El Callejón del Gato: ‘Luces de Bohemia’

Escena de Luces de Bohemia//Fuente: Javier Naval
Escena de 'Luces de Bohemia' // Fuente: Javier Naval

Tras el éxito de la pasada temporada, Valle-Inclán vuelve a agotar localidades en el Teatro Español con una de las obras cumbre de la literatura española del siglo XX, bajo la dirección de Eduardo Vasco

Luces de Bohemia se representó por primera vez en el Teatro Español, el más antiguo de Europa, en el 2025 después de más de 400 años de actividad teatral y siglos de historia, durante los que ha sobrevivido a incendios, intentos de derribo y transformaciones con las que se ha ido adaptando al transcurso del tiempo. El teatro acogió de nuevo, a finales de enero, el periplo nocturno de Max Estrella, el protagonista de la historia, cuya apariencia se asemeja a la del propio Valle-Inclán, colgando una vez más, el cartel de «entradas agotadas».

Un retrato satírico de la sociedad

La obra está ubicada en un Madrid agitado debido a la insurrección social causada por la miseria que sufren las clases obreras. La protesta es reprendida con extrema violencia tanto por parte de la policía como por un grupo de civiles, que se hacen llamar Acción Ciudadana. En este caldo de cultivo el poeta ciego, Max Estrella (Ginés García Millán), inicia su viaje por la medianoche madrileña junto a su inseparable y pícaro compañero, Latino de Hispalis (Antonio Molero). La salida tiene como objetivo corregir la mala gestión de uno de sus libros, que Latino ha vendido en pésimas condiciones. Una de sus primeras paradas y recurrente en la obra es la taberna de Picalagartos, lugar donde los personajes ahogan sus penas. Allí buscan un décimo de lotería que parece esperanzador. Sin embargo, la madrugada se va desfigurando, conduciéndoles por diversos escenarios típicos de la capital en sombras, donde se topan con peculiares personajes que encarnan aquel ambiente “absurdo, brillante y hambriento”, como lo describió el mismo Valle-Inclán.

Luces de Bohemia Teatro Español
Escena de Luces de Bohemia // Fuente: Javier Naval

No es casualidad la enorme recepción que ha tenido la obra, considerada un referente que ilumina tanto el presente como el pasado, que hereda la tradición literaria y artística española de grandes autores y artistas como Cervantes o Goya. Cabe destacar que el teatro de Valle-Inclán (1866, Vilanova de Arousa-1936, Santiago de Compostela) no se empezó a estudiar hasta los años 60. El autor gallego crea un retrato crítico, lleno de sátira, sobre la sociedad de antaño, haciendo reflexionar al público sobre la realidad actual, conflictiva y convulsa. La obra pone en el centro del relato a los personajes que solían estar en los márgenes, como el preso condenado a muerte, las prostitutas la Lunares y la Vieja Pintada, dos mujeres que buscan un lecho donde dormir en esa lúgubre noche, o los recurrentes clientes de un bar de mala muerte, entre otros. Asimismo, denuncia la situación precaria que sufren los poetas, las artes y, en particular, las letras, que siguen sin dar de comer a quienes se dedican a ello, a través de su protagonista, Max, un poeta olvidado que mendiga por una pequeña limosna para mantener a su familia y su compañero, Latino, que lo abandona en sus últimos momentos de locura y le roba la cartera. Muestra lo esperpéntico como humano, no defiende ni a unos ni a otros, y también se burla de las florituras de algunos poetas como Rubén Darío. Además, Valle-Inclán era una figura profundamente excéntrica y provocadora, siempre deseaba tener la última palabra. Su carácter desafiante lo llevó a protagonizar una pelea en el Café de la Montaña, donde sufrió una grave fractura en el brazo que acabaría costándole la amputación y lo dejaría manco.

Lo deforme y grotesco

El director, Eduardo Vasco, cuenta con una larga trayectoria de adaptaciones reconocidas como Hamlet, Abre el ojo o Viaje hasta el límite, entre otras. Este último montaje pone en marcha a un gran elenco, veinticinco actores en escena, que doblan y dan vida a personajes complejos, contradictorios y a la vez fascinantes. Algunos gozan de mayor presencia dramática, pero todos resultan fundamentales para recrear la historia que Valle-Inclán publicó en 1920. El reparto aporta un dinamismo constante, convirtiendo el texto en un organismo coral y expresionista. Aún así, la propuesta mantiene un respeto notable al texto original, además de sumarle una estética de suburbios con sutiles toques góticos y tabernarios, reforzando la atmósfera característica de la obra. Destaca especialmente la interpretación de Ginés García Millán como Max Estrella, que ofrece al protagonista una presencia intensa y llena de matices, alejándose del realismo estricto para construir una figura irónica, sabia e idealista.

La música se interpreta en directo, un piano, un contrabajo y un instrumento de percusión acompañan a Max durante todo su camino, aligerando algunas de las escenas más dramáticas. El espectáculo comienza con todo el elenco cantando el himno anarquista Hijos del pueblo, evocando el clima social latente del Madrid de la época, marcado por las luchas obreras y la represión. La escenografía es sobria, aparecen elementos puntuales como un caballo o la barra de un bar, que conviven con momentos en los que el escenario permanece prácticamente vacío. La iluminación de Miguel Ángel Camacho domina el relato, llena de contrastes de luz que se transforman mediante recursos sencillos pero ingeniosos. La puesta en escena fusiona lo trágico y lo cómico, desembocando en lo grotesco, rasgo esencial del propio estilo del escritor.

Luces de bohemia sigue siendo el espejo cóncavo donde hoy se refleja una España que aún sigue arrastrando vicios. La ceguera de Max Estrella obliga al espectador a ver la deformidad de una sociedad que a menudo ignora la cultura. En un mundo de apariencias el esperpento de Valle-Inclán recuerda que la verdad más cruda no siempre se esconde en la penumbra. A veces, la tragedia se consuma bajo el brillo absurdo de la farola en el «Callejón del Gato».

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