El músico británico ofreció en la capital catalana un concierto breve y emocionante, marcado por la sensación de despedida definitiva
Eric Clapton (Reino Unido, 1945) es una de las figuras más influyentes de la historia del rock y del blues británico. Guitarrista obsesionado desde adolescente con músicos como Robert Johnson o Muddy Waters, Clapton construyó una carrera monumental atravesando algunas de las bandas fundamentales de los años sesenta antes de consolidarse como solista.
Su música es una mezcla de muchos estilos y con todos consigue un gran éxito popular. Fue apodado durante décadas “Slowhand” y su trayectoria ha estado marcada tanto por discos esenciales y canciones convertidas en himnos generacionales como por una imagen pública contradictoria. Más de sesenta años después de sus primeros shows, Clapton sigue siendo una leyenda y dando conciertos internacionales como el que se vivió el pasado domingo 10 de mayo en el Palau Sant Jordi.
A sus ochenta y un años, y en la que probablemente sea su última gira europea —o por lo menos la última española— Clapton apareció sobre el escenario como una figura cada vez más distante del mito y más cercana a una especie de artesano cansado que todavía encuentra refugio en las canciones.

El concierto fue corto, apenas una hora y cuarto, casi sin concesiones al espectáculo ni grandes discursos. Tampoco parecía interesarle demasiado construir un greatest hits complaciente. Más bien dio la impresión de que el repertorio respondía a una lógica íntima, incluso caprichosa: canciones que todavía le apetece tocar, otras que quizá puede seguir cantando sin forzar demasiado la voz y algunos clásicos inevitables repartidos estratégicamente para sostener el equilibrio emocional de la noche.
La banda, sobria y elegantísima, funcionó como una maquinaria discreta al servicio del líder: una segunda guitarra, dos pianistas, bajo, batería y un coro formado por dos vocalistas que aportaban textura góspel y cierto aire de liturgia sureña a muchos temas. Nada sobraba. Nada buscaba impresionar. Todo sonaba contenido, incluso cómodo, como si Clapton hubiera decidido hace tiempo renunciar a cualquier tipo de épica rockera.
La épica apareció de otra manera
El concierto arrancó con Badge, una de las pocas incursiones en el repertorio de la banda Cream y, además, lejos de ser la opción más evidente. Fue casi una declaración de intenciones: no habría nostalgia explosiva ni viaje triunfal por los sesenta. El Clapton que salió al escenario estaba mucho más interesado en alternar sus distintas identidades musicales que en alimentar el mito del guitar hero.
Durante el concierto convivieron claramente cuatro versiones distintas de Eric Clapton. Estaba el Clapton más famoso y reconocible, el de Cocaine o I Shot the Sheriff, canciones que siguen funcionando como puntos de conexión automática con el público.
Estaba también el Clapton más pop, ese compositor obsesionado desde hace décadas con baladas románticas, espiritualidad difusa y letras sobre redención amorosa que a veces rozan cierto sentimentalismo un poco anticuado.
Luego aparecía el Clapton melancólico, casi crepuscular, sostenido en medios tiempos donde la voz ya no alcanza ciertas notas pero encuentra otra clase de fragilidad. Y, finalmente, estaba el mejor de todos: el bluesman.
El bluesman tomó el control
Cuando Clapton entraba en ese territorio, todo dejaba de sonar automático. Había una concentración distinta, una verdad física en la manera de tocar. Como si, debajo de todas las capas de celebridad y décadas de carrera, siguiera existiendo el adolescente obsesionado con los discos de blues americano.
El gran momento de la noche llegó precisamente ahí, en Kind Hearted Woman Blues. Clapton se quedó solo con la guitarra, sin banda, sin adornos, sin nada que amortiguara el silencio del Sant Jordi. Y ocurrió algo rarísimo para un recinto de ese tamaño: la gente dejó de mirar pantallas, dejó de hablar, dejó incluso de reaccionar como en un concierto de rock.
El público observaba casi en estado hipnótico mientras Clapton tocaba ese blues antiguo como si estuviera invocando algo. De vez en cuando surgían silbidos, palmas rítmicas —por una vez usadas con sentido— y pequeños aplausos que no rompían el clima, sino que lo acompañaban. Más que una canción, parecía un ritual.

Ahí estuvo el verdadero concierto. No en los clásicos, ni en la nostalgia, ni siquiera en los solos más celebrados. Estuvo en ese instante suspendido donde un músico octogenario, aparentemente agotado de su propia leyenda, recordó por qué llegó a ser importante.
Quizá Eric Clapton ya no tenga la energía para sostener conciertos largos ni la necesidad de demostrar absolutamente nada. Pero todavía conserva algo mucho más difícil de mantener: la capacidad de hacer que una guitarra y un silencio compartido parezcan suficientes.
