Yorgos Lanthimos compone una historia tan violenta como divertida en la que arremete contra los conspiracionistas con su misantropía habitual
Una profecía autocumplida es cuando la creencia o expectativa de una persona hace que comience a actuar de tal forma que provoca que esa creencia se vuelva realidad. Dicho de otro modo, el mero hecho de que una persona piense o se refiera a un posible evento futuro ya provoca que este ocurra y altera la manera en que lo hace.
En una escena central de Bugonia, lo nuevo de Yorgos Lanthimos (La Favorita, 2018; Pobres Criaturas, 2023), los dos personajes principales (unos espléndidos Emma Stone y Jesse Plemmons) debaten acerca de la crisis de las abejas. Teddy, el apicultor al que da vida Plemmons, ha secuestrado a Michelle, la súper ejecutiva de una farmacéutica a la que interpreta Stone, ya que piensa que es una alienígena venida desde la galaxia de Andrómeda con el objetivo de recabar información para aniquilar a la humanidad. Tratando de defenderse de las alocadas acusaciones de Teddy, Michelle le achaca que él mismo está deseando tener razón, puesto que si es así, tendrá vía libre para justificar todas las acciones que ha llevado a cabo a lo largo de su vida. Porque así podrá desatar la rabia que ha tenido siempre hacia los que le rodean, aunque realmente descubra la aterradora posibilidad de que no estamos solos en el universo.
Para Lanthimos, los seres humanos son esas abejas. Bajo un ligero mensaje ecologista, yace la idea de que somos los causantes de la destrucción de nuestro planeta, y preferimos achacar la culpa a cualquiera antes que a nosotros mismos. El griego juega con un concepto de ciencia ficción en este thriller conversacional, que carga sus numerosos plano-contraplanos con una malicia que invita a que todo estalle. La tensión entre los personajes induce a un sentimiento de paranoia continua que se traslada desde el conspiranoico Teddy y su primo Don al espectador. A través de su locura, Lanthimos quiere mostrarnos lo que ya ha hecho tantas veces en su carrera: que el auténtico monstruo que puede destruir comunidades enteras no está en el espacio exterior, sino en nuestro interior.

Lanthimos nos tiene ya acostumbrados a que este tipo de ideas sean pilar de su cine: las metáforas extremas y absurdas para desvelar realidades de nuestro tiempo, personajes que representan lo peor de la raza humana (desde la asepsia e incomunicación hasta las más bajas pasiones, la crueldad o la envidia); la frialdad, el cinismo y la mirada desconfiada hacia las personas y todas sus acciones; el cuidado extremo al apartado visual (el formato cuadrado de la película, sus tonos viciados y su look analógico hacen de cada plano algo tremendamente impactante); y el humor negro (negrísimo) que sirve como salida para toda esta aflicción existencial y que en la filmografía del griego, cuanto más, mejor.
Precisamente, ese humor negro es el mayor protagonista aquí. Lógicamente, la parodia tanto a los fans de las teorías de la conspiración como a los empresarios capitalistas del más alto standing están presentes, pero más allá de eso, el dibujo de todo tipo de situaciones ridículas y absurdas elevan el libreto a una experiencia tan chiflada como extraña. En una película eminentemente dialogada, las discusiones y las actuaciones tienen que ser excelentes, y Yorgos, adaptando la premisa de la película coreana Save The Green Planet! (2003), lo consigue de sobra. El humor de Bugonia es seco, tenso, lleno de equívocos y termina normalmente (como en esa secuencia de la cena) con violentísimos resultados, partiendo de la incomodidad para dirigirse a la única salida posible para estos desesperados personajes. Igual que en el resto de las películas de Lanthimos, cuando la mecha se acaba y todo salta por los aires, el salvajismo es tan sorpresivo como perturbadoramente desapasionado, expeditivo y directo.

Esta sádica mezcla entre guasa y ferocidad viene dada ya desde el título. En la mitología griega, la bugonia era la creencia tajante en la generación espontánea de vida. Lógicamente, el hecho de que Teddy sea apicultor ya es una primera referencia, pero Lanthimos parece girar este concepto hacia la generación arbitraria de violencia, de muerte y de caos. Un caos ante el que el cineasta griego siempre se muestra ambiguo, sin profesarle una fe ciega, pero abrazándolo como solo puede abrazarse el final inevitable. Cuando este al fin llega para poner orden (para crear una lógica destructiva en esa anarquía), no queda otra que contemplarlo y celebrar que, como mínimo, al fin ha acabado la estupidez humana.
La tesis de Lanthimos en Bugonia parece decir que realmente da igual si el mal es humano o andromedano porque siempre acaba brotando de manera imparable. En los últimos minutos del film, Lanthimos se regodea en la decadencia de nuestra especie, con Chappell Roan sonando de fondo, cumpliendo su propia profecía, y divirtiéndose ante la posibilidad, remota pero irresistible, de que algún día el humano pague por sus pecados.
