El director noruego, Joachim Trier, reconocido por su éxito con La peor persona del mundo y galardonado con el gran premio del jurado en Cannes por su nueva película, presenta a través de ella un conmovedor relato sobre la comunicación, o más bien, la falta de ella
Fun Home, la novela gráfica de Alison Bechdel, cuenta la historia de una familia rota, de un padre ausente y de una mansión gótica que se convierte en un personaje más. Su título irónico se traduce como “Casa Divertida”, pero una vez avanzas en la novela descubres que este “fun” es realmente una abreviación de funeral, transformando su título completo en “funeraria”.


La enorme casa de Valor Sentimental, el último film de Joachim Trier, acepta asimismo este valor como funeraria. Se tambalea incansablemente entre una constante yuxtaposición del calor del hogar y de la familia con la depresión y la distancia. La película comienza con un ensayo para el colegio que escribió su protagonista, Nora (Renate Reinsve), con nueve años. En él, habla como si fuese su propia casa.
Se preguntaba si las paredes tenían cosquillas o si sus pasos y el cierre de las puertas le hacían daño al suelo. Si a la casa le gustaba estar llena o vacía y pensó que probablemente le gustaba estar llena de gente, de amor, de familia y de bullicio. «Cuando su padre se marchó para siempre, la casa se volvió más luminosa. Pero la casa echaba de menos los otros sonidos que él hacía». Este deseo contradictorio, este roce con ambas vidas convierten a Nora en la ineludible víctima de una quimera, el hogar y la familia. La paradoja principal toma forma en esta primera escena. ¿Cuál es la solución cuando la ausencia paternal ilumina la casa, pero esta misma añora el crujir de los suelos de madera bajo sus zapatos? Trier disfruta de no saberlo. Nora no tanto.
La arquitectura del duelo
Tras la muerte de la madre de Nora y Agnes, la mansión gótica se transforma literalmente en una “Fun Home” y atrae a sus puertas a su padre, Gustav Borg (Stellan Skarsgård), un conocido director de cine. Trier relata los síntomas restantes de la ausencia paternal en una cinta en la que el padre ocupa una gran mitad y en la que, irónicamente, la madre está completamente ausente. El director entiende la pasividad a través de la casa, que es una simple víctima de las generaciones que pasan por ella, que le hacen cosquillas y que rozan sus paredes, que nacen, mueren y duermen en el mismo dormitorio. Esta misma pasividad se contempla como una cualidad de la depresión y la perspectiva de la película, al igual que la mansión, fundamentalmente torcida y fisurada por un error en los cimientos, es solo un ejemplo más de ello. En su momento más vivo y enérgico, Nora, ya adulta y actriz consagrada, sufre un ataque de ansiedad antes de salir a escena. En su momento más inerte, observa a su padre continuar haciendo, con otra actriz (Elle Fanning), la película que había escrito para ella.

El eco de Ingmar Bergman
Valor sentimental se mueve en círculos completos; su oscilación, su vaivén, son los dos extremos de una línea tocándose. El director hace referencia a Bergman tanto explícitamente como implícitamente a lo largo del film. En particular, para exponer este concepto en un plano en el que la cara de Nora se yuxtapone y mezcla con la de su padre, los dos extremos de una línea tocándose. Tan distintos que se parecen o tan parecidos que se distancian.
Posiblemente, esa es la visión romanticista. Trier la abraza, pero a su vez recibe el pragmatismo y la cuantificabilidad de la comunicación. La distancia insalvable no ocurre exclusivamente de forma genética; no es resultado de un destino imparable. Surge de una acumulación realista y comprensible de una incapacidad de comunicación y de un egoísmo aplastante que resulta en la efusividad y el cariño exagerados, o, al contrario, en la ausencia completa y en el silencio. En Fun Home, Bechdel describe a su padre de la misma forma que podría hacerlo Nora: “A veces, cuando las cosas iban bien, creo que mi padre realmente disfrutaba de tener una familia. O al menos, del aire de autenticidad que le dábamos a su exposición. Algo así como un bodegón con niños”.
Sororidad como refugio
La película presenta su dilema fundamental. ¿Es cuestión genética inevitable o es producto de un acúmulo de conversaciones, de momentos, de malentendidos? El director navega este cauce con ambigüedad, sin una solución definida, y a lo largo de la cinta, esta, se inclina hacia ambos lados. En una escena, Nora se sienta en las butacas de un teatro con la actriz protagonista de la película de su padre, Rachel Kemp (Elle Fanning). Esta, en un acto de máxima humildad, le pide ayuda, comprendiendo que es en Nora en quien se basa el personaje que va a interpretar. Rachel, profunda admiradora de su director, le expresa a su alter ego las dificultades para entender de forma funcional la profunda e inexplicable tristeza del personaje que interpreta, una tristeza intrínseca en ella, una tristeza posiblemente genética.
Nature vs. nurture
De esta forma, Trier mantiene la tesis de que esta depresión consta de un aspecto hereditario; sin embargo, otra escena es clave para completar su círculo. Tumbadas, abrazadas en la cama, Nora le hace una pregunta a su hermana pequeña, Agnes. Una hermana que es un arquetipo, que contrasta con su familia, hogar y felicidad, la silenciosa tristeza de su mayor. Nora cuestiona por qué, compartiendo una misma infancia y genética, Agnes ha logrado formar un hogar y una familia, y con ello ser feliz; esta le responde que no tuvieron la misma infancia; ella tuvo a Nora.
Valor sentimental contempla, analiza y comprende la ambigüedad de cada miembro familiar. Considera tanto la influencia genética como la crianza como detonantes y moldeadores de cada individuo. En su núcleo, la cinta de Trier discute el reconocido e inacabable debate nature vs. nurture (naturaleza versus crianza) sin posicionarse en él. Sin embargo, el director noruego deja entrever su propuesta de solución. En un final en el que él apuesta por el perdón y aboga por la iniciativa, empuja a Nora hacia la comunicación. Esto lo expone en una conclusión en la que se acerca, con un pequeño paso casi avergonzado y un tanto incoherente, a Gustav Borg. Descartando a su protagonista y priorizando un último acto de fraternidad entre artistas en el que deja entrever, por primera vez, quién es su autor.
