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La armonía del orden: La Grande Chapelle en el Auditorio Nacional

La Grande Chapelle Fuente: CNDM
La Grande Chapelle Fuente: CNDM

La formación dirigida por Albert Recasens ofreció en la Sala de Cámara un programa dedicado a Tomás Luis de Victoria, una apuesta por el diálogo entre música histórica, interpretación rigurosa y experiencia viva

El silencio se adentró en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional con un susurro antiguo, uno que viaja en el tiempo. El 4 de febrero de 2026, La Grande Chapelle en el Auditorio Nacional trajo al presente uno de los grandes tesoros de la música sacra. Se trató de un concierto barroco –centrado en la Virgen María– que formó parte de la programación del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) que, a través de sus ciclos, busca acercar al público el patrimonio musical histórico desde una mirada contemporánea.

Un programa devoto

El concierto dio inicio con la Salve Regina (1576) a ocho voces, previa a la Missa Salve Regina (1592). Estas piezas, que mantienen una arquitectura de gran amplitud y registros agudos, actúan como culminación sonora y espiritual. No solo destaca el dominio excepcional de la obra, sino también la expresividad que transmite, heredera del lenguaje musical de Tomás Luis de Victoria, referente en la polifonía sacra.

A lo largo del programa, motetes como Sacncta Maria, succurre miseris, Ne timeas, Maria o Gaude, Maria Virgo fueron un recorrido espiritual alternando densidad coral y momentos más íntimos. El concierto finalizó con un Magnificata ocho voces, invitando a la contemplación. 

La Grande Chapelle

La Grande Chapelle no es solo una agrupación, es un conjunto vocal e instrumental especializado en la música de los siglos XVI a XVIII. 

Bajo la dirección de Albert Recasens, cada pausa, cada réplica, revela la complejidad de una música que fue un lenguaje de fe y belleza. 

Antes de comenzar, el director pidió que no se aplaudiera hasta el final del programa. La decisión permitió que el concierto fluyera de manera continua, sin interrupciones, manteniendo una atmósfera de calma y concentración.

El silencio se sintió como un respiro, a veces como pausa o como parte de la misma composición. Una invitación a escuchar sin prisas, aunque alguna tos inevitable recordara el lugar en el que nos encontrábamos. 

La revelación del solo

Uno de los momentos más memorables de la noche llegó con Ne timeas, Maria, interpretada por una voz solista femenina. Su control vocal y la serenidad resultaron sobrecogedores. Acompañada únicamente por dos instrumentos —una tiorba y un órgano—, la pieza adquirió una intimidad especial. Una puesta en escena sencilla en apariencia, pero luminosa, que demostraba que no siempre hacen falta grandes cosas para conmover, sino trabajo, sensibilidad y escucha mutua.

Ese solo funcionó casi como un intermedio espiritual dentro del concierto, antes de regresar a la música coral.

El orden de las voces y el valor del silencio

Tras el concierto, el director compartió una reflexión que ayudó a comprender más a fondo lo escuchado: la polifonía como un sistema completo y ordenado donde cada parte encuentra su lugar. Escuchándola, la imagen que surge es casi visual: como al tocar un piano, cuando todo avanza en línea recta, o como esa secuencia de colores que se deslizan poco a poco hacia la tecla exacta que debe sonar.

Pero no es algo rígido. Es una armonía viva, una unión en la que las voces se acompañan y se complementan. Durante el concierto, resultaba asombroso cómo las voces se entrelazaban sin imponerse unas sobre otras. Aunque en el programa algunas piezas parecían breves —seis o siete líneas—, al ser cantadas se expandían en el tiempo, una palabra se alargaba, otra voz retomaba el inicio cuando la primera aún no había concluido. Parecía que se pisaban, pero no; convergían.

No obstante, no es una música de acceso inmediato. Requiere disposición, paciencia y una escucha abierta. Quizá por eso la petición de no aplaudir hasta el final transformó la experiencia a una sin interrupciones donde la obra fluía de manera continua, envolvente.

Al abandonar la sala, la sensación que permanecía era la de una calma profunda. Esta música, vinculada a la tradición litúrgica, sigue formando parte de nuestra memoria cultural. Como una historia viva que merece ser escuchada y recordada.

Alejandra de Andrés Gil

Comunicadora cultural y periodista en formación, me apasiona explorar historias que unen cine, literatura y música, y compartir la magia que habita en lo cotidiano y en lo creativo.
Entre libros, películas y música, busco descubrir y compartir la belleza de la cultura y los pequeños mundos que habitan en ella.

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