El libro de Svetlana Aleksievich sirve como terapia para los afectados del accidente nuclear y alza al periodismo como herramienta para dar voz a quienes viven las historias en su propia carne
En la madrugada del 26 al 27 de abril de 1986, hace ahora exactamente 40 años, una serie de explosiones en cadena provocaron el estallido del reactor nuclear número 4 de la central nuclear de Chernóbil, ubicada a pocos kilómetros de la frontera entre Ucrania y Bielorrusia. El reactor, modelo RBMK-1000, funcionaba con un sistema de fisión que calentaba grandes cantidades de agua para abastecer de energía a buena parte de la zona noroeste de la antigua Unión Soviética. Sin embargo, durante una prueba realizada sobre los sistemas de seguridad, una serie de errores humanos, combinados con deficiencias de fábrica y violaciones de protocolos técnicos, provocaron una excursión de potencia, el sobrecalentamiento del núcleo y la explosión, que liberaría su energía y dejaría descubiertos los materiales radiactivos que contenía. El resultado fue la mayor catástrofe científica del siglo XX, que se llevó la vida de miles de personas entre afectados directos y muertos por causas de la contaminación a lo largo de los años, además de ser el punto de quiebre de la decadencia de la URSS, llevando a su disolución en el año 1991.

10 años después de este terrorífico suceso, la escritora y periodista bielorrusa Svetlana Aleksievich escribió el libro Voces de Chernóbil. Según cuenta la propia autora, Chernóbil fue el evento histórico más importante del siglo, por encima de ninguna guerra o revolución, ya que obligó al mundo (tanto en general, desde las esferas de poder, políticas y filosóficas; como a cada individuo en su intimidad) a repensar la concepción que tenía de sí mismo y de la existencia. Y es precisamente por esto que decidió escribir un libro tan único, rompedor y profundamente desasosegante como Voces de Chernóbil. Ante la boca del miedo y de la muerte, Aleksievich decidió que quería servir de ayuda a todas las personas afectadas por el trauma, no ya sólo de la muerte, sino también del abandono, de dejar sus hogares sin posibilidad de regreso, de la nula comprensión de la dimensión de este horror nuclear, y al mismo tiempo, que esa escritura y trabajo de empatía con sus paisanos pudiera servir también como exorcismo de sus propios traumas. Según cuenta, lo que más escuchó durante los 10 años que estuvo recopilando testimonios fue “no sé por dónde empezar”. Así, este libro supone un testamento, pero también funciona como terapia para tanta gente cuya vida no volvió a ser jamás la misma. Un sentido perfectamente resumido en el título de esta obra capital.
Dar voz a los desfavorecidos
Al ver que del evento se habían escrito multitud de noticias en la prensa, artículos científicos explicando las complejidades de la naturaleza del accidente y estudios históricos de cómo afectó a la política y sociología, Aleksievich decidió poner el foco en los auténticos protagonistas, que, paradójicamente, eran ignorados. El libro se divide en una serie de monólogos de diversos sobrevivientes de Chernóbil, desde bomberos, liquidadores, políticos y físicos que trataron de arreglar las secuelas del desastre hasta psicólogos, residentes en la zona afectada, y familiares de fallecidos.

La escritora no se recrea en el dolor de las víctimas más directas, en heroísmos y decisiones al límite o en dramas a gran escala, sino que se limita a contar los hechos desde minucias que demuestran el impacto que tuvo la debacle nuclear en la vida de tantísimas personas. Cosas tan, a priori, insignificantes como la desaparición de insectos durante días, pero que dejan claro que el terror nuclear supera por completo al hombre y solo puede ser explicado como la naturaleza revelándose contra sí misma. Este tono acompaña el grueso de la obra, plagado de narraciones de carácter casi apocalíptico. Esto se ve, por ejemplo, en la forma en que en muchos de los monólogos aparece de una forma u otra la presencia de Dios, ya sea en el rezo de muchos desamparados que buscan el alivio divino o de aquellos que veían la atrocidad atómica como algo antinatural, una perversión del orden universal que o bien escapaba del mismo control de Dios o bien probaba su impotencia ante los inmorales juegos de su propia creación.
Sin embargo, esto contrasta notablemente con la manera en que en muchas ocasiones las personas no estaban enteradas prácticamente de los efectos reales que había tenido el accidente e incluso les daba igual, negándose a vivir sus vidas con miedo o renunciando a ser quienes eran. Llevándolo un paso más allá, en la propia edición, comparan las historias de los supervivientes de Chernóbil con las tragedias griegas, contando con coros, héroes indiscutibles, finales trágicos inevitables… La primera de las historias lo deja claro, protagonizada por la mujer de uno de los bomberos que acudieron en primer lugar a apagar el incendio en la central nuclear la noche del 26 de abril. La primera línea de su declaración es el resumen perfecto: “No sé de qué hablar… ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?”

Por encima de todo, Voces de Chernóbil es un ejemplo de la necesidad del periodismo. En la historia de este incidente tan importante en la cronología reciente, las vivencias de las personas reales acabaron quedando relegadas a una mancha insignificante, mientras la luz se ponía sobre los factores políticos, sobre las culpas, las implicaciones geopolíticas y el final de la guerra fría. Pero los afectados necesitaban hablar, contar su verdad para que el mundo supiese de primera mano qué vieron, qué oyeron, todo aquello por lo que pasaron. Tuvo que ser una periodista quien les entregó de vuelta sus voces, sus historias, y a través de ello darles la importancia que merecen. La lectura de este libro hoy, 30 años después de su publicación y en medio de una expansiva crisis de la información, no solo sirve para acordarse de la importancia de este evento histórico, sino también para poner en valor la función del periodismo como herramienta fundamental para ayudarnos a conocernos a nosotros mismos.
