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Shame: El círculo viciosísimo de Brandon

Los idus de marzo: Clooney for president

8 marzo, 2012 Comentarios (0) Visitas: 1101 Letras

Juro que nada es verdad

Conseguir un buen chiste, la perla justa de humor, es tarea harto difícil. Alfredo Bryce Echenique maneja el halo despistado de su propia persona para conseguir construir un alter ego con aire mediocre y taciturno, aunque con más genialidad de la que se cree. Por eso La vida exagerada de Martín Romaña conforma una suerte de bella réplica a la Rayuela de Cortázar, más gamberra y real. Si muchos bohemios desorientados con ciertas pretensiones caminan por el Barrio Latino con la obra del belga-argentino bajo el brazo, los que se ven con los pies más en la tierra lo hacen con la novela del peruano en busca de esos comedores universitarios en los que sirven vino con tapita de plástico.

 

Martín Romaña se ha convertido para muchos en la imagen a seguir para vivir un París distinto, con retazos de aquella ciudad que buscaba arena bajo los adoquines pero con la impronta nocturna más a flor de piel que nunca.

Sin embargo Bryce Echenique, con la segunda parte de sus meditaciones (y las de Romaña, pues es casi imposible separar las unas de las otras) en el sillón Voltaire, pretende seguir exprimiendo este pomelo agridulce de la veta humorística de un personaje que roza lo patético. Martín Romaña, un escritor frustrado, depresivo y de origen peruano, narra una apasionada historia de amor transcurrida en pleno siglo XX. Una historia que intenta hacer digna de los poemas del Garcilaso de la Vega más refinado pero que se queda en agua de borrajas. Recién divorciado de Inés “del alma mía”, comienza a trabajar en la Universidad de Nanterre y allí conoce a Octavia, a quien siempre llamará Octavia de Cádiz por creerla reflejo de las piernas de las que se enamoró en unas vacaciones por el sur de España. Ella es  una bella muchacha de 18 años que ha decidido matricularse en el curso sólo para conocerlo, movida por las leyendas que rondan en los círculos progresistas reivindicativos de la ciudad de las luces. Sillón VoltaireY es justo en este momento cuando Bryce Echenique pierde en parte el norte pretendiendo unir entre chistes, gags y golpes de efecto a dos personajes a cada cual más trastornado. Si Romaña ya había alcanzado la patología por culpa de su propensión a la melancolía y al sinsentido en que se había convertido la hondonada del colchón del ático que compartía con Inés, la impostada locura de Octavia parece gratuita y remarca aún más la del escritor. Se esfuerza en remarcar una excentricidad que resulta exasperante las más de las veces, forzando al lector a caer en la animadversión hacia el personaje femenino, cosa que también hizo en La vida exagerada pero con unos mimbres mucho más sutiles que permitían salvar el alma de la primera mujer de la vida de Martín. Si Inés se asomaba al límite de lo que podía soportar el lector era siempre por la posición del protagonista. Entonces ella y él despertaban ternura. Ahora no vemos más que a una insolente “bó-bó”. Octavia es una muchacha de origen aristocrático y su familia siempre se opondrá a que se relacione con el frustrado escritor. Así transcurre la historia, entre bofetadas, caricias, dosis necesarias de prozac que nunca llega, vino, amores en el diván, la Sopa China y la Sopa China Cerrada. Martín Romaña rechaza la posibilidad de fugarse a California con su amada con el apoyo del príncipe Leopoldo, quizá por temor. Otra muestra más de su cobardía patológica y definitoria de su forma de ser. Como es lógico en el trascurso de la trama, nada sorprendente, Octavia, presionada por su familia, se casará con el príncipe Eros Máximo Torlatto Fabriani, con quien nunca será feliz y de quien se acabará divorciando para contraer matrimonio con Giancarlo, quien se convertirá en mecenas de Martín Romaña. En este punto al menos el protagonista consigue alcanzar una de sus metas.

Bryce Echenique ha demostrado con creces que maneja el fino hilo del humor inteligente, adornado con una capacidad expresiva que marca un estilo muy personal. Lenguaje y sintaxis juegan a su favor, pero a veces tira tanto de dicho hilo que acaba rompiéndolo. En El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz enreda tanto que desengancha. Las segundas partes requieren mucho trabajo. Sin tener cuidado difícilmente serán buenas.

 

(Con todo y esto, recomendadísimos La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz.)

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