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31 marzo, 2020 Comentarios (0) Visitas: 1711 Cine y Televisión, Crítica, Recomendamos

La Veneno: ha (re)nacido una estrella

Cristina Ortiz, La Veneno

Cristina Ortiz. La Veneno. Dos nombres para una misma persona que ocupó nuestras televisiones y entretuvo nuestras noches desde los 90 hasta hace solo cuatro años, cuando nos dejó para siempre. Pero, ¿se fue, realmente?

Icono y referente para los transexuales, dio visibilidad a un colectivo que, hasta entonces, había pasado desapercibido. Y lo hizo de forma inconsciente y, sobre todo, altruista. Cristina nunca buscó la fama o el dinero, sólo era una mujer intentando encontrarse a sí misma

Nacida en 1964, y criada bajo el nombre de Joselito, siempre tuvo claro que no encajaba en el género masculino, algo que le trajo numerosos problemas con su familia y compañeros del colegio. Cuando, finalmente, se atrevió a iniciar su transformación, tuvo que irse de su casa natal, en Adra (Almería), y puso rumbo a Madrid. Aunque buscó trabajo por todas partes, acabó prostituyéndose, como tantos otros transexuales, en el Parque del Oeste. Fue allí donde cosechó amistades que ya mantendría siempre, aunque también durante esa época se ganó a sus peores enemigos. 

Una fría noche de invierno, Cristina fue descubierta por el periodista Pepe Navarro, que por aquel entonces presentaba el mítico programa «Esta noche cruzamos el Mississippi», en Telecinco. Gracias a él, Veneno saltó de la calle a nuestras pantallas, y ya nunca nos abandonó. Siempre fiel a sí misma y a sus principios, Veneno habló en prime time de temas, hasta entonces, tabú: la transexualidad y la prostitución.

En “su salsa”, La Veneno hablaba sin tapujos de su feminidad, de cuándo se dio cuenta que quería ser mujer, a pesar de que su genética decía lo contrario, o de su difícil infancia, al tener que lidiar con un género que según ella “no le correspondía, pero que su pueblo no sabía”.

En su biografía ¡Digo! Ni puta ni santa: memorias de La Veneno, escrita por su amiga, la periodista transexual Valeria Vegas, Cristina se declaraba “analfabeta, pero con sobresalientes en la universidad de la calle”. Una mujer imponente, con un físico exuberante que se compensaba con un corazón humilde y sensible. A menudo, Cristina confesó que eran muchos los hombres importantes y poderosos que solicitaban sus servicios como mujer de compañía, aunque nunca quiso dar nombres.

Una mujer obsesionada con la belleza, que se operó los pechos hasta veinte veces, pero nunca se planteó quitarse el pene. Una mujer segura de sí misma, de quién era y qué era, a quien la fama acabó matando. Porque La Veneno no murió de forma convencional. El misterio y el drama la acompañaron siempre, hasta su último momento, y las causas de su muerte son, cuanto menos, confusas. Aunque el forense dictaminó que Cristina se había resbalado en el baño y se había dado un golpe en la cabeza, sus últimos meses estuvieron plagados de amenazas, espionaje y miedo, y son muchos los que, a día de hoy, siguen creyendo que fue asesinada. 

Cristina Ortiz se convirtió, sin pretenderlo, en un icono, un ídolo en el que muchas personas se apoyaron y en quien se inspiraron para dar ese temido paso hacia su verdadero yo.

Ahora, el nombre de La Veneno ha vuelto a hacerse eco gracias a Javier Calvo y Javier Ambrossi, que han rescatado su historia para llevarla a la pequeña pantalla, en un peculiar biopic de Atresmedia. Un homenaje a una mujer que merece ser reconocida por lo que verdaderamente fue: un ejemplo de valentía, fuerza y libertad.

Los Javis, cosechadores de éxitos

Y esta es la pantalla que mira un niño que no supera los 11 años. Bajo esta premisa tan emocional parte una serie que, ya desde el primer capítulo, evita prejuicios y sortea una crítica ácida, ofreciendo en bandeja una versión más suavizada de uno de los personajes más icónicos de España, y no por ello exento de polémicas. 

Los Javis lo han vuelto a hacer. Después del éxito cosechado en Netflix con películas como La llamada o la aclamada serie Paquita Salas, en los que tratan de visibilizar el colectivo LGTBI, solo les quedaba tachar de su lista la temática del drama. Y es que, durante los cincuenta minutos que dura el primer capítulo, es sencillo que a uno se le escape una lagrimilla con las palabras de Valeria, que es otra de las protagonistas de esta historia, o estalle de risa con las frases de una cómica Paca la Piraña, interpretada por Desi Rodríguez. “Ellas no son peligrosas. El mundo es peligroso para ellas”, entona Valeria Vegas (Lola Rodríguez) como alegato.

La pareja de directores no se esperaba el fervor que ha despertado el primer capítulo. Desde el momento en el que anunciaron este proyecto, sabían que se metían en terreno pantanoso. Era la primera vez que trataban de llevar a la pequeña pantalla la vida de alguien que siempre rozó los límites, e incluso alguna vez los traspasó.

Y es que todos sabemos que La Veneno tiene dos caras: el personaje mediático que, por sus actos obscenos, actuaba como péndulo hipnótico para la audiencia, y la persona, Jose Antonio Ortiz, el niño que, a los catorce años, fue echado a patadas de su lugar de nacimiento. Dos facetas muy complicadas de equilibrar y de hacerse comprensibles (e interesantes) en la España de 2020

Pero jugaban, en parte, sobre seguro: los millennials, que vivieron una época televisiva muy curiosa, guardan en su imaginario a La Veneno como un icono. En cambio, el resto de público, asiste a la trasformación de un material ‘demodé’ a un espectáculo que, aunque sea por curiosidad, crea mucha expectativa. Los próximos capítulos prometen sufrimiento, compasión y sobre todo, comprensión. Prohibido ver esta serie con prejuicios.

Y, seguramente, de esa miscelánea de público les viene el éxito: los que la conocían, la quieren, mientras que los que no, seguramente se identifiquen con ella y con Valeria, también por sentirse diferentes o incomprendidos. Porque Veneno no solamente pone voz a una persona, sino que habla por todos aquellos que, como Cristina o Joselito, se sintieron alguna vez como juguetes rotos.

Primeros minutos de Veneno, la serie de Los Javis para Atresmedia

Texto de Araceli Roldán e Inés Arroyo

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