El Teatro Español acoge la obra de Ernesto Caballero, una adaptación de la película de Ingmar Bergman, apostando por la entereza de un escenario vacío. Lucía Quintana, Emilio Tomé y Elisa Hipólito encabezan el reparto.
En las funciones teatrales es común que algún móvil en silencio evidencie su presencia. También alguna tos discreta que desencadena un par más de toses envidiosas en cascada. Y, aunque normalmente estas ‘interrupciones’ no sean del todo bienvenidas, en Tras el ensayo cabe la ligera posibilidad de que pasen desapercibidas y se disuelvan con la obra.
En esta adaptación al film Tras el ensayo (1984), de Ingmar Bergman –guionista y director de cine y teatro sueco–, Ernesto Caballero –director y escritor de La Gramática, su reseñable obra protagonizada por María Adánez y José Troncoso– construye un vínculo emocional entre el espectador en su butaca y el personaje en el escenario. Con cuatro o cinco elementos escenográficos, unas paredes de madera tirando a caoba, unos bombines antiguos, una moqueta verde envejecida, una iluminación cálida y un elenco de actores sobresalientes, Caballero logra construir una pieza dramatúrgica compleja, entretenida y redonda.
¿Qué sucede tras un ensayo?
Tras el ensayo transcurre en un escenario que queda vacío. Allí, Henrik Vogler, un director de teatro –interpretado por Emilio Tomé–, se queda solo una vez que los actores y actrices han abandonado el lugar. En ese espacio de silencio y atemporalidad aparente aparece Anna –interpretada por Elisa Hipólito–, una joven actriz con la que se inicia un diálogo de tiras y aflojas entre la coherencia y la desmesura, la resistencia y la vulnerabilidad, y la actuación y el impulso. A través de ese encuentro se filtra la presencia fantasmal de Rachel –interpretada por Lucía Quintana–, madre de Anna, antigua actriz de renombre y amante de Henrik en el pasado, ya que años antes había fallecido debido a la enfermedad del alcoholismo.
El espectador y Henrik
Es una obra que juega con la realidad y la ficción desde la propia acción teatral, y con unas dinámicas metateatrales que dan una cálida bienvenida al espectador, situándolo al mismo nivel que los actores. Ya lo anuncia el personaje que abre la escena, Henrik, quien, al pasar los cinco minutos de cortesía para los tardones del público que llenan las últimas butacas libres, clava su mirada en el público.
Las fronteras entre actor, personaje, director y espectador se tornan borrosas en una conversación relajada y ligera en la que el espectador es situado en el contexto espacio-temporal. ¿Realmente son palabras de Henrik? ¿Es él el director de Tras el ensayo? ¿Está Emilio Tomé dialogando con los espectadores antes de adentrarse completamente en el personaje? ¿Qué es actuación y qué no lo es? “Podéis responderme, eh”, añade Henrik.
El reto de Eduardo Vasco para Ernesto Caballero
Eduardo Vasco, director del Teatro Español, propuso a Caballero trabajar sobre la figura de Bergman. Este admitió la complejidad de adaptar una obra cinematográfica a las tablas. No poder contar con la cuarta pared que separa al público de la ficción le supondría un reto ya que en el teatro esa pared desaparece y la mirada del público condiciona el transcurso de la obra. No hay cuarta pared, pero ¿y cuarto actor? ¿Es el público de Tras el ensayo el cuarto actor en esta adaptación?
Y quizá ahí es donde Caballero decide jugar a la inversa. El espectador no es obviado de la función, sino todo lo contrario: es invitado a entrar en ella desde el primer minuto. Se le recuerda que está ahí, que forma parte del espacio, que puede incluso responder.
Los silencios de Bergman
El silencio (1963) es el título de una de las producciones cinematográficas más controvertidas e intensas de Ingmar Bergman., y en esta adaptación de Tras el ensayo se aprecia un inmenso respeto por las reflexiones personales del cineasta y por mantener esa visión de la pausa, la quietud y lo no dicho.
La ausencia de palabras recorre la obra. Ese elemento que muchos temen aquí se convierte en una herramienta expresiva fundamental. Es un silencio que tiene mucho que expresar. Ese juego de pausas entre los personajes pesa tanto como el que sentía Bergman cuando los actores abandonaban el escenario después de un ensayo. El telón del silencio cae. Para nada vacío, sino que está lleno de historias que, en algunos momentos de esta adaptación, el personaje de Rachel llena con la canción The Winner Takes It All, de ABBA.
En otras ocasiones, el silencio no es consecuencia de una falta de diálogo, sino de la ausencia de presencia. Los personajes ponen a prueba sus limites saliendo y entrando por la puerta de entrada de la Sala Margarita Xirgu. El vacío escénico, el abandono momentáneo del personaje y la extrañeza que produce este acto – el de utilizar una puerta que suele permanecer cerrada hasta que la obra finaliza– desencadena un silencio denso e inquietante.
La Sala Margarita Xirgu tras Tras el ensayo
La arquitectura teatral es de capas infinitas jugando con las normas convencionales teatrales y sin excederse en el modernismo de la metateatralidad. En Tras el ensayo los personajes están al control de la sala, incluso de la iluminación. Supuestamente…
Se trabaja desde la vulnerabilidad, la humildad y la fragilidad de los actores. Cuando termina Tras el ensayo, cuesta saber si uno ha asistido a una representación o si se ha colado en un recuerdo ajeno. La obra indaga en la memoria, la culpa, la necesidad de redención, la manipulación imaginada, la afectividad, el alcoholismo, la maternidad, el deseo y la vejez. Todo ello envuelto en una melancolía constante del paso del tiempo. Vivir por y para el teatro se convierte en una forma de existencia casi total. Y entonces aparece la duda: ¿Qué ocurre cuando uno deja de actuar? ¿Se puede salir realmente del personaje después de haber compartido tanto tiempo con otras identidades sin perder del todo la propia? ¿Qué parte del personaje se queda en el escenario tras un ensayo? ¿Qué sucederá en el escenario cuando el público abandone la sala Margarita Xirgu del Teatro Español?
Teatergrillen, el restaurante desde donde Bergman observaba

Tore Wretman abrió Teatergrillen en 1945, un popular restaurante de Estocolmo. Está situado a unos pasos de Dramaten, el teatro más famoso de Suecia que acogió a talentos como Greta Garbo, o donde se estrenó por primera vez la obra del dramaturgo estadounidense Eugene O’Neill, Viaje de un largo día hacia la noche (1962).
Se dice que era el restaurante favorito de Ingmar Bergman –la familia real de Suecia también comparte esa predilección en la actualidad–. Solía acudir habitualmente después de los ensayos y escoger la mesa de la izquierda de la entrada –conocida hoy como ‘la mesa de Bergman’–, desde la que podía ver y no ser visto.
Desde allí observaba cómo actores y actrices entraban después de un ensayo o una representación, y se preguntaba: ¿Con quién vendrán esta noche?, ¿cómo son fuera del escenario?, ¿qué personalidades les definen? Le apasionaba el escenario, la actuación, pero también todo aquello que lo rodeaba: lo que sucede fuera de las fronteras de la ficción, las historias del día a día de quienes lo conforman.
De ahí puede que haya surgido Tras el ensayo, una obra que lleva la interpretación a lugares extrateatrales, donde “Bergman se proyecta con crudeza y lucidez en su alter ego Henrik Vogler, para enfrentarse a los fantasmas del arte, el tiempo y la memoria”, según explicó Caballero en una entrevista con Europa Press.

