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10 historias para regalar esta Navidad

José C. Vales, premio Nadal 2015

31 diciembre, 2014 Comentarios (0) Visitas: 2884 Letras

Adiós al escritor, eternidad a su obra

En unas horas termina 2014, y es el momento de echar la vista atrás. Este año ha dejado a su paso huecos insustituibles en la literatura española e hispanoamericana. Desde Cultura Joven ya os hemos ofrecido obituarios de algunos de ellos, pero hoy vamos a ir más allá de la típica biografía y os dejamos con sus textos, con la parte más representativa y eterna de ellos. Disfrutadlo:

 

Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 – México, D. F., abril de 2014)

Gabriel García MárquezMuchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades.

Cien años de soledad, 1967.

 


Ana María Moix (Barcelona, 1947 – ibíd., febrero de 2014)

Ana María Moix

Andando el tiempo 

Andando el tiempo se verán las caras, esos que gritan por las esquinas viva la revolución.
Degeneramos, compañeros. Preguntad al mozo de telégrafos si le gusta la historia de Rossy Brown.

Rossy partió bajo la luna, una noche de fiesta en casa de Míster Brown.
Un caballero la envolvió en su capa y a sus sueños la llevó.

Regresó luego, triste y perdida, y a los pies de la mamá sollozó:
Yo no sabía qué me decía aquella noche, verbena de San Juan,
cuando dije estoy cansada y tengo sueño, mañana ya os veré.

Tengo una herida y un hijo muerto. Sólo su capa Jim me dejó. Era
mi dueño, y aunque l0 digan, Jim nunca fue salteador.

Lo saben Rossy y la cocinera que en el ajo estuvo en la ocasión:
Jim vuelve siempre. De madrugada su canción canta a las muchachas
de negros ojos y dulce voz:

   Un amor tiene cualquiera
pero Dulce Jim, no

Y es que el mozo de telégrafos está enamorado, y no sabe qué hacer
para que la hija de la portera entienda que no es muchacho del montón.

Baladas del dulce Jim, 1969


Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923 – Baracaldo, Vizcaya, octubre de 2014)

Ramiro Pinilla

Aquella madrugada de Junio había niebla y el timonel se durmió, por eso encallamos en La Galea. No se puede perder de vista a la gente cuando uno es responsable de un barco como el César por ser su capitán. Mi propio padre admitió su culpa por no haber sabido entregarme una tripulación como Dios manda. «Te he dado un buen barco y he hecho de ti un buen capitán, pero se me olvidó advertirte que regaras tus órdenes con tacos de los más gordos», me dijo. Si yo, al retirarme por la noche del puente, hubiera soltado al timonel alguna blasfemia, no se habría descuidado y no habríamos encallado, porque mi palabrota lo habría puesto derecho como una vela durante toda su guardia. «Pero yo no sé blasfemar ni…», le dije a aita. «¡ Pues aprende! ¿No os enseñan eso en la Escuela de Náutica? Habrás de aprender por tu cuenta. Y pronto», me dijo. «Es que yo nunca…», le dije. «Ya ves lo que ha sucedido por no…»,me dijo. «No podré», le dije. «¡Arráncate a tu madre del todo y podrás! ¿No quieres ser un hombre, no quieres ser un cazador sin miedo, no quieres ser un capitán con cojones? Algunos creen que los barcos andan con carbón, pero andan con tacos de los gordos», me dijo. Luego me miró largamente moviendo la cabeza, suspiró y gruñó: «¡Qué calamidad!»

Verdes valles, colinas rojas. La tierra convulsa, 2004

 


José Emilio Pacheco (México, D.F., 1939 – ibíd., enero de 2014)

 La diosa blancaJosé Emilio Pacheco
Porque sabe cuánto la quiero y cómo hablo de ella en su ausencia,
la nieve vino a despedirme.
Pintó de Brueghel los árboles.
Hizo dibujo de Hosukai el campo sombrío.
Imposible dar gusto a todos.
La nieve que para mí es la diosa, la novia,
Astarté, Diana, la eterna muchacha,
para otros es la enemiga, la bruja, la condenable a la hoguera.
Estorba sus labores y sus ganancias.
La odian por verla tanto y haber crecido con ella.
La relacionan con el sudario y la muerte.

A mis ojos en cambio es la joven vida, la Diosa Blanca
que abre los brazos y nos envuelve por un segundo y se marcha.
Le digo adiós, hasta luego, espero volver a verte algún día.
Adiós, espuma del aire, isla que dura un instante.

