La nueva cinta de Josh Safdie se descubre como algo eléctrico, una pesadilla descontroladamente controlada en la que la ética y la moralidad pasan a un segundo plano
Después de “Good Time” (2017) y “Diamantes en Bruto” (2019), dirigidas junto con su hermano Bennie Safdie, Josh Safdie encara en solitario la propuesta más ambiciosa que haya tenido el cine de estos dos hermanos hasta la fecha. Alejándose de sus anteriores propuestas, “Marty Supreme» se puede definir abiertamente como un Blockbuster con una potente carga de autoría. Las partes positivas de este cambio son evidentes: 9 nominaciones a los premios Óscar. Lo negativo: el extraño choque que hay entre el mainstream y el cine de autor.
“Marty Supreme” es la consecuencia lógica del cine de los hermanos Safdie. Rápida, nocturna, estresante y con un contraste desafortunado entre su peor parte, la deportiva y, su mejor parte la caótica. El protagonista: un buscavidas, un perdedor, un insolente, un egocéntrico, un mentiroso, un estafador y un liante de categoría scorsesiana.
El sueño americano en Marty Supreme
Timothée Chalamet da vida a Marty Mausser, campeón americano de ping-pong que tiene que reunir el dinero suficiente para viajar al campeonato del mundo en Tokyo. Con esto como telón de fondo y con un protagonista absolutamente problemático, (e insoportable en algunos casos) que desencadena una serie de decisiones pésimas, empieza una odisea nocturna hacia el intento de alcanzar la gloria y la redención.
Mucho más ambiciosa que sus anteriores películas, el reparto de la cinta es estelar. El legendario director Abel Ferrara da vida a un mafioso que protagoniza varios de los mejores momentos de la historia. Tyler Okonma (Tyler The Creator) asombra con cada segundo que aparece en pantalla y la genial Gwyneth Paltrow brilla, consiguiendo por fin escapar de la cárcel de Marvel después de estar 10 años solamente haciendo películas para la franquicia.
Marty Supreme funciona como una serie de cortos que se alternan entre las taquicárdicas escenas nocturnas, el cine deportivo y el derroche de química que desprende la combinación entre Odessa A´zion y Chalamet cuando ambos aparecen juntos en pantalla. Algunos de estos funcionan bastante mejor que otros pero todos en comunión forman una dura crítica al ensalzamiento del sueño americano.
Entre lo deportivo y lo caótico
La cinta, en general, intenta mantener un equilibrio entre lo deportivo y la necesidad del protagonista de reafirmar su propia existencia a través del desfase, la estafa y la traición. Y es en lo primero donde Safdie falla en algunos puntos importantes del partido. La rivalidad entre Marty y el jugador japonés Endo, está desdibujada y desaprovechada. El enfrentamiento de estos dos países en ambiente de posguerra podría haber sido un punto interesantísimo que explorar pero, sin embargo, esto acaba pasando sin pena ni gloria.
Pero, cuando los puntos de referencia son“Uno de los nuestros” (1990) y “¡Jo, qué noche!” (1985) ambas de Scorsese, la película se descubre como algo eléctrico, una pesadilla descontroladamente controlada en la que la ética y la moralidad pasan a un segundo plano. El toque final lo aporta Daniel Lopatain (Oneothrix Point Never), que una vez más se une con Safdie para crear una banda sonora maximalista y elegante en sus toques de ambient electrónico y que dota de una tensión deliciosa a cada uno de los desastres que acontecen a lo largo del metraje.
Al final, y contra todo pronóstico, Marty Supreme, consigue abrirse paso para ser una buena película. Con un grandísimo trabajo de Chalamet que hace que, por momentos, este pobre desgraciado caiga bien en su imcomprensible e inverosímil persecución hacia la gloria. Su interpretación no solo logra darle vertiginosidad al relato, también logra desprender un imparable carisma cómico que brilla incluso en la más lamentable de las circunstancias. Safdie y los suyos lo hicieron una vez más: llevar la codicia y las mentiras del sueño americano hasta sus últimas consecuencias.
