La directora de Nomadland adapta el bestseller de Maggie O’Farrell y crea un clásico instantáneo que celebra la maternidad y la feminidad
En Hamnet, la nueva película de Chloe Zhao, la intertextualidad existe, como todos sus otros elementos, en un vaivén constante entre fuerza inabarcable y sutileza casi imperceptible. Hay momentos en los que la presencia histórica de sus personajes es ineludible y las referencias a los versos originales de Shakespeare permean la narrativa de una forma tan referencial que provocan cambios en la trama. En otros se difumina entre el costumbrismo y la cotidianidad de la vida en la Inglaterra rural. Hasta que uno llega a olvidar el célebre alter ego y lo percibe como completo e insignificante desconocido de cuya vida puede atisbar fragmentos. Una vida que nos atrae por su naturalismo y dolor.
La película, que adapta la novela del mismo nombre de Maggie O’Farrell, es de una modernidad aplastante. Una modernidad que está tan presente en la forma en la que se aborda la cinta y su género como en su trama, que habla de la individualidad que requiere el pensamiento vanguardista. Tan solo con la premisa, Zhao y O’Farrell dejan atisbar que los pies de la película no se apoyan en el más que arado terreno de los biopics.

La mujer de Shakespeare, Agnes Hathaway, una brillante Jessie Buckley, es la protagonista. Muy lejos de contar un relato de reivindicación feminista, la cinta se convierte en un tributo de amor a la maternidad, a la individualidad y a la brujería. Elementos que conviven como la forma de feminismo más pura, en la que este no es el centro de un debate político sobre la falta de derechos. Agnes crece y se sostiene como personaje desde su singularidad que le permite, en todos sus ámbitos, hacer lo que quiere.
El bosque de Stratford
La carretera por la que camina la película está doblemente concurrida. Por una parte, el público no da abasto con las películas biográficas, Oppenheimer, El cautivo, Napoleón, Elvis, Los Beatles… Era cuestión de tiempo que Shakespeare hiciera su aparición en la gran pantalla. Por la otra, 2026 ha sido declarado Año Nacional de la lectura, y las adaptaciones literarias siguen sosteniendo gran parte de la producción audiovisual, lo cual no es difícil comprobar con un vistazo a la cartelera: El Extranjero, Cumbres Borrascosas, Frankenstein y Drácula.
Por su balance entre la cotidianidad y la celebridad, Hamnet logra escapar de ser categorizada en cualquiera de estos géneros. Para hablar de la libertad que impregna cada minuto de la película, Chloe Zhao se acerca al medio en el que mejor se mueve, el campo. Lejos de los áridos parajes de Nomadland, Agnes se sumerge en la naturaleza más salvaje que le permite Stratford-Upon-Avon. De ella saca su fuerza y su vida, desde su madre (se dice que era una bruja que salió del bosque) hasta dar a luz a su primera hija agarrada de las raíces de un árbol en medio del bosque. Así, la película, habla de una forma de vida por venir (que solo nos empieza a llegar ahora), y posiciona a Agnes como pionera de unos principios muy claros; de la libertad para poder quedarse donde quiere estar, para tener y elegir cuidar a sus hijos, de rehuir del tradicionalismo apostando por una medicina alternativa y de una resignificación y adopción de la brujería.
El bardo
Paul Mescal como Shakespeare brilla en un papel secundario cuya aportación nos llega a través de su obra. Sus breves momentos de protagonismo ocurren como portavoz, como bardo; y los versos de sus obras se usan como una muleta emocional a través de la cual, su personaje cohibido y atragantado consigue expresar las ideas centrales de la novela. Esto, presenta una yuxtaposición que Zhao ejemplifica y resuelve a través del vestuario y el color. Agnes siempre enfundada en un mismo vestido de color rojo, transmite una energía terrenal y viva en la que su herramienta son las acciones. La directora lo define como el chakra de la raíz, el color del cuerpo, del corazón latiendo y la lava en el centro del mundo. A Will, siempre vestido de azul, le asigna el chakra del cielo, de la garganta (la palabra), del tercer ojo y del intelecto.

Aun pasando desapercibida en cuanto a efectos de la trama, hay una escena, cuya cotidianidad simultánea a su relación con el intertexto, consigue poner a Will en esta posición de portavoz, y con ella transmite, rotundamente, el amor profundo y palpable del que habla la película.
Las brujas de Macbeth
Vestidos con sábanas y objetos de la casa en un tierno intento de parecer brujas, los tres hijos de la pareja, coordinados por su padre, sorprenden a Agnes con una pequeña representación. Revoloteando alrededor de un caldero, recitan versos que suenan quizás demasiado familiares. Extraídos de los cantos originales de las brujas de Macbeth, los niños tararean y danzan para impresionar a su madre.
La película, que narra la historia desde el primer momento en el que Will se fija en Agnes, nos la presenta primero a través de la opinión del pueblo que desconfía de su independencia, libertad y ortodoxia, por ser la hija de una bruja del bosque. Lejos de intentar desmentir este rumor, Hamnet como película y Agnes como protagonista lo abrazan. Zhao y O’Farrell alimentan que Agnes pueda ser en parte bruja, lo respetan y lo admiran con un gesto que se limita a la observación en vez de desmentirlo. Con esto, contribuyen directamente a la revalorización feminista de la palabra bruja y la adoptan como signo de rebeldía, de resistencia y de conocimiento.

La escena de las brujas de Macbeth, representadas por los tres hijos de Will y Agnes, es en su más pura expresión un gesto de profundo amor. En una infantil y tierna ilusión, Will atisba darle a entender a Agnes que la comprende y transforma a sus brujas en diversión y energía. Por este instante, y por esa inhabilidad de darse a entender sin sus versos, las piezas de la película entera encajan con una coherencia tan cuidada y sutil como la incorporación del intertexto al guion. Más allá de sus enfrentamientos, tristeza y dolor, Hamnet es una carta de amor a la maternidad, a la feminidad, y a la devoción de unos hijos que la manifiestan en la dulce simplicidad de colocarle una flor en el pelo a su madre.