El silencio de la luna, 1996

Mercedes Salisachs (Barcelona, 1916 – ibíd., mayo de 2014)

Mercedes SalisachsNO VOY A DEFENDERME: soy culpable. He arrastrado mi culpa desde la . Tal vez por eso, mucho antes de que ocurriera el siniestro yo intuía ya que, algún día, iba a encontrarme en la encrucijada actual. Era algo así como una lacra prematura, una prenoción insistente: una de esas ráfagas de cálido que, al apuntar la primavera, parecen sumergirnos en el . No podría precisar cuándo lo supe con certeza; la evidencia crecía al de mi conciencia. Era algo dentro de lo más antinatural del mundo. Lo cierto es que, al convertirse en un hecho consumado, ni siquiera me extrañó. Había ocurrido. Estaba allí: con todas las agravantes, todas las consecuencias y el horror que yo venía esperando. Con me entra la tentación de culpar a Serena, a los Moraldo, a los intocables: a todos los que, de algún modo, han contribuido a roturar la tierra. Pero, debo reconocerlo, la semilla era mía, sólo mía. La nebulosa empieza con mi . Dicen que murió cuando yo era niño (demasiado pequeño recordarlo). Sin embargo muchas veces he pensado que todo cuanto se refería a él acaso fuera una tremenda mentira, perfectamente urdida para evitarme complejos.
La gangrena, 1975

Félix Grande (Mérida, Badajoz, 1937 – Madrid, enero de 2014)

Félix Grande
Mientras desciende el sol
Mientras desciende el sol, lento como la muerte,
observas a menudo esa calle donde está la escalera
que conduce a la puerta de tu guarida. Dentro
se encuentra un hombre pálido, cumplida ya, remota
la mitad de su edad; fuma y se asoma
hacia la calle desviada; soríe solitario
a este lado de la ventana, la famosa frontera.

Tú eres ese hombre; una hora larga llevas
viendo tus propios movimientos
pensando desde fuera, con piedad,
las ideas que en el papel pacientemente depositas;
escribiendo, como fin de una estrofa,
que es muy penoso ser, así, dos veces,
el pensarse pensando,
la vorágine sinuosa de mirar la mirada,
como un juego de niños que tortura, paraliza, envejece.

La tarde, casi enferma de tan lejana,
se sumerge en la noche
como un cuerpo harto ya de fatiga, en el mar, dulcemente.
Cruzan aves aisladas el espacio de color indeciso
y, allá al final, algunos caminantes pausados
se dejan agostar por la distancia; entonces
el paisaje parece un tapiz misterioso y sombrío.

Y comprendes, despacio, sin angustia,
que esta tarde no tienes realidad, pues a veces
la vida se coagula y se interrumpe, y nada entonces
puedes hacer contra ello, más que sufrir un sufrimiento,
desorientado y perezoso, una manera de dolor marchito,
y recordar, prolijamente,
algunos muertos que fueron desdichados.

 

Poesía completa (1958-1984), 1986


  Ana María Matute (Barcelona, 1925 – ibíd., junio de 2014)

Ana María MatuteLos arcos de la logia recortaban la bruma de un cielo apenas iluminado por la luz naciente tras las montañas, donde aún dormían los carboneros. Borja tiró el cigarrillo al suelo y fuimos el uno hacia el otro, como empujados, y nos abrazamos. Él empezó a llorar, a llorar ¿cómo se puede llorar de esa forma? Pero yo no podía (era un castigo, porque él siempre aborreció a Manuel. Pero yo ¿acaso no le amaba?). Estaba rígida, helada, apretándole contra mí. Sentí sus lágrimas, cayéndome cuello abajo, metiéndose por el pijama. Miré al jardín y detrás de los cerezos descubrí la higuera, que, a aquella luz, parecía blanca. Allí estaba el gallo de Son Major, con sus coléricos ojos, como dos botones de fuego. Alzado y resplandeciente como un puñado de cal, y gritando (amanecía) su horrible y estridente canto, que clamaba, quizá (qué sé yo) por alguna misteriosa causa perdida.

Primera memoria, 1959


Leopoldo María Panero (Madrid, 1948 – Las Palmas de Gran Canaria, marzo de 2014)

 

