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Escena de Amaluna Cirque Du Soleil

‘Amaluna’, una isla con mujeres y diosas mágicas

22 mayo, 2015 Comentarios (0) Visitas: 1362 Escena

Woody Allen en los escenarios de Madrid con ‘Si la cosa funciona’

¿Por qué querríais ver mi historia? ¿Nos conocemos? ¿Nos caemos bien? Os adelantaré algo ¿vale? No soy un tío agradable, comienza diciéndole al público Boris Yellnikoff, personaje encarnado por José Luís Gil, en la obra Si la cosa funciona que se representa en el Teatro Cofidis Alcázar de Madrid. Una adaptación del guion cinematográfico homónimo, escrito y dirigido por Woody Allen en 2009. La historia gira en torno a Boris, un genio misántropo que un día conoce a Melody, una chica mucho más joven y menos inteligente que él. Comienzan así una relación particular que se complicará a medida que van apareciendo personas del entorno de ella en sus vidas. Dirigida por Alberto Castrillo-Ferrer y adaptada por Luís Colomina, la obra promete un recorrido por temas trascendentales como el miedo a la muerte, el futuro o el amor, todo manejado con humor y fina ironía, muy en la línea de Woody Allen.

En un apartamento del Bronx, los personajes conviven mientras andan perdidos en la montaña rusa de la vida. Personajes complejísimos representados de forma soberbia por los actores. Sobresale José Luís Gil que asume el reto de meterse en la piel de un físico malhumorado, neurótico y antisocial. Un protagonista que el propio Woody Allen lo definió como una extrema exageración de mis sentimientos. De este modo, Gil consigue que Boris evolucione hasta convertirse en un ser humano que, por fin, ha entendido el sentido de la vida y del amor. Todo eso rodeado de un humor elegante y sutil que el actor maneja a la perfección. Completan el reparto Ana Ruíz, Rocío Calvo, Beatriz Santana y Ricardo Joven que bordan su papel, aunque quedan ensombrecidos por Gil, que brilla con mayor intensidad. Pero, lo más importante, es que todos los personajes tienen una suerte de misión para con el otro, pues entre todos forman una relación indispensable para la madurez psicológica del resto.

A estas magistrales actuaciones se une una escenografía muy trabajada, que representa a la perfección un apartamento del Bronx austero, monótono y aburrido, justamente como su dueño Boris. De este modo, los elementos artísticos acompañan en todo momento las emociones de cada uno de los personajes, sobre todo, la música elegida que, en más de una ocasión, consigue sacarnos alguna que otra sonrisa. Todo esto logra que el público empatice aun más con esas personas que están perdidas y no saben cómo salir adelante. En definitiva, una obra donde director y escrito han conseguido unir su estilo al de Woody Allen, sin que quede forzado. Todo fluye de manera natural y no podemos evitar pensar que han realizado un tributo perfecto al peculiar cineasta. Un trabajo definido por un humor ácido que los actores dominan con maestría. Una representación que invita al público a reflexionar, pero, sobre todo, a reír. 

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