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LA TRAMPA DEL MAL

LA TRAMPA DEL MAL

DEADWOOD. FANGO EN LOS CIMIENTOS DEL PARAÍSO

9 febrero, 2011 Comentarios (0) Visitas: 965 Cine y Televisión

NADIE SABE NADA DE GATOS PERSAS

Bahman Ghobadi es un director de sujeto, verbo y predicado, así lo atestiguan sus películas Un tiempo para los caballos borrachos (dijeron: una, dos y tres. Y la crítica empezó a aplaudir al unísono) y Las tortugas también vuelan (la mejor obra fílmica de lo que llevamos de siglo). Cuando se encontraba rodando Nadie sabe nada de gatos persas afirmó tener conciencia de que sería la última película que rodaría en Irán, su país natal. Huelga decir que la problemática del régimen iraní no era con la sintaxis.

Nadie sabe nada de gatos persas retrata la historia de la música underground (en el sentido más clandestino y subterráneo, quizás menos higiénico, del término) en el sistema de censura y represión iraní. En un Teherán donde la tenencia de bebidas alcohólicas puede significar 80 latigazos, dos jóvenes que practican rock indie intentan salir del país para tocar en un festival londinense. La primera parada será una soberbia escena en casa de un falsificador con gafas de culo de jarra alemana. Se complica el tema cuando un visado falso para Europa sale por unos 5.000 dólares para los amigos (visado para Afganistán = 5 $). El ímpetu de los jóvenes y su vitalismo parece brotar en los agrietados muros de Teherán, y es que “el pueblo es más grande y poderoso que el ministerio de asuntos islámicos”. Debe ser frustrante anquilosarse y pudrirse en un país, cuando el mundo bulle a un avión de distancia. Esa frustración lleva a Negar y Ashkan a intentar montar un grupo, con su consiguiente concierto ,para hacerse con algo de dinero y agilizar los trámites fraudulentos del viaje-exilio. Mientras tanto, van dibujándose diversos personajes, con la exactitud de color que sólo alcanza un gran humanista, sobre un mosaico musical y urbano de la capital iraní.

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Parece imposible evitar analogías con el momento actual que atraviesa Egipto, así que no lo haremos. La situación dictatorial en mucho de los países islámicos amenaza ruina a la luz de nuestra concepción democrática del mundo (no estamos muy seguro de que sea acertada) y  la historia pasada de nuestras naciones. Los altercados de Túnez, Yemen y Egipto parecen trazar el camino del cambio. Aquí falla Ghobadi, pues él plantea la represión en clave ideológica y artística, cuando, en realidad, es el hambre y el bajo nivel de vida lo que desencadena movilizaciones. Un vientre vacío es un vientre libertario, porque es el hambre lo que levanta al pueblo y no los ideales (el hombre no es un animal filosófico sino gástrico.) Como decíamos, Bahman Ghobadi es un humanista crónico, y es por eso que su película desemboca en tragedia (la tragedia es antropometría pura, la comedia teología). Esperemos que aquí el realizador también yerre, así el futuro demostraría desapego al hombre y las cosas acabarían mejor, no con risueña manducación de perdices, pero mejor al fin y al cabo.

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