El cuarteto conquistó al público del Auditorio Nacional con un gran despliegue tanto instrumental como musical: dos piezas iniciales fuera de programa, los seis movimientos de la obra de Bolling y hasta tres propinas
Toot Suite de Claude Bolling es una obra poco frecuente en los escenarios, lo que convierte cada interpretación en directo en una experiencia casi irrepetible. Escrita a comienzos de los años ochenta para el célebre trompetista Maurice André, la pieza propone una fusión natural entre música clásica y jazz, combinando la trompeta solista con un trío de piano, contrabajo y batería. A lo largo de sus distintos movimientos, Bolling despliega un juego de colores, ritmos y contrastes cercano y accesible, cualidades que han convertido a Toot Suite en una de las composiciones más reconocidas y celebradas del repertorio para trompeta.
Pese al enorme reto que supone su interpretación, la alineación titular del concierto, celebrado el martes 20 de enero en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional, no dejaba lugar a dudas sobre el nivel artístico de la propuesta. Al frente, Manuel Blanco, trompeta solista de la Orquesta Nacional de España y ganador del ARD Music Competition de Múnich 2011 con la máxima puntuación histórica, se presentaba como el intérprete ideal para afrontar la obra. Junto a él, tres músicos cubanos de primer nivel: Pepe Rivero al piano, Reinier Elizarde el Negrón al contrabajo y Georvis Pico en la percusión, aunque en el programa de mano figuraba una denominación distinta para la formación.
Los preliminares son importantes
Un día antes del concierto, en un encuentro con los alumnos del Máster de Periodismo Cultural del CEU San Pablo, Manuel Blanco afirmaba que «hay que escuchar música para empezar a hablar de música». Lejos de sonar a tópico, esa idea se materializó a lo largo de toda la velada. Ya desde el inicio, cuando, tras un minuto de silencio en memoria de las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz, el cuarteto se apartó del programa para interpretar una pieza solemne, concebida como homenaje personal.
Tampoco entonces comenzó aún lo previsto. Antes, ofrecieron Elegy for Mippy, la breve y sentida obra que Leonard Bernstein compuso para la trompeta de la Filarmónica de Nueva York, dedicada al perro de su vecina, habitual visitante de su balcón. Esta elección sirvió como excelente carta de presentación de las capacidades expresivas de Blanco, que ya mostró su dominio de distintas sonoridades y técnicas del instrumento.
Un programa impecable
Con ello sí arrancó Toot Suite, comenzando por el primer movimiento, Allegro, interpretado con trompeta en do y desarrollado de forma progresiva hasta desembocar en un final apoteósico. El segundo, Mystique, hacía honor a su nombre con una larga introducción de trompeta en si bemol y piano, a la que se fueron sumando el contrabajo y la percusión, creando una atmósfera densa y sugerente.
El tercer movimiento, Rag-Polka, aportó un carácter más desenfadado y rítmico, con tempo acelerado y la utilización de la corneta, antes de dar paso a Marche, interpretado con trompeta piccolo. Este cuarto movimiento funcionó especialmente bien en los pasajes de conjunto, más que en los momentos de lucimiento individual, algo que pareció percibir el propio Blanco, quien al concluirlo y ante la calurosa ovación del público chocó el puño con sus compañeros de escenario.
Probablemente el momento más logrado del programa fue el quinto movimiento, Vespérale. La alternancia entre la trompeta en si bemol con sordina —tan asociada al sonido popularizado por Miles Davis— y el fliscorno, junto al acompañamiento envolvente del piano, el contrabajo y la percusión, dio lugar a una música serena y profundamente hipnótica. Para cerrar la parte programada, Spirituelle requirió la participación activa del público, que respondió cantando y terminó de sellar la complicidad entre intérpretes y sala.
Todo el concierto estuvo impregnado de un marcado carácter didáctico. Entre obra y obra, Blanco tomaba el micrófono para explicar qué iban a interpretar, qué trompeta utilizaría y el pequeño ritual asociado a cada cambio de instrumento. Esa cercanía hacía que los pequeños deslices se asumieran con absoluta naturalidad. Quienes habían tenido ocasión de escucharle el día anterior con los alumnos del máster no se sorprendieron: esa mezcla de rigor y cercanía es una constante en su manera de comunicarse, sumado a la pasión que le pone, pues como él mismo dijo: «El jazz me da felicidad».
Cerrar por todo lo alto
Y aun así, lo mejor estaba por llegar. Tras el programa oficial, el cuarteto ofreció tres propinas memorables. La primera, a cargo del trío cubano, pertenecía a su trabajo Los boleros de Chopin y mezclaba los Nocturnos, op. 9 del compositor polaco con ritmos cubanos. La segunda fue una samba en la que se sumó la trompista María Martín Portugués, también esposa de Manuel Blanco. Finalmente, trompeta y piano cerraron la noche con una pieza íntima y emotiva que Blanco dedicó a su padre. El concierto se despidió así con una sensación difícil de reproducir en el papel.
El cuarteto conquistó al público del Auditorio Nacional con un gran despliegue tanto instrumental como musical: dos piezas iniciales fuera de programa, los seis movimientos de la obra de Bolling y hasta tres propinas que ampliaron y enriquecieron la experiencia. Más allá del virtuosismo y la variedad sonora, quedó la impresión de haber asistido no solo a una interpretación brillante de una obra singular, sino a un encuentro honesto entre músicos y público, donde la técnica, la emoción y la escucha compartida se impusieron como verdadero sentido de la música en directo.