  Leopoldo María Panero
Glosa a un epitafio ( Carta al padre)
And fish to catch regeneration.
Samuel Butler, Pescador de muertos.
 Solos tú y yo, e irremediablemente
unidos por la muerte: torturados aún por
fantasmas que dejamos con torpeza
arañarnos el cuerpo y luchar por los despojos
del sudario, pero ambos muertos, y seguros
de nuestra muerte; dejando al espectro proseguir en vano
con el turbio negocio de los datos: mudo,
el cuerpo, ese impostor en el retrato, y los dos siguiendo
ese otro juego del alma que ya a nada responde,
que lucha con su sombra en el espejo-solos,
caídos frente a él y viendo
detrás del cristal la vida como lluvia, tras del cristal asombrados
por los demás, por aquellos Vous etes combien? que nos sobreviven
y dicen conocernos, y nos llaman
por nuestro nombre grotesco, ¡ah el sórdido, el
viscoso templo de lo humano!
Y sin embargo
solos los dos, y unidos por el frío
que apenas roza brillante envoltura
solos los dos en esta pausa
eterna del tiempo que nada sabe ni quiere, pero dura
como la piedra, solos los dos, y amándonos
sobre el lecho de la pausa, como se aman
los muertos
«amó», dijiste, autorizado por la muerte
porque sabías de ti como de una tercera persona
bebió dijiste, porque Dios estaba (Pound dixit)
en tu vaso de whiski
amo bebió, dijiste, pero ahora espera
¿espera? y en efecto la resurrección
desde un cristal inválido te avisa
que con armas nuestra muerte florece
para ti que sólo
sabías de la muerte. Aquí
¿debajo o por encima?
de esta piedra
tú que doraste la sobrenatural dureza y el
dolor sobrenatural de los edificios desnudos
¿en qué perspectiva
—dime— acoger la muerte?
en la mesa de disección
tú que danzaste
enloquecido en la plaza desierta
tropezando
hiriéndote las manos en el trapecio del silencio
en pie contra las hojas muertas que
se adherían a tu cuerpo, y contra la hiedra que tapaba
obsesivamente tu boca hinchada de borracho,
danzas, danzaste
sin espacio, caído, pero
no quiero errar en la mitología
de ese nombre del padre que a todos nos falta,
porque somos tan sólo hermanos de una invasión de lo imposible
y tus pasos repiten el eco de los míos en un largo
corredor donde
retrocedo infatigable, sin
jamás moverme
¡ah los hermanos, los hermanos invisibles que florecen,
en el Terror! ¡Ah los hermanos, los hermanos que se defienden
inútilmente de la luz del mundo con las manos,
que se guardan del mundo por el Miedo, y cultivan en la sombra
de su huerto nefasto la amenaza de lo eterno, en
el ruin mundo de los vivos! ¡Ah los hermanos,
Y el ave,
el ave que vuela sobre el mundo en llamas, diciendo solo
a los mortales que se agitan debajo, diciendo
solo: ABISMO, ABISMO!
Abismo, sí, tibia guarida
de nuestro amor de hermanos, padre.
¡Pero tan solos!
¡Tan solos! Fantasmas que hace visible la hiedra
—como hiedramerlín como niñadecabezacortada como
mujermurciélago la niña que ya es árbol—
crecen hojas
en la foto, y un florecer te arranca
de los labios caníbales de nuestra madre Muerte, madre
de nuestro rezo
florecen los muertos florecen
unidos acaso por el sudor helado
muerto de muchas cabezas hambrientas de los vivos
te esperamos ave, ave nacida
de la cabeza que explotó al crepúsculo
ave dibujada en la piedra y llena
de lo posible de la dulzura, de su sabor
ajeno que es más que la vida, de su crueldad
que es más que la vida
¡ira
de la piedra, ira que a la realidad insulta,
que apalea
a la cabaña torpe de la mentira con verbos
que no son, resplandecen, ira
suprema de lo mudo!
(te esperamos
en la delgada orilla de lo que cae, en el prado
nocturno que atraviesan lentos
los elefantes
percibís el frío
la
conspiración de las algas,
gelatina, escamas, mano
que sobresale de la tumba
manos que surgen de la tierra como tallos
surcos arados por la muerte,
cabezas de ahorcados que echan flor:
decapitados que dialogan
a la luz decreciente de las velas,
¡oh quién nos traerá la rima
la música, el sonido que rompa la campana
de la asfixia, y el cristal borroso
de lo posible, la música del beso!
De ese beso, final, padre, en que desaparezcan
de un soplo nuestras sombras, para
asidos de ese metro imposible y feroz, quedarnos
a salvo de los hombres para siempre,
solos yo y tú, mi amada,
aquí, bajo esta piedra.

 

Poesía 1970-1985, 1986

 


 Josep María Castellet (Barcelona, 1926 – ibíd., enero de 2014)

Josep María CastelletDecía Ortega que «la claridad es la cortesía del filosofo». Como verá quien leyere, en estas páginas se llega a afirmar, como tesis de uno de sus capítulos, casi todo lo contrario, esto es, que «la oscuridad es la cortesía del autor hacia el lector», según palabras de Jean Genet. N tema el lector que, con estas contradicciones, queramos nosotros (o hayan querido Ortega y Genet) jugar con su buena fe. Todo lo contrario: esta obra quiere, ante todo, subrayar la importancia que el lector adquiere, en nuestros días, como activo creador de la obra de arte literaria. El lector es, pues, hoy, nuestro tema y, para intentar ayudarle a tomar conciencia de su importancia en la literatura de nuestro tiempo, se han escrito estas páginas que quisieran, además, servir de humilde aviso ante una situación en la que escritor y lector parecen divorciados, separados por unos géneros (la novela, la poesía, el teatro) que, en vez de barreras, deberían ser lazos de unión, terreno de comunes hallazgos, materia prima para un mismo trabajo. Lo que sucede es que Ortega y Genet se referían a cosas distintas, a categorías tan dispares como la filosofía (o el ensayo) y la novela. Y, a mi parecer, ambos con plena razón.
La hora del lector, 1957

 Juan Gelman (Buenos Aires, 1930 – México, D.F., enero de 2014)

 

Juan Gelman
 Arte Poética
 Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor,
bajo la lluvia, en la catástrofe,
cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,
cuando la enfermedad hunde las manos.

A este oficio me obligan los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.

Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.

Violín y otras cuestiones, 1956

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