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Gastrofestival 2013: Un menú inabarcable

Bienvenidos a la Dunhamanía

24 enero, 2013 Comentarios (0) Visitas: 1003 Miscelánea

Las mil y una Habanas

Testigo de amores, juegos, encuentros y tristezas, así es el malecón de La Habana, un fiel reflejo del ir y venir de sus habitantes. Desde que comenzó su construcción a principios del siglo XX, hasta el último tramo finalizado en los años cincuenta, el muro de piedra más famoso de la capital ha vivido los principales acontecimientos históricos del país. Destaca por encima de todos el triunfo de la Revolución –un primero de año de 1959-, que acabó con el último gobierno norteamericano asentado en la isla. Aquel día el pueblo se echó a la calle y la vía entera se abarrotó. Miles de cubanos festejaron el triunfo por la libertad de un nuevo régimen, que finalmente no fue lo que parecía ser. De ello, hace ya 54 años. Sin embargo, visitar hoy La Habana es para el turista volver a revivir esos años cincuenta, entre viejas casas coloniales y verdaderas reliquias de automóviles, que a diario se pasean por los seis carriles que miran a la bahía desde el malecón.

El llamado ‘gran sofá’ por los habaneros abarca casi siete kilómetros de extensión, que recorren prácticamente todo el litoral desde la Habana Vieja hasta la desembocadura del río Almendrales. Recorrerlo invita a descubrir su esencia, a paladear el sabor único de la ciudad, así como a adentrarse en la breve pero intensa historia de Cuba. La Habana es hoy un punto de referencia para muchos, un misterio oculto para otros y un sueño repleto de contradicciones para quienes la adoran o la critican. Sin embargo, La Habana no es solo un espacio o una ciudad; La Habana es su gente. Para empezar a conocerla, desde el malecón la vista hacia la bahía es espléndida, pero si giras 180 grados se vuelve espectacular. Así la retrata Suite Habana, el documental del cineasta cubano Fernando Pérez, quien muestra la curiosa diversidad de los grupos sociales que se mueven por la capital, las mil y una Habanas.

Y es cierto, la ciudad no deja indiferente a nadie. Los españoles encontramos en ella un trocito de nuestra ‘tacita de plata’. Cada rincón de la Habana Vieja, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1982, recuerda a las calles de un Cádiz, repleto por más negritos pero con menos salero, tal y como cantan las habaneras de Carlos Cano. La plaza de Armas, la Catedral y la Vieja, todas ellas en el centro histórico rebosan turistas a diario. En las calles adyacentes como Trocadero, Industria o Paseo del Prado, no cesa el ritmo de la música de Compay Segundo, mientras las negras criollas vestidas con atuendo colonial se pasean con soltura ofreciendo puros al visitante.

Al caer la noche mientras los habaneros descansan sentados frente a la bahía, en el muro mojado por el salpicar de las olas, los acordes de las guitarras acompañan a los turistas en su travesía. El silencio se confunde entonces con el tintineo de unas maracas que parecen haberse detenido en el tiempo y un aroma embriagador envuelve al turista, que sólo sueña con quedarse una noche más en la perla del Caribe.

 

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