El coreógrafo británico Matthew Bourne llega al Teatro Real con su compañía New Adventures y una propuesta nueva que adapta y actualiza el emblemático ballet clásico, y ante la cual resulta imposible quedar indiferente
En la escena final de Billy Elliot, un Billy ya adulto se estira entre bastidores del Haymarket Theatre de Londres. En las butacas están su padre, su hermano y su amigo Michael. Mientras suena de fondo El lago de los cisnes, de Chaikovski, Billy (Adam Cooper), vestido con unos pantalones de plumas y maquillado con una raya negra en la frente, se prepara para salir al escenario, al que salta con un grand-jete. Su padre le mira emocionado mientras le cae una lágrima de orgullo.
Este ballet, capaz de hacer llorar a un pragmático minero de Durham, no es otro que El lago de los cisnes de Matthew Bourne, que llega este noviembre al Teatro Real de Madrid. El espectáculo viene con un largo recorrido desde su estreno en 1995, pasando por el West End, Broadway y una lista de innumerables países. La temporada pasada, el teatro llevó a su escenario El lago de los cisnes del Ballet de San Francisco; sin embargo, la nueva generación de Bourne, que llega pisando fuerte con su compañía New Adventures, ofrece una propuesta muy distinta al espectáculo original.
¿Una iniciativa arriesgada?
Inspirado por una propuesta para reinterpretar el primer acto de El Cascanueces en 1992, el coreógrafo británico decidió extender esta idea a El lago de los cisnes, que fue el primer ballet que vio. En su reinterpretación, los cisnes viajan desde Rusia hasta el Reino Unido, donde transcurre la historia. Los personajes conservan los títulos nobiliarios de la pieza original y aparecen caricaturizados y despojados de un nombre propio en un libreto que los designa simplemente como “Príncipe”, “Reina” o “Novia”. El coreógrafo repite que la ambigüedad es completamente intencionada para evitar crear asociaciones; sin embargo, sorprende al público con un primer acto en el que es imposible distinguir a sus cómicos bailarines de la Familia Real Británica.

El afilado humor, la crítica social y la sátira del ballet, que se ríe de la realeza, de sus costumbres y del fanatismo del público (incluye hasta una aparición de uno de los corgis de Isabel II), dotan de una segunda capa de profundidad a la simple trama clásica del espectáculo de 1875. Bourne deja claro que no viene a reimaginar la pieza sin más motivo que autoimponerse en la historia coreográfica de El lago de los cisnes; si va a adaptarlo y actualizarlo, es con motivos más que lícitos. Su nueva versión está llena de mensaje: no es casual que el coreógrafo vista a sus cisnes con pantalones y que, en lugar de las etéreas bailarinas románticas del Bolshoi, el elenco esté formado por bailarines musculosos.
¿Un lago de los cisnes homosexual?
A esta adaptación se la ha titulado de forma no oficial y poco ortodoxa como “El lago de los cisnes gay”, lo que es motivo de orgullo para su creador. Las críticas de Bourne no se limitan a burlarse de la realeza y política británica, sino que dotan la adaptación de una importancia más personal llevando al espectador por un cuidado recorrido de archivo queer en el que explora tanto clichés como metáforas sobre el aislamiento homosexual de su príncipe protagonista, que se enamora del cisne blanco.
El ballet, que se estrenó en los 90, solo cinco años después del mandato de Margaret Thatcher, refleja una valentía y sinceridad ante una sociedad británica cuyo verdadero impacto solo podemos intentar imaginar. Sin embargo, para poner en perspectiva la diversidad de respuestas a esta versión, conviene recordar que el Royal Ballet de Londres, equivalente a nuestro Teatro Real, nunca ha intentado llevar esta nueva generación de cisnes a su escenario ni colaborar con el coreógrafo, aun cuando este posee el título de Caballero otorgado por la reina Isabel II.
¿Un nuevo género?
Es cierto que la adaptación no solo se rige a efectos de trama, sino que se visibiliza a través de una coreografía cuyo género es complicado identificar y una escenografía que transforma el Real en un teatro de Broadway o del West End. Parece casi imposible ajustar este espectáculo a un género de danza en concreto, es ballet clásico, pero realmente no lo es, ¿no? ¿Es contemporáneo? ¿Jazz? ¿Tango? Bourne nos lo facilita, él lo llama danza-teatro contemporánea. Esto pone en perspectiva muchos aspectos de la obra, que uno puede comenzar a entender como un cuasi-musical.
La libertad creativa que le permite alejarse del clásico, pero siempre considerarlo el default, se refleja en un claro estudio de movimiento de sus nuevos cisnes. Estos hacen ruidos en el escenario, pisan con fuerza y dan palmadas, creando un juego de percusión animal y permitiéndole innovar sobre la composición de Chaikovski, pero manteniendo una raya de respeto tan evidente en el no alterar ni un compás de la partitura original.
Esta propuesta representa e instaura un género tan completo, definido y comprendido por su autor que casi podría establecerse como patrón para innovar en otras piezas de ballet clásico. En cualquier caso, esto no es una crítica sino un paseo por el recorrido de una adaptación que hace historia hasta brillar como pieza individual e independiente. No son sorpresa para nadie tras haber ocupado las butacas del Teatro Real durante la corta estancia de New Adventures en Madrid las lágrimas del padre de Billy Elliot al ver esta pieza. Este no solo llora de orgullo por su hijo, sino por ver en su escenario el exacto y crítico retrato de la dura y fría Inglaterra de los 90.
Puedes ver la última escena de la película aquí:
