Tipos infames, libros sin casa

Libros frente a la puerta cerrada de Tipos Infames.
Libros frente a la puerta cerrada de Tipos Infames. Foto: @lulamein

El cierre de Tipos Infames, reconocida librería de Malasaña, ha sacudido redes y titulares. Al apuntar a la gentrificación como responsable, el caso ha vuelto a poner sobre la mesa la incómoda relación entre cultura, barrio y transformación urbana.

Quien visite estos días la librería Tipos Infames corre el riesgo de acabar sumergido en una ola de profunda melancolía. Como en todas las tiendas en proceso de liquidación, las cajas van poco a poco devorando el espacio y las estanterías pierden el color y la textura. Ya no hay stock, no hay encargos, no hay para luego: el día 14 de febrero se acabó.

Es posible, sin embargo, que quien visite estos días la librería Tipos Infames la encuentre más llena que nunca. Sus propietarios parecen tener más aceptado el cierre que la mayoría de sus clientes, que se acercan a decir adiós de mil maneras diferentes. Los hay con canas y con bigote, cotillas y husmeantes, políticos, célebres y perdidos. En esta especie de funeral por adelantado, muchos se acercan a dar el pésame, comparten sus lamentos con los libreros, recuerdan anécdotas y hacen su reivindicación: “no hay derecho”, “es una pena”, “vamos de mal en peor”. Los hay más y menos pesimistas, pero todos vienen a dejar sus huellas en el evento de una inevitable desaparición, a ser testigos de una pérdida que parece ir más allá del cierre de una librería.

Tres amigos y una librería diferente

Gonzalo Queipo, Alfonso Tordesillas y Curro Llorca, licenciados en Historia del Arte, comenzaron este proyecto en 2010. En el bajo del número tres de la calle San Joaquín había hasta entonces un estudio de arquitectura. Desde que se erigió el edificio, en 1900, muchos comercios olvidados habrán ocupado este mismo lugar. Hoy solo algunos viejos vecinos se acuerdan de ellos: “Yo creo que aquí había una taberna o un horno”, recuerda Emilia, antigua residente de Malasaña.

Tipos Infames era, o es -es difícil saber qué tiempo verbal utilizar en casos como este-, una librería donde se tomaban vinos y se bebía café. Sus dueños querían quitarle solemnidad al negocio, animar a la gente a entrar. Más tarde, abrieron también Menudos Infames, en el local de enfrente, dedicada a la literatura infantil y juvenil, la poesía, el teatro y la novela gráfica. Hace un año, en una conversación sobre la transformación del barrio de Malasaña, un trabajador de este local comentaba que Tipos Infames era “un negocio desmarcado de los locales gentrificadores, aunque a veces sea inevitable caer en ciertas dinámicas”, que apostaba “por la literatura independiente, por editoriales y proyectos que se salen de lo estrictamente comercial”. Estaba convencido de que el negocio aportaba mucho al barrio y reivindicaba la importancia de que ideas como estas se lleven a cabo.

Casi un año después de esta conversación, el pasado 21 de enero, su Instagram anunciaba: “Como muchos negocios locales, la gentrificación nos obliga a echar el cierre”. Tras conocerse la noticia, la red se inundó de mensajes buenos y malos, de lectores y no lectores, de visitantes y de desconocidos. La noticia no era que cerrase una librería, sino por qué.

Entre las reacciones había contraste. Algunos celebraron que “Tipos Infames hizo mejor Madrid” (Alberto Olmos, El Confidencial), otros hablaron del fin de la época hípster, de la gentrificación devorando a sus propios hijos. No faltaron, por supuesto, los políticos, que lamentaron y se hicieron fotos en la librería: “Otra víctima más de un modelo de ciudad que prefiere turistas a vecinos. Gentrificación, alquileres imposibles y abandono del comercio de barrio” (PSOE Madrid, X), “Madrid tiene que construirse al servicio precisamente de este tejido cultural, no en su contra” (Eduardo Rubiño (Más Madrid), X). Políticos, periodistas y usuarios llevan días discutiendo acerca del rol de esta librería en un barrio en el que los agentes culturales han desempeñado un papel particular: ¿los echa la gentrificación o son parte de ella?

