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Cultura Portátil

28 noviembre, 2013 Comentarios (0) Visitas: 1551 Recomendamos

El secreto español de Manhattan

La Hispanic Society, en Nueva York, es un lugar para disfrutar del arte, pero también de la soledad

La Hispanic Society, en Nueva York, es un lugar para disfrutar del arte, pero también de la soledad

Por Juana Libedinsky

En un reciente viaje a Nueva York, el flamante presidente de la Academia Nacional de Periodismo de la Argentina, Ermenegildo Sabat, comentaba que el punto álgido de su visita a la Gran Manzana había sido poder estar en absoluta soledad rodeado de algunos de los Goyas, Velázquez y Sorollas más extraordinarios del mundo. No es que por haber recibido aquí el premio Maria Moors Cabot de la Universidad de Columbia le hubieran abierto especialmente las puertas de algún museo fuera de horario; o que un mecenas lo hubiera llevado a ver su colección privada. Simplemente, se había tomado el metro hasta Harlem y había entrado a la Hispanic Society, el secreto mejor guardado de todo el arte de Nueva York.

Ubicado totalmente fuera del circuito turístico, en el corazón del Harlem latino, frente al Boricua College y rodeado de bares como La Raza, donde la estrella es Esteban el Rey de la Cumbia, la institución tiene varias de las grandes obras maestras del arte español.

Por ejemplo, sólo allí uno puede plantarse frente al famoso retrato de la duquesa de Alba vestida de negro, señalando las palabras “sólo Goya” escritas en la arena, que fue fundamental para las especulaciones de que la aristócrata y el artista eran amantes; o intentar desentrañar el misterio del retrato de Miguel de Unamuno de Ignacio Zuloaga que para muchos refleja un punto de inflexión en el arte español del siglo XX; o extasiarse en la sala con murales de Sorolla que retratan las “Provincias de España”, y del cual apenas pueden verse los estudios preliminares en el Museo Sorolla de Madrid.

Salvo por ocasionales académicos, investigadores y artistas que consideran al acervo (que incluye infinidad de documentos y fotografías, y que va del siglo XII al XX e incluye arte de Portugal y del Nuevo Continente) una pieza clave para entender la historia de la península ibérica, las gigantescas salas suelen estar vacías.

¿Cómo es que este majestuoso edificio, que parece arrancado de la Castilla más emblemática -estatua del Cid incluida- terminó aquí?

Como explica la historiadora Dore Ashton, la mayor parte del arte europeo que puede verse en Estados Unidos en general llegó a través de los vastos apetitos e igualmente grandes fortunas de unos pocos plutócratas excéntricos. Estos “robber barons”, mecenas americanos que amasaron distinguidas colecciones, tenían varios motivos para hacerlo, no menor entre éstos el de competir con sus pares europeos e idealmente ganarles en el juego. En general eran indiscriminados respecto a lo que juntaban. Sus colecciones eran trofeos para lograr prestigio social. Lo único que importaba era impresionar a los demás. Pero, como señala la autora en la introducción al libro Hispanic Art in New York, hubo algunos que mostraron una llamativa independencia de criterio, y un gusto muy audaz y personal. Ciertamente, el interés por el arte y la cultura española en sí -históricamente muy relegada en el interés respecto a la de Italia y Francia por los coleccionistas- ya era audaz, y en el caso de Archer M. Huntington, sin precedentes.

Heredero de una de las grandes fortunas de los ferrocarriles de EEUU, Huntington descubrió en The Zincali -un libro sobre los gitanos de George Borrow- su pasión por España. Tras aprender castellano y árabe y realizar varios viajes al otro lado del Atlántico se volvió un eximio hispanista, es decir que no solo juntaba extraordinarios objetos, sino que financió expediciones arqueológicas, la publicación de estudios y patrocinó investigadores que divulgaran la cultura española. A diferencia de otros notables coleccionistas, siempre evitó sacar objetos culturales de España, y sólo compró lo que ya estaba circulando en remates en Londres y París, lo cual le ganó el eterno aprecio de Alfonso XIII, con quien mantenía un contacto fluido.

Todas las maravillas que Huntington juntó las donó tras la Primera Guerra para lo que devino en la Hispanic Society. Hoy el inmueble y la colección están abiertos todos los días, de manera gratuita, y lo primero que dice el guarda de seguridad cuando uno entra es que sí se pueden sacar fotos (siempre que sean sin flash) y gentilmente acompaña a un perchero donde colgar los abrigos y paraguas, en total contraste con la actitud o desinteresada o prepotente que uno suele vivir en los museos.

A la gala anual de recaudación de fondos de la institución viene el quién es quién de España y Latinoamérica, y es considerado el  punto de encuentro por excelencia de los españoles en la Gran Manzana vinculados con la cultura, algo de lo que Huntington posiblemente hubiera estado particularmente orgulloso. Quizá el único pecado del coleccionista americano respecto a su legado haya sido una cierta falta de visión inmobiliaria. Mientras la mayor parte de las instituciones culturales están en lo que se llama el «Museum Mile» de Manhattan, entre las distinguidas mansiones de la Quinta Avenida y el glorioso Central Park -lo cual facilita mucho la visita de turistas- la parte de Harlem por la que Huntington apostó quedó rezagada en el desarrollo de la ciudad, básicamente habitada por inmigrantes recientes de países latinoamericanos de limitados recursos, y lejos del eje cultural. Pero después de estar examinando a la Duquesa de Alba y a Unamuno, poder caminar unos metros para terminar el día con un pollo a la criolla y unos pasos de bachata es, al mismo tiempo, lo que hace que esos momentos “only in New York” sean tan excepcionales.

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