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25 noviembre, 2011 Comentarios (0) Visitas: 960 Cine y Televisión

Un dios salvaje o mejor resolverlo a palos

La cara A y la B de una dualidad que obliga a las personas adultas a actuar en la vida como si estuvieran sometidas a un examen continuo… Cuando Ethan y Zachary se pelean aquella tarde en el parque no sienten que haya nadie juzgando lo que hacen, y quizás por ello acabe habiendo dientes rotos y egos heridos. Pero la casa de los Longstreet (Jodie Foster y John C. Reilly) no es el parque del puente de Brooklyn, ni los padres de estos dos compañeros de colegio pueden permitirse sucumbir a los instintos más primarios cuando intentan resolver cívicamente el desagradable incidente entre sus hijos.

 

El matrimonio Cowan (Kate Winslet y Christoph Waltz) se ha desplazado hasta allí conciliador, para disculparse por la conducta de Zachary e interesarse por la boca y la cara un tanto desfigurada por la hinchazón del pequeño Ethan. 

Una vez redactado el parte con los hechos acaecidos y sin sombra alguna de asperezas entre ambos matrimonios, parece llegado el momento de que cada uno vuelva a sus asuntos y el tema quede zanjado. No obstante, ese momento se retrasa irremediable y cómicamente, pasando de vivir un encuentro tenso a encontrarnos ante una situación disparatada, en la que ambas parejas acabarán perdiendo los papeles y dejando a la vista su lado más cínico y el más vulnerable.

Un dios salvaje es la adaptación de Roman Polanski al cine de la obra de teatro de la autora francesa Yasmina Reza, Le dieu du carnage, una película rodada casi en su totalidad en un mismo interior, a tiempo real. El salón del matrimonio Longstreet, ficticiamente situado en la ciudad de Nueva York, es el escenario donde los cuatro protagonistas del filme realizan su espectacular despliegue dramático. Mientras Jodie Foster interpreta a una escritora sin pena ni gloria, aparentemente comprometida con todos los problemas de su tiempo y casi obsesionada con las buenas formas y la moral, su pareja en la película, John C. Reilly, encarna al marido complaciente y mediador, la persona comprensiva por cuyo cauce transcurren varios de los contrapuntos del relato. En cuanto a Winslet, la inglesa está sublime en el papel de esposa relegada, madre arrepentida, de modales y discurso intachables y transformación calculada, al tiempo que Christoph Waltz, el abogado feroz de sonrisa irreverente y principios disolutos, es sin duda el personaje más descarnado de la trama.

Con todos los ingredientes que aportaba la obra original, Polanski no podía desperdiciar esta historia de prejuicios sociales y contradicciones humanas para hacer gala de su capacidad de esbozo: la atmósfera subjetiva en la que los personajes se mueven, expuestos desde todos los ángulos al ojo crítico del espectador. Un dios salvaje es el último estreno del director polaco, una película no apta para espíritus ‘puros’ ni pieles finas que provoca, en ocasiones, cierta incomodidad y también carcajadas, muchas, aunque solo sea para liberar la tensión originada en los primeros treinta minutos.

“Yo creo en un dios salvaje”, sentencia Waltz en un momento del filme. A esas alturas de la película, la cara B es el peso pesado del duelo, la dualidad ya es historia y las máscaras han caído. Lo han hecho más lentamente de lo que cayeron los golpes en el parque entre Ethan y Zachary, pero con el mismo peso, la misma violencia, haciendo que nos preguntemos, tímidamente, sin decirlo muy alto, si no hubiera sido mejor resolverlo a palos.

 

 

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