Cincuenta años después de su lanzamiento, la canción de Cecilia sigue siendo un espejo incómodo: para algunos, tierna melancolía; para otros, sumisión doméstica; en cualquier caso, una melodía que recordar
El nueve de noviembre se celebra en Alemania el Día de la Memoria. Destino o casualidad, ese mismo día sucedieron tres momentos históricos: el fracasado golpe de Hitler (1923), la Noche de los Cristales Rotos (1938) y la caída del Muro de Berlín (1989). Algo así como el proyecto fallido, la fragmentación y la reconciliación. Aunque, claro está, nadie recuerda estos insignificantes episodios: el mundo entero dedica la jornada a pensar en ramitos de violetas (indiscutiblemente, mucho más importantes).
Hace cincuenta años, en 1975, la artista madrileña Cecilia lanzaba el que sería su último LP. Sobre la portada, su rostro y el título: Un ramito de violetas. Meses antes había publicado el single homónimo, que marcaba un giro en su trayectoria. Tras el tono político del primero y la melancolía del segundo, el tercero se presentaba más popular, menos combativo. Cómo hubieran sido el cuarto o el quinto, nunca lo sabremos, porque un accidente de tráfico acabó con su vida cuando tenía solo 27 años.
A día de hoy, la canción sigue sonando, aunque la versión de Manzanita lo hace más –casi el doble, según Spotify-. De hecho, sirve como demostración de que el ramito de violetas conserva su valor simbólico el hecho de que varios músicos jóvenes lo han rescatado en los últimos años. Este es el caso de Delaossa, en su canción Veneno (“volveré con un ramito de violetas a tu puerta como el manzanita que descanse en paz”) o Céro, en Mi momento (“y volveré con un ramito de violetas y esta canción para que puedas escuchar mi voz”).
No viene mal de vez en cuando recordar que la canción era de ella, de Cecilia. En realidad llamada Evangelina Sobredo, fue para los que la conocieron, “un soplo de aíre fresco, una poeta de las cosas de la calle”, según José María Iñigo. Para los demás, según se mire: cantautora excepcional, mito que murió joven, pihippie (o lo que es lo mismo chica burguesa que canta folk), divertida, melancólica, referente feminista o “facha de la peor categoría”, como la definió irónicamente el columnista García-Vao. El ramito de violetas resulta tan indescifrable como ella.
El sabor de las violetas: más agrio que dulce
Las violetas son el olor de Madrid, el sabor de los caramelos o el color de las flores otoñales que adornaban el paisaje de la capital, antes silvestres o en manos de las violeteras, ahora, cada vez en menos sitios. Teresa, la hermana menor de Cecilia, las sigue cultivando en la casa familiar como tributo.
Aunque parece haber cierto consenso en el hecho de que “es una canción preciosa”, no deja de contar la historia de una mujer enamorada de un hombre al que hoy probablemente calificaríamos de red flag. Para Pilar Aguilar, de Crónica Libre, el ramito de violetas es el chupete que silencia un abuso, el regalo que acalla una lucha- “el ramito de violetas, el Ministerio de Igualdad”, escribe-. Para García-Vao, de La Esperanza (periódico “monárquico y católico”), el cálido abrazo de un matrimonio tradicional, que sigue adelante a pesar de la adversidad. Para Cecilia, según su familia, un recuerdo de infancia: el regalo que su padre le hacía a su madre.
La tierna canción de amor es, en realidad, agridulce: una doble ilusión. La del que no es capaz de hablar y la de la que vive su pasión en la oscuridad. El ramito de violetas, un gesto mínimo, el amor de dos que no son capaces de reconciliar la fantasía con la realidad. En la realidad, la violencia; en la fantasía, los versos y las violetas. Las dos, fantasía y realidad, igual de verdaderas.
9 de noviembre o 7 de septiembre
La canción subraya una fecha: esta, el nueve de noviembre. El día en que “como siempre sin tarjeta”, el violento marido o el enigmático amante (o los dos) le mandaba un ramito de violetas. En la versión original, recuperada por La mitad invisible, el día era otro: el siete de septiembre. El motivo del cambio, por capricho o por secreto, se lo llevó con ella. En realidad, pudo deberse a un motivo tan sencillo como la temporada de floración de las violetas, mucho más cercana a noviembre que a septiembre, como explica la florista Rosa: “la Violeta Mediterránea florece en otoño y resiste todo el invierno, en verano se agostan”. Rosa no las vende ya en su pequeño local porque “duran muy poco y ahora son muy caras”, aunque “cada 9 de noviembre viene gente preguntando por ellas”.
Quien señala una fecha se atreve a atravesar el tiempo. Año tras año, el nueve de noviembre vuelve a traer memoria, flores y canciones. La historia repite su estribillo: el proyecto fallido, la fragmentación, la reconciliación… y un ramito de violetas.
