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Lentejita moda

Moda y diseño de la mano de ‘Lentejita’

¿En qué piensa Blas de Lezo?

29 noviembre, 2014 Comentarios (1) Visitas: 1496 Miscelánea

Madrid a cuatro patas

Arbol

Árbol de Navidad en Sol

Hoy me han ridiculizado del todo. Con la excusa de que hace un frío de muerte, mamá me ha puesto una chaqueta de cuero con una capucha de plumas. Casi ni se me ve. He intentado defenderme, pero mis padres saben sobornarme con unos huesos de pollo que huelen de maravilla, así que me he visto obligado a rendirme.

Llevo dos meses fuera del albergue y cada dos por tres me llevan de excursión por sitios de lo más extraños. Papá compró un bolso con rejilla para poder llevarme con ellos en ese enorme tren ruidoso que va bajo la tierra y transporta cientos de variopintos humanos siempre pendientes de esas pantallas luminosas que me dan tantas ganas de mordisquear.

Los domingos nos gusta comer fuera. Hemos ido al Jardín Príncipe de Anglona, según escuché a una turista que sacaba fotos a nuestro lado. Es algo así como un parque colgante porque salva un desnivel entre la Plaza de la Paja y la calle de Segovia. Me lo pasé en grande revolcándome en el césped, corrí por los pasillos de piedra y ladré a las palomas que se amontonaban alrededor de la fuente. Las muy pesadas pretendían robarme las golosinas de ternera que mamá me había traído, pero no lo iba a permitir.

Cuando me llevaron a la chocolatería San Ginés, pensé por un momento que todas sus muestras de amor eran falsas. Qué olor salía de esas tazas, qué brillo emitían esos churros… pero, ¿para mí? Nada. Sentado en el pasadizo junto a la mesa, mostré en vano mis mejores caras de conquistador, incluso solté algún quejido cuando la desesperación me pudo. Una niña quiso darme un pedacito del suculento manjar de su ración, pero papá insistió en la idea “tóxico para perros”, aunque para mí fue como si me cerrasen las puertas del cielo.

Rumbo a Preciados, nos topamos en pleno Sol con un conjunto de bolas doradas uniéndose en una torre interminable hacia el cielo. Al parecer, en diciembre los humanos celebran algún tipo de fiesta que incluye decoración extravagante, iluminación excesiva y comida por doquier. Aunque, pensándolo bien, lo de la comida me incluye a mí.

En los postres festivos pensaba precisamente cuando mamá paró tras una cola tremenda de personas, justo al lado de la calle Rompelanzas. Me contó una podenca que conocí en el albergue que se trata de la calle más corta de Madrid y conecta con unos grandes almacenes donde los madrileños con más dinero compran nuestro pienso, su comida y todo lo que se les ocurre. También en las proximidades trabaja una señora que se llama Manolita y vende pequeños papeles con números que te hacen ganar mucho dinero, si tienes suerte, una vez al año. Mamá debe creer en la suerte, porque aquí seguimos esperando.

Al llegar a la Plaza de Callao, me metieron de nuevo en el bolso para bajar al subsuelo. No se admiten perros ahí abajo, pero me he cruzado con niños que emiten sonidos más agudos que yo, diabólicas criaturas. Nos dirigimos, según detectaron mis orejas voladas, a la Latina. Papá se sentía romántico y quería ver el atardecer junto a mamá.

El mejor sitio en el que he visto la puesta de sol es en este parque al lado de la Basílica San Francisco el Grande. Hubo un momento en el que un Shar Pei casi me arruina la velada, pero tras una reñida batalla de gruñidos, gané el territorio. Me quedé ciego mirando directamente esa bola de fuego esconderse tras el horizonte de edificios. Un grupo de alemanes balbuceaban, cerveza en mano, mirando lo mismo que yo. A mi lado, mis padres se abrazaban mientras Madrid apagaba las luces.

La vuelta a casa ni la recuerdo. Fui durmiendo en el bolso, a hombros de papá, mientras escuchaba lejano a un hombre que suplicaba por comida. Sentí pena por él porque yo me había sentido así antes de que me adoptaran. De Gran Vía a casa había un breve trecho de terrazas, apresurados transeúntes, músicos callejeros y más de una sexy chihuahua. Mi única meta, sin embargo, era subirme al sofá bajo una manta para soñar con el paseo del día siguiente.

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One Response to Madrid a cuatro patas

  1. […] como los lugares más emblemáticos de la ciudad se atestan de luces, las tiendas se llenan de vestidos. Muchos desafortunados paillettes que […]

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