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8 noviembre, 2019 Comentarios (0) Visitas: 435 Arte

Intangibles: ¿Es posible la experiencia estética cuando la obra de arte no está presente?

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L’Appel (Paul Delvaux, 1944), una de las nueve obras reinterpretadas digitalmente en la exposición de Fundación Telefónica.
L’Appel (Paul Delvaux, 1944), una de las nueve obras reinterpretadas digitalmente en la exposición que Fundación Telefónica mantendrá hasta el próximo febrero.

Desde el fondo del cuadro, una mujer de negro ataviada con un sombrero rojo camina hacia nosotros. A sus pies, una sombra serpenteante pareciera querer seguir sus pasos; acompañarla hasta darnos alcance. Un rostro impasible, una mirada ausente, una silueta lóbrega, una sombra escurridiza: elementos en torno a los que se vertebra el resto de la composición que el surrealista belga Paul Delvaux confeccionó en L’Appel, obra de madurez del pintor fallecido en 1994 a los noventa y seis años de edad.

¿Cómo escapar a la mirada de aquella mujer de negro?, podríamos preguntarnos, en tanto que eventuales paseantes de museo, al enfrentarnos a esta obra de Delvaux propiedad de la Colección Telefónica. ¿Por qué insiste en escrutarnos de esa manera? ¿Qué verá en nosotros, simples mortales que, a diferencia de ella, podemos desviar con facilidad la mirada en un duelo en el que partíamos ya sin posibilidad alguna de triunfo?

Con Intangibles, la exposición digital que la Fundación Telefónica inauguró en su sede de la calle Fuencarral el pasado 11 de octubre, y que podrá visitarse hasta el 23 de febrero del próximo año, el espectador, por primera vez, puede abandonar por momentos su posición de sujeto observador para tornarse objeto observado. Así, mujer de negro y visitante de museo se funden en uno mediante unas gafas de realidad virtual que invitan a una inmersión sensorial dentro de la obra escogida de Delvaux.

Esta es solamente la primera de las nueve reinterpretaciones en clave digital que se han confeccionado de forma exclusiva para una exposición que pretende enfrentarnos, como espectadores, a una de las grandes disyuntivas que sufre actualmente el mundo del arte: ¿Se puede llevar a cabo una exposición sin que las obras estén presentes físicamente? ¿Es posible emocionarse cuando la obra se nos muestra en un soporte digital?

La obra de arte: ¿un mecanismo prescindible?

“Yo creo que hoy no hace falta el objeto para asumir la experiencia artística; el objeto es una concepción decimonónica”, señala Peio Riaño, historiador del arte y periodista cuyo testimonio, junto al de otros expertos e investigadores, es recogido en una breve pieza audiovisual que, acompañando a las nueve obras artísticas reinterpretadas digitalmente, se proyecta sobre un lienzo a la manera de fundamento teórico con el que ilustrar la pretensión de fondo de un proyecto como este.

María Santoyo, historiadora del arte y comisaria de la exposición, asegura que una de sus razones impulsoras es la preocupación acerca de cómo transmitir el arte a unas nuevas generaciones que, inevitablemente, se están alejando de él. Porque con Intangibles, tal como señala María, la principal de las intenciones no es otra que generar “una perspectiva crítica desde el punto de vista de la percepción del arte, desde una vocación divulgativa democratizada que no debe caer en la banalización”.

Así, tras asomarnos literalmente al cuadro de Delvaux, Intangibles nos invita a tomar prestado el pincel de Roberto Matta para, deslizándolo sobre el halo de luz emitido por un proyector situado a nuestra espalda, y mediante su captación con un receptor de infrarrojos, devenir co-autores de la Morfología Psicológica de aquel artista chileno defensor de la “pintura automática”; seguidamente, entraremos a formar parte de La Belle Societé de René Magritte mediante un sensor óptico de reconocimiento corporal, pudiendo movernos libremente por el espacio pictórico portando por unos instantes el habitual bombín presente en tantas y tantas obras del pintor belga.

Obras escogidas de Pablo Picasso, Joaquín Torres García, Antoni Tàpies, Juan Gris, Eduardo Chillida y María Blanchard completan un itinerario que, exhibido de forma simultánea en Madrid y en siete ciudades de América Latina, pretende repensar críticamente la relación del individuo contemporáneo, atrapado en esa pantalla global tan propia de la era hipermoderna que señalaba el filósofo francés Gilles Lipovetsky, con unas imágenes atemporales que, al contrario que las stories de Instagram, reclaman detenerse frente a ellas y ya no ver, sino mirar. Reaprender a mirar.

“El mayor reto del proyecto es crear una experiencia significativa que genere un poso de conocimiento en el visitante”, cuenta María Santoyo, insistiendo en que el más complicado de los escollos a evitar en una exposición de estas características es, precisamente, la fácil banalización de la obra de arte, corriendo el riesgo de favorecer “una mera experiencia inmediata que después no tenga un poso de memoria en el visitante”.

Y es que como espectadores, una vez hemos dejado atrás la Fundación para tomar el metro más cercano, comienzan a asaltarnos serias dudas sobre si tal propósito ha llegado a buen puerto. Una vez que, ágiles, hemos pillado sitio en el vagón, levantamos la mirada y nada nuevo nos rodea: Candy Crushes, Fortnites, interminables feeds de Instagram. ¿Es posible no banalizar el arte convirtiéndolo en un juego interactivo?, reflexionamos, echando mano del teléfono móvil para colgar en Facebook nuestra selfie junto a un bogedón interactivo de Juan Gris. No seré yo quien siente cátedra al respecto, pero una cosa está clara: el propósito, indudablemente, es admirable.

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