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Valencia en un día: del barroco al futuro entre luz, paella y arquitectura

Ciudad de las Artes y las Ciencias
Ciudad de las Artes y las Ciencias / Fuente: Alejandro Santos

Los alumnos del Máster en Periodismo Cultural recorren Valencia en una jornada entre arte, historia y gastronomía mediterránea

“En Valencia se puede desayunar junto a una cancha centenaria de pilota, entrar después en una iglesia barroca y terminar la tarde caminando entre edificios futuristas reflejados en el agua”. Suena a frase bonita para vender un viaje, pero después de pasar un día ahí, la verdad es que se queda corta.

Los alumnos del Máster en Periodismo Cultural recorren Valencia en una jornada entre arte, historia y gastronomía mediterránea

El pasado viernes 24 de abril, el alumnado del Máster de Periodismo Cultural del CEU San Pablo arribó en Valencia con un itinerario diseñado por Marina Fernández Maestre, profesora de Arquitectura y Periodismo y conocedora de la ciudad. La propuesta no era solo ver Valencia, sino aprender a leer y entender cómo conviven sus distintas capas, cómo convergen sus siglos.

Un museo donde el tiempo no es lineal

La primera parada fue el Centro de Arte Hortensia Herrero, un espacio que ya anticipa uno de los grandes rasgos de la ciudad: la convivencia entre lo antiguo y lo contemporáneo sin conflicto aparente. El edificio, rehabilitado a partir de una estructura del siglo XIX, no intenta ocultar su pasado ni imponerse desde lo nuevo. Ambas partes, la histórica y la moderna, se reconocen, se respetan y funcionan en simbiosis.

Dentro, las obras refuerzan esa idea de tensión entre tradición y tecnología. La instalación del colectivo japonés teamLab, The World of Irreversible Change, propone una aldea medieval que reacciona en tiempo real a la presencia del visitante. Basta interactuar para que el sistema genere cambios irreversibles, incluso conflictos. De hecho, puede generar caos. Te hace sentir un poco culpable, como si lo que haces tuviera consecuencias de verdad y pasas de ser solo espectador a ser agente con responsabilidad.

A pocos pasos, una pieza de David Hockney sobre las estaciones baja las revoluciones e introduce otro ritmo, más pausado, casi pictórico. Ese contraste resume bien el museo: velocidad frente a contemplación, futuro frente a tradición visual, tecnología que te activa frente a arte que te calma.

Comer como los locales: el tiempo del esmorzaret

Antes de seguir, una pausa imprescindible en La Bodeguita. Allí, el grupo se sumerge en uno de los rituales más cotidianos y reveladores de la cultura valenciana: el almuerzo. Cerveza, olivas, cacahuetes, bocadillos de jamón con tomate y de chistorra. Todo muy sencillo pero perfecto.

El cierre llega con el cremaet, ese café con ron quemado que es un pequeño espectáculo en sí mismo. Azúcar, canela, cáscara de limón y café crean una bebida en capas, dulce y aromática, que resume la tradición local y la hace especial. Es toda una experiencia cómo se comparte, de pie, conversando y sin prisa.

Almuerzo valenciano: cremaet, bocadillos y cervezas
Cremaet y bocadillos / Fuente: Alejandro Santos

Una ciudad que se deja caminar

El recorrido continúa a pie por el centro y ahí Valencia empieza a sentirse de verdad. Comparada con Madrid o Barcelona, va más tranquila. No lenta, pero sí menos acelerada. Hay una cadencia distinta, menos urgencia, más luz. Las calles son coloridas, la gente amable, y las palmeras presentes en muchos tramos refuerzan esa identidad mediterránea que se percibe incluso sin ver el mar.

La explosión barroca de San Nicolás

En el corazón del casco histórico, la Parroquia de San Nicolás rompe cualquier expectativa. Al cruzar la puerta, el ruido de la calle desaparece y la mirada se eleva casi automáticamente. El techo está completamente cubierto de frescos. Santos, escenas, colores por todas partes. Es barroco en estado puro, exagerado, pero impresionante. Entiendes rápido por qué la llaman la “Capilla Sixtina valenciana”.

