En la migración se suda sangre

Migración-Pexels
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“La sangre tira”, frase que de lejos parece un tanto utópica e incierta. Sin embargo, si toma un avión con destino a Colombia y le pregunta a cualquier ciudadano el significado de la misma, inmediatamente les dirá que dicho concepto es la manera más real y profunda de decir que harían cualquier cosa por sus familias, lo que sea necesario.

Es más, si su mente quiere comprender tal connotación de una manera más real, quiero que se ubique en el TrasnMilenio; medio de transporte que se utiliza en la capital colombiana, Bogotá. Si le es más fácil, utilice el ingenio y transpórtese al vehículo de uso público que utiliza a diario.

Se abren las puertas, ingresamos e inmediatamente localizamos un puesto vacío. Tomamos asiento. Escogemos el lado de la ventana. Ese día llueve y el ambiente pinta a nostalgia. Mientras nuestros ojos hacen un paneo de la ciudad, se van dibujando escenas de diferentes índoles. Personas corriendo para tomar el carro, niños jugando con los charcos y mujeres que toman a sus pequeños de la mano, mientras venden dulces a quienes por el rojo del semáforo tienen que hacer un pare.

Dulces. Recuerdo que cuando era Halloween el decir “dulce o truco” era la perfecta excusa para que las personas de las tiendas nos regalaran golosinas. Pero 22 años después, el delicioso sabor del azúcar se convirtió en amargo y en el trabajo de muchos para salir adelante por la falta de recursos.

El bus hace una parada. “Muy buenas tardes a todos. Qué pena incomodarlos. Hoy vengo a venderles un delicioso producto. Unos deliciosos chocolates. Dos por mil pesos. Cinco por tres mil pesos. Como ven, esta es mi manera de subsistir”, expresa una mujer con acento venezolano, de tez blanca, con pecas que cubrían la mitad de su rostro y quien vestía una chaqueta y una gorra que pintaba la bandera de su país. Mientras terminaba la frase, las personas que presenciábamos dicho coloquio notamos algo diferente.

Alguien revoloteando. Saltando de aquí para allá. Era una pequeña. Una niña de unos 5 años de edad. Desorientada. No sabía que pasaba. Lo que para nosotros era la vía hacía la casa, para la bebé, un parque de diversiones.

Nadie dice nada. Nadie le compra. Silencio. Solo lluvia. De repente notamos una escena que rompe no solo dicha pausa, también el alma. “¿Quieres que me lleve a tu hija? Yo tengo el dinero para darle todo lo que ella necesita. Estará muy bien”, dice una señora con un abrigo de plumas. Sus rasgos faciales dibujan una edad promedio de 55 años. Todos quedamos sorprendidos. ¿Entregar a su pequeña? ¿A quien vio nacer y sostuvo en sus brazos? ¿La niñita que pronuncia Mamá?

Diana Patricia-Tomada de FB

La migración. La sangre tira. Estar lejos. Comer mal. Llorar mucho. Extrañar. Sí que se extraña. Lo anterior, no es más que la antesala para la historia de Diana Patricia Navas. Colombiana de corazón y alma. Berraca, como decimos nosotros los colombianos. Echada pa’ delante. Mujer que tiene los pantalones bien puestos y quien nació en Barrancabermeja.

Ciudad que se ubica en el departamento de Santander, que limita a orillas del río Magdalena y lugar que vio nacer su emprendimiento. La pastelería de Nani. Productos 100% hechos a mano. Desde tortas hasta panadería gourmet. Allí inició ese sueño. Las ganas de progresar. Por algo dicen que nosotros los colombianos nos le medimos a todo, y Diana era la muestra de ello.

Sin embargo, en los sueños como en la vida, hay momentos que nos juegan malas pasadas. No todo es color de rosa. Diana sabe el talento que tiene. Las edificaciones de harina y de color la han posicionado como una de las mejores en lo que hace. Dicen que el ingrediente secreto es el amor, pero fue justo este último componente el detonante para el inicio del apocalipsis.

