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«La cabeza del dragón», una original forma de resucitar a Valle-Inclán

Lo mejor de cumplir años es que la gente celebra que sigues vivo. Con este fin, Lucía Miranda (Valladolid, 1982) ha decidido conmemorar el 156 aniversario de Valle-Inclán (28 de octubre de 1866) en el María Guerrero, convirtiendo el teatro en el garito de moda de la escena madrileña. Y como suele ocurrir en los mejores cumpleaños, la fiesta comenzó el pasado 30 de septiembre y continuará hasta el 13 de noviembre, cada tarde a las 20:00 horas, como parte de la programación del Centro Dramático Nacional. Entre sus invitados: príncipes, reyes, duendes, un bufón y un dragón.

La Farsa infantil de la cabeza del dragón fue escrita como un cuento tradicional de marionetas dedicado a niños, pero en el que los padres que los acompañaban eran los que debían de prestar atención. En su momento, a Ramón María del Valle-Inclán lo calificaron como un gallego extraordinario y extravagante, y hasta Manuel Azaña llegó a decir de él que quería ser no el hombre de hoy, sino el de pasado mañana. Esta simbiosis entre tradición y modernidad, que tan presente está en las obras del dramaturgo, es justamente lo que ha conseguido la directora escénica vallisoletana con La cabeza del dragón, su adaptación del texto publicado en 1914.

Antes de empezar la función el elenco revolotea en el escenario y, como si de un ensayo se tratase, se reparten los papeles bajo la atenta mirada de la figura de Don Ramón sentado entre el público. La farsa comienza con una sutil pero nada desdeñable escenografía (Alessio Meloni) que va in crescendo hasta crear una atmósfera que oscila entre el mundo de Alicia en el País de las Maravillas, un tablao flamenco y un club de burlesque. Aunque parece aleatorio, el director musical Nacho Bilbao consigue a través de las escenas musicales que todas estas transiciones tengan sentido. Y es que, ¿qué tiene que ver Rocío Jurado con Valle-Inclán? Todo. Ya lo avisó Miranda en la playlist de Spotify que creó para su particular fiesta, en la que añadió la gran mezcla de canciones que han inspirado su creación.

Una banda sonora que es interpretada por el protagonista, el príncipe Verdemar (Ares B. Fernández), pero también por unos personajes secundarios que brillan por sí solos: Carlos González, como el antagonista Espandián; Carmen Escudero, una bailaora con mucho duende; Juan Paños, el bufón de la corte o Clara Sans, una especie de reina de corazones, entre otros. En su elección se aprecian varias decisiones autorales: representar la diversidad social latente hoy en día y apostar por intérpretes jóvenes que corren entre plateas, bailan y cantan como si estuviesen en el Club Malasaña y, sin duda, es allí donde transportan con su actuación. Pero también se observa el inmenso respeto que todos profesan hacia el dramaturgo, quien termina siendo el protagonista de la historia, y la determinación de ser fiel a la misma.

De la muerte de Valle-Inclán se dijeron muchas cosas en su momento en la prensa. Por ejemplo, que cuando falleció, por su habitación del Sanatorio de Santiago desfiló media Galicia y parecía eso más una tertulia que un lecho mortuorio. También, que cuando fueron a enterrarle, un anarquista se abalanzó sobre el féretro para arrebatar el crucifijo del ataúd y se cayó en el foso habilitado para la sepultura del escritor. Mentira o no, es fácil creer que un personaje como él tuviera un funeral así de esperpéntico. Aunque Lucía Miranda consigue que fantaseemos con una ceremonia diferente, igual de punki y excéntrica, pero en la que el motivo principal no sea la muerte, sino la vida. Y  escoge el mejor sitio donde hacerlo: el teatro, siempre tan vivo que hasta es capaz de resucitar a los muertos.

María Cantó

Periodista especializada en cultura. Escribo sobre todo lo que me ilusiona.

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