Por Julia Menéndez y Eva Miguel
El Festival de Cine por Mujeres celebra su gala de clausura el pasado domingo entre reivindicaciones y buen cine
El pasado 9 de noviembre, domingo, el Festival de Cine por Mujeres convocó al público en su gala de clausura, celebrada en el Palacio de la Prensa. Al llegar a la plaza de Callao, ni multitudes de fotógrafos ni olas de cineastas, nada que indicase cuál podía ser el edificio. Para llegar había que esquivar todas las trampas que llevaban al nuevo musical de Nacho Cano. El festival parecía escondido.
Ni un cartel, ni una fotografía, ni una señal… Todo daba la impresión de estar pensado para quienes ya sabían a dónde ir, qué hacer y qué esperar. Resultaba difícil imaginar que alguien pudiera descubrir por accidente que allí se estaba celebrando algo muy especial.
Dentro del auditorio, el frío de Madrid quedó atrás. Los asientos no estaban preasignados y nadie pedía acreditación en el acceso, un indicio claro: esta vez la sala no estaba llena. Y decimos ‘esta vez’ porque, durante las dos semanas de programación, el festival agotó entradas en dieciocho ocasiones. Cifras que los codirectores, Carlota Álvarez Basso y Diego Mas Trelles, compartieron con entusiasmo antes de reivindicar el sentido del proyecto: “un festival dedicado al cine por mujeres, no sobre ni para”.
La reivindicación del papel autoral de las mujeres —más allá de los roles de espectadora u objeto de mirada— se reflejó en una programación sólida con títulos como Romería (Carla Simón, 2025) o Sorda (Eva Libertad, 2025). Ambas, películas que fueron preseleccionadas junto a Sirat (Oliver Laxe, 2025) para representar a España en los Óscar.
Sorprende, visto lo anterior, que la prensa generalista apenas dedicara atención al festival. Mas Trelles reprochó esta ausencia, recordando a los periodistas que muchos de sus propios lectores acuden a las salas. Aprovechó también para lamentar el recorte de presupuesto al programa Días de cine de RTVE, que en ediciones anteriores les había apoyado.
Galardones que brindan un altavoz
La entrega de premios, presentada por la divertida y elegante Sol Eton, abrió con el galardón a mejor película española 2025, que recayó en Sorda, de Eva Libertad. La película aborda la maternidad desde la experiencia de una mujer sorda y su relación con una hija cuya capacidad auditiva aún es desconocida. La directora no pudo asistir, pero envió un vídeo en el que dedicaba el premio a las mujeres sordas que buscan abrirse camino en el mundo del arte.
Le siguió el Premio Baturu, nuevo reconocimiento a la mejor directora novel. En esta categoría se incluyen tanto primeros como segundos largometrajes. La ganadora fue Avelina Prat por Una quinta portuguesa (2025), un drama psicológico sobre el abandono. También ella participó mediante vídeo, reivindicando la necesidad de seguir acudiendo a las salas de cine, a las que describió como “un pequeño espacio de resistencia”.
El último premio de la noche fue el de mejor película internacional 2025, otorgado a Happy Birthday (2025), de Sarah Goher, un coming of age sobre la amistad infantil y el clasismo en El Cairo. Además, por el “alto nivel de las candidatas y la imposibilidad de decantarse por solo una” (según informó Arantxa Etxebarría, integrante del jurado), se dio una mención especial a Jakobs Ross (2025), de Katalin Gödrös. La noticia emocionó a la directora, que subió al escenario para agradecer el reconocimiento y defender la integridad del arte frente a los intereses del capitalismo.
Una película espléndida en un contexto defectuoso
Para cerrar la jornada, se proyectó Silent Rebellion (2025) de Marie-Elsa Sgualdo, un grito silencioso sobre la realidad femenina. Una historia sobre la (im)posibilidad de ser y elegir, de huir del sometimiento.

Frame de ‘Silent Rebelion’. Fuente: IMDB
Sin embargo, la experiencia de la proyección se vio interrumpida por un detalle difícil de ignorar: la música de la discoteca del sótano. Mientras Emma, la protagonista, luchaba desesperadamente contra su embarazo, en la sala resonaba “y se montó la gozadera, Miami me lo confirmó”. La nula insonorización de la sala fusionaba las dos fiestas. Emma no estaba de fiesta, sin embargo, y, entre tanto estímulo, costaba un poco conectar con su dolor.
Aun así, el film, ambientado en la Segunda Guerra Mundial, no resulta ajeno a la actualidad. En un momento en el que la libertad sexual de las mujeres sigue siendo objeto de debate, en el que las decisiones ligadas a la maternidad continúan en el punto de mira y en el que se sigue señalando a víctimas como culpables, es pertinente seguir dedicando espacios a películas como estas.
Ojalá la próxima vez sea más fácil encontrar el festival. Y ojalá la sala esté llena.
