Más allá del juego: el gran ritual cultural de la Super Bowl

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Espectáculo del medio tiempo de la Super Bowl LVI/ NFL

Desde hace años, la final de la NFL es una celebración en la que la música, la gastronomía, el espectáculo televisivo y los excesos de la sociedad estadounidense ocupan el centro del escenario

El 8 de febrero, el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, acoge uno de los eventos deportivos más importantes del año: la Super Bowl. Millones de personas, principalmente en Estados Unidos, pero también en buena parte del mundo, se reunirán frente al televisor para seguir la final de la NFL que enfrentará a los Seattle Seahawks y los New England Patriots, un partido que, como cada año, trasciende lo puramente deportivo para convertirse en un auténtico fenómeno global.

Y aunque podríamos detenernos en la irrupción de Drake Maye, en la baja de Zach Charbonnet y en cómo condiciona el ataque de los Seahawks; en la reconstrucción exprés de los Patriots y su regreso a la Super Bowl tras la marcha de Tom Brady; en la repetición de la final de 2015 o en el choque de estilos entre la verticalidad ofensiva de New England y la defensa férrea y ordenada de Seattle, este no es un artículo para analizar el partido ni para anticipar lo que ocurrirá sobre el césped.

Porque, aunque el fútbol americano sea la excusa, lo que sucede durante los sesenta minutos de juego no es lo que ha elevado esta cita a la categoría de fenómeno global. Desde hace años, la Super Bowl es una celebración en la que la música, la gastronomía, el espectáculo televisivo y los excesos de la sociedad estadounidense ocupan el centro del escenario.

Halftime Show

Si hay algo que acapara titulares en las semanas previas al partido, mucho más que sus finalistas, es el espectáculo del medio tiempo. Tan antiguo como la propia Super Bowl, hay que retroceder hasta 1967 para encontrar la primera actuación de la historia. En aquel descanso, celebrado en el Memorial Stadium de Los Ángeles, sonó The Liberty Bell, interpretada por la banda sinfónica de la Universidad de Arizona, con la colaboración de la banda de marcha de la Universidad Estatal de Grambling y el equipo de banderas y animadoras del Anaheim High School.

Beyoncé, Prince, The Rolling Stones, Bruce Springsteen, Tina Turner o el homenaje al hip hop protagonizado por Dr. Dre, Eminem, 50 Cent, Kendrick Lamar y Snoop Dogg, entre otros, son solo algunos de los nombres que han pasado por los estadios de la NFL. Sin embargo, si hay una actuación que lo cambió todo y elevó este espectáculo a la dimensión actual fue la de Michael Jackson en 1993. Un show seguido en más de 120 países y que incrementó la audiencia en un 8,6 %. Un dato que contrasta con otro igual de significativo: el descanso de la Super Bowl es el momento del año en el que más gente va al baño en Estados Unidos.

Este año, la música volverá a ocupar un papel central, aunque con un marcado tono político. Antes del inicio del partido, Green Day servirá de “entrante”, mientras que el puertorriqueño Bad Bunny será el encargado del Halftime Show. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump ya ha anunciado que no asistirá al partido y ha mostrado públicamente su rechazo a ambos artistas. Nada de esto es casual, como tampoco lo es su elección. Billie Joe Armstrong, vocalista de la banda californiana, ha expresado su apoyo a los manifestantes de Minneapolis contra las redadas a inmigrantes llevadas a cabo por el ICE. Por su parte, el puertorriqueño ha manifestado en numerosas ocasiones su oposición a Donald Trump, y ha anunciado que su próxima gira no pasará por escenarios estadounidenses como acto de protesta contra estas políticas.

Comida en cantidades industriales

Uno de los elementos que convierten la Super Bowl en un evento único es su carácter comunitario. No se trata solo de ver un partido, sino de reunirse con la familia y los amigos y disfrutar del ritual compartido. Y como en cualquier reunión importante, la comida está de por medio.

La carne y la barbacoa ocupan un lugar central, junto a las patatas fritas, las pizzas y la cerveza. Si hay un plato que simboliza esta velada, ese es el de las alitas de pollo, hasta el punto de que se estima que se consumen alrededor de 1.400 millones de unidades. A esto se suman unas 14,5 toneladas de patatas fritas y cerca de 14 millones de hamburguesas y pizzas.

Comer todo esto en solitario sería complicado, de ahí que el acompañamiento líquido sea igual de contundente: alrededor de 61 millones de galones de cerveza se consumen durante la tarde. Como colofón, al día siguiente se registra un aumento del 20 % en la venta de medicamentos para la salud digestiva.

El papel de la televisión

Un acontecimiento de estas dimensiones no podía pasar desapercibido para la televisión. La Super Bowl es el evento deportivo anual más visto, con más de 120 millones de espectadores solo en Estados Unidos. En las últimas ediciones, el récord de audiencia se ha batido de manera consecutiva en 2024 y 2025, con 123,7 y 127,7 millones de espectadores respectivamente. Y no necesariamente porque fueran los mejores partidos sobre el campo, sino por la presencia de la cantante más influyente del momento: Taylor Swift, que no actuó en el Halftime Show, pero asistió a ambos partidos para apoyar a su pareja, Travis Kelce, tight end de los Kansas City Chiefs. Estedetalle disparó el interés mediático y amplió el alcance del evento más allá del público habitual de la NFL.

Pero si hay algo que define la retransmisión televisiva de la Super Bowl son sus anuncios, conocidos como “los más caros del año”. Espacios publicitarios de apenas 30 segundos que, según Sports Illustrated, pueden costar entre siete y ocho millones de dólares —más de 250.000 dólares por segundo— y que, aun así, resultan rentables para las marcas al tratarse del escaparate más visto del año.

Estos anuncios forman parte de la cultura popular estadounidense, con piezas tan icónicas como el Whassup de Budweiser en 2001, ampliamente parodiado, o la colaboración entre Bugs Bunny y Michael Jordan para Nike en 1993, que acabaría inspirando Space Jam. Este año ya se han anunciado campañas de marcas como Pringles o Dove, así como los tráilers de grandes superproducciones de Hollywood, entre ellas Avengers: Doomsday o el biopic de Michael Jackson.

Al final, la Super Bowl es mucho más que una final de fútbol americano. Es un espejo amplificado de la sociedad que la produce: de su capacidad para convertir cualquier acontecimiento en espectáculo, de su relación con el consumo desmedido, de la mezcla constante entre entretenimiento, política y negocio, y de cómo todo ello se empaqueta para ser retransmitido al mundo entero. Durante unas horas, el deporte queda casi en segundo plano, eclipsado por la música, la comida, los anuncios y la conversación global que se genera a su alrededor. Y quizá ahí resida su verdadero éxito: no en lo que ocurre sobre el césped, sino en todo lo que sucede cuando el balón deja de moverse.

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