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2 marzo, 2016 Comentarios (0) Visitas: 4844 Letras, Música

Magia y belleza en Poesía es nombre de mujer

Ernestina de Champourcín, María Teresa León, Concha Méndez, Maruja Mallo, María Zambrano, Rosa Chacel, Josefina de la Torre y Marga Gil Roësset. Nombres que, quizás, no os suenen. Estas ocho mujeres fueron poetas en la Generación del 27 pero quedaron en la sombra solo porque, precisamente por su género, no les correspondía ser artistas. Apodadas ahora como «Las Sinsombrero», el pasado martes fueron recordadas y homenajeadas por cinco mujeres que, en la actualidad, están revolucionando el panorama poético y musical. “Queremos ser la voz que ellas no tuvieron, porque hoy las mujeres y la poesía sí la tenemos. Hoy para «Las Sinsombrero», nosotras, nos quitamos el nuestro”.

Los versos de Victoria Ash, Irene G. Punto y Loreto Sesma, la voz de María Blanco (vocalista de Mäbu) y la guitarra de Diana Zahé inundaron la sala Galileo Galilei y los oídos de 400 personas. Vestidas de negro y con una rosa en el pelo aparecían para hacer de un martes cualquiera un día festivo. Una madrileña, una granaína y una zaragozana se juntaron hace un tiempo para realizar el show Poesía es nombre de mujer, sin saber todo lo que vendría después. Luego, decidieron incorporar la música.

Victoria Ash

Victoria Ash

“Diana Zahé es como un funambulista, la cuerda en la que nos sentimos seguras. Irene G. Punto le pone el punto gamberro a la micropoesía. Mi Loreto, con dos libros, porque ella es más pequeña que nosotras pero, tened por seguro, que es más grande. María Blanco da igual que vaya con banda o sin ella porque su voz es bella”, así presentaba Victoria Ash a sus compañeras y amigas. Momentos después, confesaba que, aunque amaban a los hombres, Poesía es nombre de mujer nace porque las voces femeninas siempre se silencian.

Victoria iniciaba así su intervención antes de dejar volar sus poemas, recogidos en el libro La culpa es de las musas (ed. Lapsus Calami). Dice escribir a dos tipos de musas: unas que en el intento de amar, acaban hiriendo; y otras que hacen del mundo un lugar mejor. La granaína se mostró natural, divertida pero, sobre todo, cómplice y muy cómoda con el público, el cual le respondió del mismo modo. Entre poema y poema realizaba, casi sin darse cuenta, un monólogo humorístico que arrancaba carcajadas de los asistentes tras haberles encogido el corazón con sus letras. Terminaba, dejando el listón bien alto, con un poema en contra de la violencia de género, “¡por todas las mujeres!”.

Tras ella, recogía el guante Irene G. Punto: “Imaginad que en un mismo día son los Reyes, es tu cumpleaños y te toca la lotería, tres cosas de sobrexcitación. Pues algo así me ha pasado a mí, hoy llenamos Galileo, es el cumpleaños de una de las personas más importantes de mi vida y, además, mi editora de Aguilar me ha enseñado, por primera vez, mi último libro: Carrete velado”. Virtuosa en la micropoesía, y acompañada del rock and roll de Diana Zahé, supo darle al público esa fuerza y rabia que desprende al escribir. Momentos después, invitaba al escenario a Rayden, para recitar el poema La lavadora, (al que el rapero hizo una réplica). Juntos aunaron poesía e interpretación durante más de diez minutos.

David Martínez, Rayden

David Martínez, Rayden

Irene G. Punto

Irene G. Punto

Y era el turno de la benjamina del grupo, Loreto Sesma, quien, a sus veinte años, ya ha publicado dos libros. Comenzaba contando que sus compañeras siempre le echaban la bronca por no prepararse los recitales e improvisar en cada uno de ellos, pero lo cierto es que, durante su intervención, en ningún momento se notó. “Yo siempre digo que no creo en las casualidades, por eso no creo que sea casualidad que haya ahí cinco focos alumbrándonos, tampoco creo que fuera casualidad que un día Irene nos reuniera con unas cervezas y acabáramos a las 8 de la mañana, ni es una casualidad que cada vez que nos juntemos en una furgoneta, todas nos sepamos justamente la misma canción”.

Loreto Sesma

Loreto Sesma

El momento más emotivo de la noche llegó cuando la zaragozana se sentó en las escaleras del escenario, sintiendo el calor del público y bajo una luz tenue, comenzó a recitar el poema No me voy a olvidar de ti, dedicado “a esa persona que, aunque hoy no esté, yo no me voy a olvidar de él”. La voz de Loreto es como cerrar los ojos y volar, como abrir una ventana y ver el mar, y esa noche la Galileo fue testigo de ello.

María Blanco, por su parte, fue la encargada de poner música entre cada bloque de los versos que estrujaban las gargantas de las poetas. Con una guitarra y su voz melódica característica emocionó al publicó aún más.

Una hora y tres cuartos en la que la sala rebosaba magia, esperanza y belleza. Cinco mujeres en un escenario, juntas, siempre juntas.


 

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