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Cartel de la obra Grooming del Teatro La Abadía

Una verdad incómoda

Ron Lalá

Gana tiempo, ¡ríe!

5 marzo, 2012 Comentarios (0) Visitas: 1001 Escena

Qué raro

Qué raro fue encontrar tan vacía la entrada del teatro y que la puerta estuviese cerrada, pero qué suerte y qué casualidad que, justo en aquel preciso instante, una chica la abriera y le cediera así el paso. Menos mal que aquella desconocida fue amable y le avisó de que sí, la obra ya había empezado, y era detrás de aquella puertecita. Qué nudo en el estómago al acceder a la sala, todo a oscuras. Cuidado con pisar a alguien, cuidado con hacer ruido o tapar alguna perspectiva. Y, de pronto, qué vértigo tan familiar al escuchar el crujido del tablado bajo los pies de aquella muchedumbre de actores vestidos de negro, que conformaban un extraño grupo de todas las edades, acentos y estaturas.

 

Qué público tan curioso también, por cierto. Niños y abuelos.

¿Y qué haría aquella señora junto al escenario, sentada enfrente de un portátil y dando órdenes al reparto y a los de iluminación? Los llamaba ‘cariño’ y ‘cielo’.

Qué raro que no parasen de recitar versos de Lorca, si la obra no era de Lorca.

Todo era cada vez más raro y no apuntaba visos de mejorar, así que soltó sus músculos y se entretuvo en observar las siluetas de aquellos actores, en distinguir el color de sus voces y jugar a reconocerlas, en emocionarse con el esfuerzo que les brotaba de la ilusión. Cuando se dio cuenta, las luces estaban encendidas y aquel público de niños y abuelos estaba aplaudiendo, y fue entonces cuando sucedió lo más raro de todo: los actores saltaron del escenario y se abrazaron a los espectadores.

Entonces, por los comentarios que revoloteaban a su alrededor, comprendió que, aun con la hora y la dirección apuntada, un plano de la zona imprimido y media hora de margen para reaccionar ante cualquier imprevisto, se había confundido de sala de teatro (existían dos en aquella calle) y había terminado en una función de aficionados, lo cual la sumió en tal estado de confusión y de vergüenza que, al volver a casa en metro, se preguntó varias veces si aquello no sería un escenario poblado de actores en lugar de un vagón lleno de aficionados.

Linea 3

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