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25 noviembre, 2012 Comentarios (0) Visitas: 1017 Cine y Televisión

La belleza del observador

 Monsieur Oscar (Denis Lavant) devorando flores.

 Fin. Se encienden las luces, entre el murmullo general y las risas del público, una chica algo confusa le pregunta a su compañero: ¿y ahora qué le digo yo a mi madre que he visto? Este tipo de hándicap no parece preocupar en absoluto a Leos Carax, quien afirmó no saber quién es el público y no importarle que entiendan su película. Sin embargo Holy Motors es una oda al público porque ¿quién es el artista sin su audiencia?, sin un ojo crítico que observe, valore, deguste, lapide, queme, destruya hasta incluso copie… El film es un salvaje huracán y su epicentro es el camaleónico Denis Lavant (Oscar), quien mantiene un idilio cinematográfico con el realizador al más puro estilo Truffaut-Léaud. Tanto es así, que si éste no aceptaba el papel, los otros posibles candidatos hubieran sido los difuntos Lon Chaney, Charles Chaplin, Peter Lorre o Michel Simon.

Aunque el realizador francés no sólo habla del espectador también nos enseña la perspectiva del genio creador. Durante el trayecto de Monsieur Oscar (antes Merde), en una limusina que parece el backstage de Lluvia de estrellas, muestra la importancia del trabajo del artista ajeno al mundo que le rodea y al verdadero sentido útil de su obra frente a la sociedad. Y lo plasma a través de un futuro donde las cámaras de cine son invisibles al ojo humano y los actores quedan en “citas” para representar sus escenas. Aquí el intérprete se encuentra sólo ante su arte, recreándose en sí mismo, enfrascado en el método más puro y con unos recursos estéticos que bien podrían valer un óscar. ¿Pero acaso eso le importa a Carax?

Delirante, caótica, alienígena, de un sentido del humor que incluso roza lo patético, con un magnífico coito en motion capture y una espectacular versión de la Bella y la Bestia, Holy Motors es una cinta diferente, alucinante que no puede pasar desapercibida por las mentes que desesperadamente, intentan reciclarla. Entonces es cuando el propio Carax se pregunta: ¿por qué sigues en esto? -Por la belleza del gesto- Pero la belleza está en el ojo que mira -¿Y si nadie mira?

 

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