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4 mayo, 2014 Comentarios (0) Visitas: 2041 Escena

Mauthausen al teatro

«¡Qué maravilla!», podía escucharse a la salida de la sala Francisco Nieva, en el Teatro Valle-Inclán, anoche, pasadas las dos horas y cuarto de representación. Por vez primera, tardé más de media hora en abandonar sus puertas. El estupor, la emoción y el asombro, eran comunes en todos los que allí estábamos. Algo que solo podía lograr Laila Ripoll y su El Triángulo Azul, obra que co-dirige junto a Mariano Llorente y que estará en cartel hasta el 25 de mayo.

Una de las escenas más cómicas de la obra

Una de las escenas más cómicas de la obra

Mauthausen fue el campo de concentración nazi escogido para destinar a los siete mil apátridas españoles, de los que Franco se desentendió a comienzos de la II Guerra Mundial. Precisamente fueron estos, los distinguidos con el triángulo azul (de apátrida español), los que pusieron su vida en juego y consiguieron sacar las fotografías que devolvieron la libertad a Mauthausen. Solo 2.000 españoles seguían vivos.

Diez años de investigación histórica y documentación gráfica le hicieron falta a Ripoll para trasladar Mauthausen al teatro y es que, tal y como descubrió en su búsqueda, el teatro llegó ya antes al campo, precisamente, a manos de nuestros olvidados. Cargada de altas dosis de humor negro, la obra es testimonio del horror sufrido en la piel de quienes confiaban en un mundo que parecía haberse olvidado de ellos.

Entre la oscuridad y el chirrío de la escenografía, ilumina la voz y la actuación de Paco Obregón, narrador de la historia en un presente; las representaciones musicales, que consiguen la atención del espectador a cada minuto y las proyecciones gráficas que nos hacen viajar hasta la realidad que envolvió los alambres eléctricos que rodeaban Mauthausen.

Espléndida Elisabet Altube, en el papel de Oana, una joven obligada a prostituirse, cuya risa contagia de esperanza y valor. Y Jorge Varandela, como Jacinto y lo que haga falta, porque su caracterización y registro no encuentra límites en El Triángulo Azul, y es que, la verosimilitud es sinónimo de su forma de actuar, logrando lágrimas o carcajadas según él mismo decida.

Una opción sublime para aprender, disfrutar y reivindicar lo que fuimos y aún seremos. El merecido reconocimiento a los abuelos de muchos de los que hoy llenan la sala. Una clase de historia acelerada más empática que ninguna otra lección sobre el pupitre.

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