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6 diciembre, 2013 Comentarios (0) Visitas: 1988 Miscelánea

«Soy el capitán de mi alma», homenaje a Nelson Mandela

French-graffiti-artist-Hopare-paints-a-street-art-mural-of-Nelson-Mandela-in-an-artistic-graphic-style Nelson Mandela no era ni un escritor ni un poeta. No era un pintor y tampoco un actor de cine o teatro. Lo que sí compartía con el mundo del arte era una idea «revolucionaria». «Revolucionaria» en el sentido de «moderna», «nueva», «diferente», «innovadora». De hecho, ¿qué es más «cultural» que lo que supera las barreras, abate los obstáculos y regala ideas mejores?

«Más alla de la noche que me cubre – Negra como el abismo sin fin – Agradezco a los dioses si existen – Por mi alma inquebrantable»

Es el «alma inquebrantable» cantada en el poema Invictus de William Ernest Henley, y que le sirvió de inspiración y ayuda al líder anti-apartheid durante su encarcelamiento en Robben Island, la imagen que mejor describe a Nelson Mandela. Y no solamente en los años como prisionero, sino también, una vez libre, cuando tuvo que enfrentarse, como nuevo Presidente sudafricano, con los problemas de un país devastado por la discriminación racial.

«Caído en las garras de la circunstancia – No he llorado ni pestañeado – Bajo los golpes del destino – Mi cabeza está ensangrentada, pero erguida»

Ésta, probablemente, fue la gran fuerza de Nelson Mandela: aceptar su destino, con la cabeza alta, profundamente consciente de la exactitud y de la importancia de su misión. En 1985, por ejemplo, rechazó la oferta de libertad condicional a cambio de la renuncia a la lucha armada. Volverá a respirar libertad en 1990, después de 27 años en la cárcel.

«Más alla de este lugar de cólera y lágrimas – Yace el horror de la sombra, – Y sin embargo la amenaza de los años – Me encuentra, y me encontrará sin miedo»

Cuando en 1994, ya galardonado con el Premio Nobel por la paz, ganó las primeras elecciones «multirraciales» de Sudáfrica, el país yacía bajo «el horror de la sombra». Odio, rencor y violencia seguían siendo sentimientos enraizados en una sociedad que padecía diferencias, al parecer, irreparables. «Madiba», este el apodo que le vino del clan al que pertenecía, intentó sanarlas con una única arma: la integración, sin encontrarse con miedo alguno. Había empezado el «largo camino hacia la libertad», la construción de un sueño, suyo y de miles de sudafricanos: la «Nación Arcoiris».

«No importa cuán estrecho sea la puerta, – Cuán cargada de castigos la sentencia, – Soy el amo de mi destino: – Soy el capitán de mi alma»

Es exactamente por esta razón que la redacción de Cultura Joven también quiere homenajear a este gran protagonista de la historia contemporánea. Porque más que un sentido pólitico, sus acciones tuvieron una importancia social, es decir cultural. La cultura de la ética, de la moral, de la igualdad, de la lucha. Mandela fue, de verdad, el capitán de su propia alma.

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