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Viajar: una manera de vivir

Fernando Clemot: «Un buen final puede cambiar una vida...

23 enero, 2012 Comentarios (0) Visitas: 1055 Letras

También se puede llorar en Hawai

Vivir en el paraíso puede ser un infierno. Al menos eso es lo que cuenta Alexander Payne en Los descendientes (2011), una película ambientada en Hawai en la que la decadente existencia del protagonista nos hace tanto llorar de alegría como reír de pena. Y es ahí donde reside su magia. El juego de equilibrio entre comedia y drama, evita el opresivo encorsetamiento de los géneros y deja que el filme se mueva libremente en el mar del eclecticismo.

 

Un mar en el que un pobre desgraciado lucha por sobrevivir. Porque así es Matt King (encarnado por George Clooney) el hombre con la agenda más repleta de citas sobre problemas e infortunios de toda la isla: su mujer se quedó en coma por culpa de un accidente de lancha, tiene que hacerse cargo de sus dos hijas (una de esas adolescentes insurgentes y una niña de 10 años políticamente incorrecta) y es el administrador de una enorme finca familiar que sus primos quieren vender. Y esto es sólo en el comienzo del largometraje. La situación se pone aún peor, y un desmejorado Clooney se enfrenta a situaciones de lo más traumáticas con una comicidad que empieza en sus horteras camisas hawaianas.

Fotograma de la película 'Los Descendientes'

Y es que toda la crisis existencial que Payne relata en imágenes gira en torno a la figura del glaumoroso actor. Quizás ese  sea el motivo por el que ha elegido a Clooney. ¿Qué mejor manera de mostrar la decadencia que  hacer desaparecer todo el brillo de una estrella de Hollywood y mostrarlo como un mueble viejo, deteriorado por el paso del tiempo?

Pero el director de Election o Entre copas no ha jugado tan bien todas sus cartas. A pesar de la oportuna elección del protagonista, Payne ha descuidado un aspecto que a veces es la clave del éxito en el séptimo arte: la música playera se vuelve un poco repetitiva y ralentiza un ritmo narrativo que ya va a paso de tortuga por sí solo. Aunque es obvio que la velocidad de la trama sirve para que el espectador pueda recrearse en la desgracia ajena, no era necesario acentuar la dilación de las acciones con un recurso extra como el del sonido. Además, el público ya sabe que está en Hawai, por lo que una monótona melodía que lo recuerde constantemente es más que prescindible.

Aún así, el espectador pronto se olvida de estas inclemencias musicales gracias a la coherente aclimatación de la novela de Kaui Hart Hemmings a los tiempos cinematográficos. El resultado es una adaptación agridulce a través de la que se relata una historia de luces y sombras con un esperanzador secreto: el dolor y las lágrimas no es lo único necesario para reconstruir una vida. Ríanse. Y vivan.

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