Cultura y gentrificación, una complicada relación de amor-odio

La palabra gentrificación resuena en las paredes de Malasaña desde hace tiempo, entre miles de dedos acusatorios. Aunque parece el gran problema del barrio, no es un asunto exclusivamente actual, y aunque tiende a plantearse como un enfrentamiento entre las lógicas del mercado inmobiliario y la cultura, en realidad es un fenómeno mucho más complejo. Elplural.com hablaba, a raíz de esta noticia, de cómo la gentrificación había sido el fenómeno que ha ido desplazando en los últimos años “la esencia del propio barrio”. Lo cierto es que nadie sabe en qué consiste dicha esencia, dónde se encuentra ni a quién hay que preguntarle por su definición. Los propios límites de esta cosa difusa a la que llamamos Malasaña son borrosos: inciertos en los planos, ambiguos para la administración, a elección libre del vecino. Porque, en realidad, Malasaña no es un barrio según la versión oficial, sino una zona de Universidad, que sí lo es. Sin embargo, la mayoría de webs se refieren a este espacio como “el barrio pop y alternativo”, “un barrio para hípsters”, “el barrio bohemio”, “cool”, “vivo”…

Cuando La Razón le preguntó en qué se traduce la gentrificación, los libreros fueron claros: “En subidas de alquileres, en el vecindario”. Hablaban de un barrio desmembrado; de vecinos que se van; de transeúntes que ya solo vienen de paso; de un edificio, el suyo, en el que hay un 20% de pisos turísticos que han reemplazado a las familias residentes; de un alquiler, el del local, que ha subido un 50% desde que empezaron. Todo esto compone el motivo de su cierre. Según comentaban a Elplural.com, lo resumen en gentrificación porque “es un concepto que lo graba todo”.

Pegatina en contra de los pisos turísticos en la Plaza del Dos de Mayo.

La gentrificación es, en términos generales, el fenómeno de renovación-expulsión que tiene como base la búsqueda del beneficio resultante de la diferencia entre el valor previo del suelo y el posterior a su renovación. El catedrático de Historia del Arte Jesús Pedro Lorente identifica un patrón que se repite en muchos de los “barrios artísticos”: artistas con pocos recursos llegan a zonas degradadas, después lo hacen galerías y comercios adaptados al gusto de las clases culturales (por ejemplo, las conocidas tiendas vintage o los cafés de especialidad), más tarde entran las instituciones e instalan museos y servicios y, finalmente, el barrio “muere por aburguesamiento”. También puede ocurrir a la inversa: las instituciones privadas y públicas entran primero, rehabilitan y atraen a los artistas. En Malasaña -barrio o no- se han dado ambos casos en distintos momentos y zonas.

Convertir un barrio en “guay”, “artístico” o como quiera llamarse, lo expone a este riesgo, pero también puede reforzar los lazos de la comunidad y definir nuevas prácticas contraculturales. He aquí la contradicción. Ya sea de forma intencionada, institucional o no planeada, el estilo de vida se mercantiliza y el arte y la cultura funcionan como anzuelo. La llamada “clase creativa”, concepto popularizado por Richard Florida, encarna bien esa paradoja: puede sostener un discurso social progresista y, al mismo tiempo, integrarse al servicio de un sistema que absorbe sus protestas y las estetiza. Las reivindicaciones contra la elitización acaban, no pocas veces, contribuyendo al aumento del valor del suelo en beneficio de quienes sí pueden pagarlo.

Calle de Malasaña con bolardos decorados con arte callejero.

Queda entonces la pregunta abierta: ¿qué políticas o iniciativas podrían permitir una convivencia más justa entre quienes habitan, quienes llegan y quienes hacen del barrio su forma de vida? Si existe una identidad del barrio, ¿quién la produce, a quién incluye y quién se beneficia, en última instancia, de la plusvalía urbana generada por todos?

Tipos Infames era, es y será en la mente de los que se acercan hoy a vaciar las estanterías un intento muy bonito de hacer barrio a través de la cultura, de unir a los vecinos con café, vino y letras. Lugar de encuentro y de recomendación, de lectura y conversación, víctima y parte del engranaje que ahora la expulsa. Todo eso.

Los tipos infames esperan que cada libro encuentre una casa antes del 14 de febrero, que pasen de mano en mano, que sigan circulando. Después, las cajas habrán devorado el espacio y el local quedará vacío. Como ocurre siempre en la ciudad, ese vacío no tardará en llenarse de otra cosa. Una herida más en un barrio que puede terminar muriendo de éxito.

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