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17 abril, 2016 Comentarios (0) Visitas: 2414 Cine y Televisión

Sólo necesita una furgoneta

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Una mujer sin hogar y sin invitación alguna decide aparcar la vieja furgoneta donde vive en el acomodado barrio de Camden Town, justo delante de la casa del dramaturgo, novelista y humorista Alan Bennett. En un gesto de bondad y deber moral muy inglés –o tal vez sólo fuera pura inercia– el escritor permite a la anciana quedarse en su patio durante un tiempo… Y pasaron 15 años.

Así comienza The Lady in the Van, una producción basada en la obra homónima y autobiográfica del propio Alan Bennett, y dirigida por Nicholas Hynter (The History Boys, El crysol), que se estrenó el pasado 15 de abril sin mucha repercusión mediática en las carteleras españolas. No es la primera vez que estas mentes creativas trabajan de la mano. Ambos proceden del mundo del teatro y habían aunado fuerzas en la gran pantalla, primero con La locura del rey Jorge (1994) y luego con The History Boys (2006). La experiencia de estos trabajos y el gancho que el tema tiene de por sí auguraba una buena película desde el principio. Sin embargo, acostumbrados a las superproducciones de Hollywood y la innegable ‘pasmosidad’ que dejan sus efectos especiales en los espectadores, esta película carece de elementos remarcables en cuanto a fotografía, música, o montaje. Su encanto reside, sin duda, en la construcción de unos personajes complejos y en la mezcla del drama con la crítica social y, por supuesto, con el humor británico.

No es fácil adaptar la biografía de alguien a la gran pantalla, uno tiene la sensación de que nunca es lo suficientemente fiel. Por eso, The Lady in the Van abre fuego con una clara y astuta afirmación: “Esto es una historia real… en su mayor parte”. Y lo más probable es que casi todo sea un puro ejercicio de imaginación, pero si hay algo que alabar al cine inglés es ese tono fresco de películas capaces de conmovernos sin una tensión emocional que haga cortarse las venas.

«- Le haré una taza de té

– Oh no, no se moleste. Tomaré sólo media»

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La oscarizada Maggie Smith (El exótico Hotel Marigold) interpreta de forma magistral a Mary Shepherd, una excéntrica anciana, ex monja y ex pianista que causa una mezcla de ternura, intriga, compasión y antipatía a partes iguales. Y es que sólo necesita eso, una furgoneta, para lucir el talento que tanto ha demostrado en películas anteriores. Merece la pena poner énfasis en la actriz ante la ola de protestas y reivindicaciones que hace tiempo se vienen gestando en el paraíso de la eterna juventud de los grandes estudios. Y esto sin mencionar la cuestión de género que se remarca con los eternos galanes octogenarios. El caso de actrices veteranas en papeles importantes como Smith, Hellen Mirren o la icónica Mary Streep resultan ya una rareza. Pero éste es, precisamente, un ejemplo de lo que Hollywood se está perdiendo.

Por otro lado, Alan Bennett (magnífico Alex Jennings) es un personaje intelectual, distante e irónico que escribe sobre un hombre –él– cuya madre enferma resulta mucho menos importante que la señora Shepherd en su contenida vida. El escritor realiza toda una serie de reflexiones profundas y, a veces, neuróticas, utilizando la voz en off y una versión de sí mismo, que veremos encarnada en un doble con quien mantiene diálogos alucinógenos. Salvando las distancias, se trata de un Woody Allen inglés que critica con convencimiento y una calculada proporción de tristeza y dulzura, el british way of life.

La historia, en términos generales, no da mucho de sí, aunque haya conseguido materializarse en un libro, una obra de teatro y, ahora, en una película. Los flashbacks que van revelando al espectador cuáles fueron las causas que llevaron a Shepherd a esa situación no son reveladores. Pero, de alguna manera, el espectador se sienta ante un autorretrato de los tabúes y prejuicios de nuestra sociedad. A pesar del tono algo costumbrista y satírico del film, en ocasiones resulta incómodo. ¿Acaso nosotros dejaríamos entrar en nuestra casa a un vagabundo? “A mí no me importaría, pero es que están los niños…”, diría una vecina. Nadie le advirtió a Bennett que ese gesto cortés le cambiaría la vida.

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