Parroquia de San Nicolas
Parroquia San Nicolás / Fuente: Alejandro Santos

Fundada en el siglo XIII sobre una estructura anterior, la iglesia ha atravesado distintas etapas: de lo románico a lo gótico, y finalmente al barroco exuberante del siglo XVII y XVIII. Fue entonces cuando Antonio Palomino encargó a su discípulo Dionís Vidal la decoración pictórica que hoy la define.

La restauración reciente, realizada mediante técnicas innovadoras como el uso de microbacterias para limpiar las pinturas, ha devuelto la intensidad original a los frescos. El resultado es abrumador.

Sin embargo, no todo encaja igual. Un espectáculo de luces y música proyectado sobre el techo, de unos quince minutos, introduce una capa contemporánea que resulta discutible. El contraste entre la solemnidad histórica del espacio y el carácter moderno del show genera cierta disonancia. Aun así, la iglesia sigue siendo una de las experiencias más impactantes de la ciudad.

Del pasado al futuro: el salto urbano

Tras la comida en Casa Valentín con una paella valenciana contundente, seguida de carne con patatas y un postre ligero llega el momento de continuar con la aventura. La Ciudad de las Artes y las Ciencias aparece como otro universo con estetica futurista, no se parece a nada de lo que has visto antes en el día, ni en la ciudad.

Iniciado a finales de los años 80 y con su primera gran inauguración en 1998, el complejo diseñado por Santiago Calatrava y Félix Candela transformó la imagen internacional de Valencia. Aquí la arquitectura deja de ser histórica para convertirse en símbolo. De repente todo es blanco, enorme, curvo. Los edificios parecen esqueletos, formas marinas, como si fueran de otro planeta o de un animal gigante. El Hemisfèric, el Oceanogràfic y el resto del conjunto se reflejan en piscinas de agua que multiplican su efecto visual. Todo parece pensado para ser fotografiado, pero también para impresionar en directo.

La sensación es clara: se nota que fue un proyecto diseñado para poner a Valencia en Europa y lo consiguió. Y sigue funcionando, ya que es uno de esos sitios que has visto mil veces en fotos, pero en persona impresiona más, mucho más.

El jardín que atraviesa la ciudad

Desde allí, el recorrido continúa por los Jardines del Turia, un parque que ocupa el antiguo cauce del río. Es, probablemente, uno de los espacios urbanos más inteligentes del país. Mientras otras ciudades luchan contra el tráfico, Valencia ha convertido un problema en solución haciendo un jardín que la cruza de extremo a extremo.

Corredores, ciclistas, familias, gente leyendo o simplemente caminando. No es un parque decorativo, es un parque que se usa de verdad y se siente como el corazón de Valencia.

El mar como cierre inevitable

Y para cerrar con broche de oro el día, nos dirigimos a la playa de la Malvarrosa. La luz de la tarde, la brisa del Mediterráneo, la arena todavía templada, el buen clima de primavera. Después de horas de arquitectura, historia y gastronomía, el mar funciona como cierre natural, era justo lo que tocaba: parar, sentarse y caminar por el paseo sin pensar mucho.

Alumnos del CEU disfrutando de la playa de la Malvarrosa
Playa de la Malvarrosa / Fuente: Alejandro Santos

Una ciudad que no se rompe

En una sola jornada, Valencia demuestra algo poco común: que es capaz de atravesar siglos sin fracturarse. Del gótico al barroco, del modernismo a la arquitectura futurista, de la tradición gastronómica al arte digital. Todo convive sin que se sienta forzado en perfecta armonía.

Y quizá esa sea lo mas llamativo de la ciudad, no necesita elegir entre pasado y futuro, simplemente los pone a dialogar bajo la misma luz.

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