Un día recibe un mensaje por Facebook. Lo abre y lo lee. Era él. Un hombre. También colombiano. Comienzan hablar. Pasan los días y se intensifica. Ella en Colombia y él en España. Dicen que el amor es ciego. Las seis horas de diferencia no era impedimento. “Ven a España y montamos una pastelería”, su propuesta indecente. Todo pasó muy rápido.

Frente a tal noticia su mente empezó a dar vueltas. La almohada fue testigo de ello. ¿Cómo decirles a sus padres? ¿Dejar a sus hijos y empezar de cero en otra nación? ¿Estaba muy enamorada? ¿Todo pintaba bien? ¡Se llegó el día! “Te compré el vuelo. Alista maletas” dice él. La pieza que faltaba para el rompecabezas.

Diana se armó de valor y vendió su pastelería. Sentó a sus padres y a sus hijos y les dio la noticia que, evidentemente, les rompió el corazón, pero que fue unido por la ilusión de que a ella le fuera bien.

Diana Patricia-Tomada de FB

Con mucho amor empacó sus maletas con sueños y esperanzas. Realizó checking y le dio un último adiós a su familia y a su tierra querida. Se desgarra. Rompe en llanto. Los mira una última vez e ingresa. “Eso es muy feo. Duele”, indicó, mientras el silencio hacia presencia.

Si yo le preguntara en qué deposita su fe, ¿tendría una respuesta? ¿Cree en algo? Unos la hacen llamar energía, universo o naturaleza. Diana se caracteriza por depositar su esperanza en alguien que es “mi todo. Mi ayuda”. Lo nombra como Dios, aquel que es la trinidad hecha hombre y que pasó “por las duras y las maduras”, como se dice en Colombia. Fue Él quien hizo de su inicio más fácil.           Se convirtió en su hogar, su refugio, o así lo indica ella.

Con todo lo anterior, atravesó el océano pacífico y aterrizo en España. Llegó al “paredón”. Migración es el lugar exacto en el que tienes un pie en tu país de origen y en la nación a la que llegaste. El estomagó da vueltas. El corazón va a mil. Se aferra más a Dios. “Ojalá pase. Que logre pasar”, son las frases que recorrían la mente.

Diana hace fila. Le piden el pasaporte. “¿A qué viene?”, la pregunta estrella. Para ese momento exacto, quien era su amado, le había enviado una carta para pedirla como pareja. Este era el puente perfecto para ingresar más fácil. Con nervios y todo, logró pasar.

Mientras trataba de volver en sí misma, toma sus maletas y los ve. Lo ve a él. Al fin conoció en persona por quien decidió renunciar a todo en Colombia. Era Roberto, así lo llamaremos por la seguridad de Diana.

Alto, pelinegro y un poco moreno. Se abrazaron y de paso conoció a quienes eran las hijas. Toman el carro y se dirigen al lugar que llaman hogar. ¿Hogar? En ese instante iba a empezar a extrañar su verdadera casa.

“Llegamos. En el lugar vivían él y sus hijas. Una de ellas tenía pareja. Yo no me quería sentir incomoda. Así que me quedé una noche y luego busqué para donde irme”, expresó Diana. Ante dicha decisión, Roberto le ayudó a conseguir un lugar para vivir. Sin embargo, esta “oportunidad” venía con regalo incluido.

Tomada de pexels

“Tenía que cuidar una casa. Hacerle aseo. Si yo realizaba tal cosa, podía dormir allí.”, así describió lo que serían las normas para poder tener un lugar donde acostar su cabeza. Sin embargo, las reglas se intensificaron. Tenía que quedar más limpio. No podía hacer tanto ruido. Debía controlar la hora de salida. ¿Un hogar o una cárcel? Y ni preguntarse por el pago. Antes debía agradecer que tenía donde dormir. Un cambio del cielo a la tierra que le trajeron lágrimas, pero no las mismas con las que empacó maletas. La ilusión se empezó a desboronar. Estas eran solo las migajas.

Dicho suceso cansó aún más a la colombiana. En su cabeza empezaba ronronear la idea de irse de allí. ¿Pero cómo? La propuesta indecente. Mientras realizaba dicho oficio, Roberto la llevo a donde sería la pastelería. Este lugar no era propio de él, era solamente una sede que se quería abrir en Bilbao, España.

