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OROZCO DESNUDA SUS TRES CORAZONES

5 abril, 2011 Comentarios (0) Visitas: 2360 Música

Kurt Cobain se vengará de Seattle

Cobain

Kurt Cobain / Fuente: rollingstone.com

Murió hace exactamente 24 años. Una jeringuilla con restos de heroína, una escopeta, una televisión emitiendo la MTV silenciada, el disco de R.E.M Automatic for the people sonando, una nota de suicido y el contexto de su Seattle natal… estos fueron los inertes seres que completaban la macabra escena. Kurt Donald Cobain fue encontrado el 8 de abril de 1994 en su mansión del Lago Washington sentenciando la muerte del icono del grunge con un disparo en la cabeza y una sobredosis de heroína en sus venas.

Engrosando el fatídico «Forever Club» (aquellos artistas que murieron con 27 años como Janis Joplin, Jimi Hendrix, Brian Jones o Jim Morrison) Kurt Cobain había dejado un legado de música pero también de controversia: una infancia marcada por el Ritalin (medicamento utilizado para tratar la hiperactividad infantil y que provocaba dependencia en los pacientes), dolores de estómago crónicos, el divorcio de sus padres que le marcaría de por vida, un carácter tendente a la depresión, fracasos escolares y con las chicas, las primeras drogas, su primer grupo Fecal Matter…y pronto llegó el fichaje de Sub Pop, el vídeo de ‘Smells like teen spirit’, la fama, las giras mundiales, las drogas duras, la dependencia, el odio por el mainstream, por verse en la televisión continuamente, por haberse convertido en todo lo que odiaba.

Pocos conocen el hecho de que poco antes de su muerte (apenas un mes antes) en uno de sus diarios escribió una carta de tono incendiario dirigida a Krist Novoselik en la cual le despedía a él y a Dave Grohl de Nirvana. Tras el boom de Nevermind, que fue y sigue siendo un auténtico himno para la Generación X, Nirvana cayó en las redes de la MTV alimentando unas ansias por el grupo que desbordaron las expectativas pero también las ganas de Cobain. «As for now NIRVANA is an embarrassment, my soul can’t take it. My body can’t», así expresaba su frustración en esa carta, decepción incrementada por las luchas sobre los porcentajes de los beneficios entre los tres componentes del grupo y por un estado anímico quebrado. Cobain combinaba las fechas de su última gira mundial con entradas y salidas esporádicas en clínicas de desintoxicación (a las que acudía por petición de su mujer Courtney Love, ingresada en una de Los Ángeles y apartada de su hija Frances Bean Cobain).

Para Kurt, su familia era lo más importante. En la última entrevista que concedió a Chuck Crisafulli (encargado de la comunicación de Fender para quien Cobain había diseñado una guitarra) sentenció que «Tocar música es lo que hago; mi familia es lo que soy». Con su familia separada, su sueño roto y su ego dolido, las drogas seguían siendo la única escapada y por ello se alejó de todo y de todos, desapareciendo durante un par de semanas hasta que reapareció muerto en Seattle, diciendo adiós en sus últimas palabras escritas: «Soy una criatura voluble y lunática. Se me ha acabado la pasión, y recordad que es mejor quemarse que apagarse lentamente. Paz, amor y empatía.»

Y nos dejó algo más que el maldito Nevermind y que todo el imaginario y especulaciones acerca de su muerte y de su vida; nos dejó Bleach, Incesticide, In Utero, el maravilloso Unplugged in New York de finales de 1993 donde un Kurt Cobain sincero, tranquilo e intenso, parecía disfrutar con un formato en donde sus canciones (y las versiones de grupos como Meat Puppets, David Bowie o The Vaselines) tomaron más profundidad que nunca. Quién diría que ese Kurt que miraba al infinito mientras cantaba ‘Where did you sleep last night’ en este Unplugged provocando un aluvión de aplausos, era el mismo pequeño rubio de ojos azules de Aberdeen que tocaba el tambor por las calles de su ciudad o que aprendía a tocar la guitarra haciendo versiones de Simon & Garfunkel.

Ese mismo pequeño es el que años después se obsesionaba con el acto de la reproducción, el concepto de lo visceral, de los humores humanos y del poder de la mujer sobre el hombre; el mismo que hacía collages con partes de muñecas de porcelana, órganos vitales de plástico o flores secas; el mismo que escribía diarios y cartas nunca enviadas y que realizaba películas con su Súper 8. Todo ello fue parte fundamental en su concepción del grunge, movimiento musical que había bebido de grupos como The Melvins y que acabó explosionando. ¿Por qué? Porque era el medio perfecto con el que expresar su rabia y apatía, su irreverencia e incluso ridículo. Todo ello a través de gritos desgarradores y letras crípticas que en realidad no quieren decir nada, sólo quieren ser la excusa para su exorcismo personal, para su liberación de su odio por sí mismo y de su innata disconformidad con todo.

Kurt Cobain no soportó su triunfo, no se soportaba a sí mismo. Era extremadamente sensible en un mundo excesivamente frívolo. Y, tristemente, esta sensación de desidia vital era lo que le hizo componer con la rabia que llevó al éxito. La vida es irónica, pero él se vengó de ella con 27 años y en Seattle.

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