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20 abril, 2015 Comentarios (0) Visitas: 7839 Arte, Reportaje

Pintura erótica: la faceta más sexy del arte

Los medios de comunicación de masas han supuesto una gran revolución en cuanto a palabras o temas tabús. El caso del sexo es peculiar, ya que, siglos atrás, los artistas dedicaban numerosas de sus obras a escenas con alto grado de erotismo, aunque por la censura no se conocen hasta hace muy poco tiempo.

"Venus del espejo", de Diego Velázquez

«Venus del espejo», de Diego Velázquez

Ahora, bien entrada en nuestras vidas la era de Internet, no es para nosotros una sorpresa si en películas, canciones o libros aparecen términos relacionados con la intimidad física. De hecho, se ha acuñado el concepto de “…erótico” precedido por el tipo de arte que lo promulgue. Tanta ha sido su difusión que incluso se ha llegado a convertir en un género propio.

Puede que, al recordar ciertos momentos de la historia del arte, nos vengan a la mente ejemplos muy concretos de mujeres y grupos de personas sin ropa, sin embargo, hay más de los que creemos. Tanto pintores clásicos como otros más cercanos a la época contemporánea se han atrevido a retratar escenas sexuales en sus piezas y no lo han hecho precisamente insinuando o con detalles sugerentes, sino que han apostado por no dejar nada a la imaginación.

Aunque era considerado un tópico fuera de lugar y de lo más escandaloso en aquel entonces, uno de los casos más conocidos de la época renacentista fue el veneciano Tiziano Vecellio, que realizó, según dijo en una ocasión el escritor Mark Twain, «la pintura más loca, salvaje y obscena del mundo”. Se refería a la Venus de Urbino (1538), que se encuentra en la Galería de los Uffizi de Florencia y que representa a una mujer recostada en el interior de una casa con la mirada fija en el espectador y la mano izquierda sugiriendo algo más que provocativo para la época.

"Danae recibiendo la lluvia de oro", de Tiziano

«Dánae recibiendo la lluvia de oro», de Tiziano

También era altamente erótico para los contemporáneos de Tiziano su Dánae recibiendo la lluvia de oro (1565), en la que se ve a la joven Dánae, hija del rey de Argos, que la había encerrado y es el momento del cuadro en el que aparece Zeus a rescatarla en forma de lluvia de oro. La figura principal se encuentra recostada sobre la cama y con las piernas dobladas. A su vez, el siempre admirado Miguel Ángel Buonarroti pintó Leda y el cisne (1529), un cuadro que desapareció y que fue copiado hasta la saciedad.

Lejos del Renacimiento italiano, la pintura flamenca de esos años también nos ha dejado símbolos que invitan al placer y a la recreación de escenas íntimas. Hieronymus Bosch, más conocido como El Bosco, fue el creador de una de las obras más peculiares que los museos han visto: El jardín de las Delicias (1503-1504).

"El jardín de las delicias", de El Bosco

«El jardín de las delicias», de El Bosco

Se trata de un tríptico de enormes dimensiones y pintado al óleo con gran contenido simbólico. En el panel izquierdo se aprecia una imagen del paraíso, donde se representa el último día de la creación, con Adán y Eva, y en el panel central se representa la locura desatada: la lujuria. En esta tabla central aparece el acto sexual y es donde se descubren todo tipo de placeres carnales, que son la prueba de que el hombre había perdido la gracia al ser expulsado del jardín que Dios había creado para él.

En el Barroco destaca el pintor alemán Pedro Pablo Rubens, con sus Tres Gracias (1630-1635) y El juicio de Paris (1636-1639), ambas obras también ensalzando lo mitológico por encima de lo terrenal y en las que aparecen mujeres desnudas en medio de la naturaleza.

Otro de los grandes de las artes plásticas en esta época es nuestro Diego Velázquez. Él tiene como máxima representación del erotismo a su Venus del espejo (1650), en la que un reducido cromatismo, basado únicamente en los cálidos marrones, suaves azules, un solo rojo brillante y un blanco, hace que resalte sobre todo el cuerpo de la mujer, que aparece en una postura sensual, aunque algo pudorosa a la vez. De este cuadro se deduce también que ella está orgullosa de su belleza física al admirarse en el cristal, lo cual es una nueva seña de seducción para el mundo del arte.

"Maja desnuda", de Francisco de Goya

«Maja desnuda», de Francisco de Goya

Pero la sensualidad no terminó ahí, sino que llegaron los románticos como el español Francisco de Goya con su Maja Desnuda (1800) en tamaño natural, que pasó a la historia como el primer desnudo integral profano del arte occidental. Fue esta una de las primeras pinturas en mostrar el vello púbico femenino, aunque, cuando el pintor la realizó, la Iglesia Católica había prohibido la exhibición de desnudos y Goya nunca pudo ver cómo sus dos majas –tanto la vestida como la desnuda- brillaban en un museo.

Una vez pasado el período del Romanticismo y, a finales del Realismo, llega Édouard Manet con los primeros rasgos impresionistas en sus pinturas. Una destacada es Olympia (1863), que, aunque inspirada en las Majas de Goya, la Venus de Velázquez y la de Tiziano, resulta tener como protagonista a una prostituta parisina, que mira directamente a los espectadores y que contrasta, junto a las sábanas y las almohadas, con el fondo oscuro, resaltando la atmósfera de íntima sensualidad.

Gustave Coubert fue, en cambio, todo un choque en la pintura, ya que se lanzó e hizo El origen del mundo (1866), donde se muestra, en primer plano, el cuerpo desnudo de una mujer de cintura hacia abajo. Fue tanto el revuelo que causó que, en muchas exposiciones, fue escondido detrás de otros cuadros de Coubert o custodiado por personal de vigilancia por la posible reacción de los visitantes.

Llegamos así al período de Pablo Picasso y sus queridas Señoritas de Avignon (1907), una pintura de la época africana del artista que muestra a cinco prostitutas de un burdel de Barcelona desnudas y con unas formas no convencionales.

"Las señoritas de Avignon", de Pablo Picasso

«Las señoritas de Avignon», de Pablo Picasso

Si viajamos a Oriente, Japón se lleva la palma. Y es que allí podemos encontrar cosas muy distintas a la hora de hablar de erotismo en el arte. Pasatiempos de primavera (1750) es una serie de pergaminos del artista Miyagawa Isshō, que utiliza figuras de la vida cotidiana nipona como son luchadores de sumo, actores de kabuki y geishas. Una de ellas representa un encuentro entre dos hombres: un samurái, y un actor de kabuki adoptando un papel femenino.

Otro ejemplo es El sueño de la esposa del pescador (1814), de Katsushika Hokusai. Es una xilografía que muestra a una mujer entrelazada con dos pulpos, de los cuales, el más pequeño envuelve uno de los pechos de la joven y la besa, mientras que el más grande se acerca a la intimidad femenina sin ningún reparo.

Después de todos estos casos de sensualidad en pleno auge, nos damos cuenta de que las escenas eróticas llevan presentes en el mundo del arte desde antes de que nuestras mentes puedan recordar y que, aún censuradas, en su día causaron un revuelo impresionante.

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