El dueño de dicho local depositó toda su confianza en Roberto y le dio la oportunidad a Diana. El lugar estaba desecho. En ruinas. Se coloca los guantes, toma un balde, lo llena de agua, agarra una escoba y empieza a limpiar el lugar.

De día en la casa y en la tarde en la pastelería. Navas estaba aún estaba lejos de volver a moldear o de sentir el olor a horneado. “Pero no importaba. Era tanta la ilusión y la felicidad de abrir esa pastelería, que no me interesaba limpiar el lugar yo sola. Porque sí que me tocó sola. Era mi sueño”, expresa de una manera muy eufórica y con un suspiro largo.

Pasó el tiempo. Aunque era poco, para ella era una eternidad. Llegó la inauguración. “Quedó hermosa. Realicé unos pasteles muy lindos y cree productos deliciosos”, indicó. Para ese momento, la pastelería empezó a tomar fuerza, por lo que logró mudarse a la casa de Roberto y empezar a pagarle de lo poco que lograba obtener de su trabajo. “Ya estaba viviendo con él. Le debía pagar. Yo no me quedaba con nada. Si tenía 200 euros para mí, era mucho”.

Diana Navas-Tomada de FB

El lugar solo era administrado por ella, pues indicó que Roberto no hacía presencia allí. ¿Eso era bueno? Lo era. Diana Navas empezó a vivir el verdadero infierno en casa. Roberto, que para ese entonces aún seguía siendo su novio, empezó a menospreciarla por lo que hacía. “¿Eso es lo mejor que puede hacer? Mediocre. Pastelera de pacotilla. Esfuércese”, eran las palabras que sus oídos empezaron a escuchar.

Era tanto el menosprecio que empezó a sentir en casa que cuando “alguien cumplía años, se celebraba con alegría y euforia. Yo les preparaba unos pasteles deliciosos. Con mucho amor. Pero el día de mi cumpleaños, Roberto, quien es pastelero, me compró una torta de la esquina. No hubo nada para mí. Eso me dolió”.

Lo anterior era solo la antesala de lo que se avecinaba. Ella lo amaba. Estaba enamorada. El corazón enceguece a las personas. Encegueció a Diana. No veía la luz.

Por papeles, pero ella por amor y él, quizá también, o era lo que decía, arreglaron el matrimonio. Se despertó temprano, se mandó a arreglar el cabello, las uñas, todo. Era su día. Cocinó. Tenía todo listo. ¿Y él? Viendo el partido de futbol.

“Roberto, alístese que hoy se casa y se les va a hacer tarde.”, le dice su madre. “Ya voy, ya voy”, responde él.  Y ella, sosteniendo su ramo de flores en el marco de la puerta mientras lo esperaba.

En ese momento rebotaron las palabras que le había dicho una de las hijas de Roberto. “No se casé. Usted es una buena mujer. Mi padre no la merece”. Se casó. En la enfermedad, en la pobreza, en la riqueza, en las buenas y ¿en las malas? Y ni mencionar cuando ella le dio la noticia a sus padres e hijos. De por sí, ellos sabían, aunque nunca les dijo, que estaba pasando por un mal momento. No era feliz. “Usted no se imagina todo lo que lloré. No puedo describirlo”, así lo expreso. Esa era su realidad.

Diana navas-Tomada de FB

Maltratos verbales. Poco dinero. Secretos. Extrañar. No aguantar más. La pastelería cerró. La gota que empezó a rebosar el vaso. Mientras todo esto sucedía, Roberto llevó a vivir a casa a una de las amigas de sus hijas. Diana nunca se enteró. La hacían aparte. El corazón se desgarra y no hay nada que lo una. Para Navas, la única salida era Dios. Su fe. Esta misma hizo que una pastelera conociera su trabajo y se la llevara con ella a trabajar.

“Ganamos premios. Ella me decía que mi trabajo era muy bueno. Además, empecé a ganar más dinero. Pero igual, seguía llorando. