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EL VIOLINISTA QUE VENDIÓ SU ALMA AL DIABLO

16 febrero, 2011 Comentarios (0) Visitas: 875 Música

Y BIRD SIGUIÓ VIVIENDO

Cuando Charlie Parker nació en mitad del mapa de Estados Unidos, allá en Kansas city, se gestó lo que luego sería la gran revolución del jazz: el estilo bebop. Corría el año 1920, pero aún a día de hoy, pocos le discutirían el título de ser el mejor saxo alto de la historia. Fue un gigante agrandado por la estela de su propia leyenda: drogas, alcohol y un talento desmedido que necesariamente tuvo que acabar en una muerte temprana y esperada. Desde entonces, no han faltado artistas subyugados por su herencia: Julio Cortázar le dedicó un reverencial relato, El perseguidor que luego serviría de base argumental para la película Bird (1988), de Clint Easwood. Y cuya influencia también se extiende hacia otro coloso fílmico-jazzístico como es Round Mindnight (1984) de Bertrand Tavernier.

Pero vayamos a los orígenes. El fenómeno del bebop se remonta a la Segunda Guerra Mundial. Durante esos años, muchos músicos fueron movilizados, por lo que sus puestos quedaron a disposición de una generación más joven y menos formada a nivel musical. Terminado el conflicto, las Big bands cayeron en desgracia debido a la crisis de los circuitos musicales. Esto provocó que se abriese un inmenso abanico de pequeños grupos que, ante la imposibilidad de formarse en las viejas bandas del jazz, se mostraron dispuestos a asumir cualquier propuesta, por muy radical que pareciese en ese momento.Charlie Parker y Dizzy Gillespie

Y aquí, en este punto decisivo, se encontraron el saxo alto de Charlie Parker y la trompeta de Dizzy Gillespie en Nueva York. Aburridos de los ritmos rutinarios y facilones del swing, optaron por reírse abiertamente de las normas, impregnando a cada una de sus actuaciones de un ritmo furioso, cortante y seco. Había nacido el bebop y con él, un nuevo modo de vida. Intelectuales, escritores y poetas de la Generación Beat se reunían en torno a estas sesiones junto a homosexuales, pintores, traficantes, chulos, y demás elementos marginales de la sociedad, con los que compartían experiencias, dósis de todo tipo, y raptos de inspiración.

Destronada la tiranía del pentagrama, Charlie Parker canalizó abiertamente su inmensa capacidad hacia la forma más pura y diamantina del talento, que es la improvisación. Así, inventando cada nota sobre la marcha, y a base de modificar los acordes de viejas melodías, el saxo de Parker legó a la historia piezas imprescindibles como ‘Ko ko’, ‘Now’s the time’ o ‘Parker’s mood’.Charlie Parker disco

Por entonces yaón a la heroína se correspondía en proporción y gastos. Pronto llegaron las noches en las que ni siquiera aparecía por los clubs, por lo que Dizzy se negó a seguir tocando con él. Tras una gira fracasada en  empezó a conocerse a Charlie Parker como ‘Bird’ Pero a medida que su fama ascendía, su adicciCalifornia, Parker decide quedarse en Los Angeles, atraído por la facilidad con la que ahí conseguía droga. Su cuerpo no resistió más y tuvo que ser ingresado en un Hospital Psiquiátrico, después de una sesión fatídica de grabación en la que apenas podía sujetar el saxo mientras entonaba un angustioso ‘Lover Man’.

Siete meses después, terminó desintoxicado, pero nunca curado. Tan desbordante como frágil, se acostumbró a encomendar las vorágines de su estado de ánimo a los espejismos de las jeringuillas y el alcohol. Era habitual verle antes de una actuación tambaleando a pie de barra, sobre espirales de vidrios recién consumidos. Pero aún en la condición más ruinosa, los que le conocieron afirmaban que era capaz de transformarse con sólo sentir el tacto del saxo entre los labios. Como decía Cortazar, tocaba por miedo al silencio, al infinito. Proyectando sus estertores hacia las regiones más intransitables del alma, donde, ya sin aristas ni recuerdos entorpeciendo el trayecto, invocaba el aire por delante de cada nota improvisada.

Por eso, quizá nunca fue consciente de que más allá de los límites del escenario y de la heroína, las fauces de la realidad se abrían de par en par. Y cuando más falta le hizo el dinero, no lo tuvo: vio morir a su hija de neumonía por culpa de un tratamiento que no pudo sufragar. Golpe del cual nunca pudo recuperarse,  que le condujo varios intentos de suicidio y a hundirse en sucesivos episodios depresivos compaginados con más drogas.

Y claro, su muerte tuvo que ser álgida y urgente, como el aire que tantas veces inventaron sus pulmones. Por eso extraña poco saber que el infarto que le llevó a la tumba fuese detonado por un ataque de risa, mientras veía un show cómico de la televisión. Como si el destino (generoso como nunca, pero persistente en sus ironías) hubiese permitido a Charlie Parker reírse a carcajadas de la vida, antes de dejarle convulsionando con la cara desencajada sobre el sofá del salón.Bird lives

La noticia no sorprendió a casi nadie, pero no quedó ningún seguidor del bebop sin conmocionar a lo ancho del planeta. Era el año 1955 y llegaba el turno de transformar en pedestal la lápida del primer mártir maldito del jazz. No hubo que esperar demasiado. Al día siguiente, las calles y los vagones del metro de Nueva York amanecieron repletos de graffitis e inscripciones que repetían, como una súplica concedida por la posteridad: BIRD LIVES.

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