincón o persona que se topaba con su cámara."Las manos de pan de Picasso", de Robert Doisneau

Pero Doisneau también tuvo el honor de capturar a los grandes de su tiempo. Pablo Picasso, Georges Braque, Simone de Beauvoir, Orson Welles…son algunos de los nombres que se dejaron inmortalizar por un fotógrafo que, además de retratar a la “gente corriente en situaciones corrientes”, imprimió el espíritu de titanes culturales en imágenes blancas y negras (no hay que olvidar que Doisneau trabajó para la glamourosa revista Vogue).

Y es que con algunas de sus fotografías es imposible no esbozar una sonrisa (a veces melancólica, otras optimista). Da igual que sepamos que están preparadas. Al contrario: el encanto y espontaneidad que desprenden resulta aún más sorprendente cuando sabes que en realidad es un montaje. Quizás tenga que ver con la complicidad que siempre se creó entre él y sus modelos. Quizás la pasión que ponía en su trabajo quedaba plasmada en las fotos. O quizás, simplemente, resulta entrañable la sencillez con que retrata “ese mundo que tanto amó”. Sea lo que sea, consigue comunicar un valor inherente a todos nosotros: la simple y llana humanidad gracias a la que todavía hay cosas que merecen la pena en el mundo.

 

Citas extraídas del libro Robert Doisneau, de Jean-Claude Gautrand.

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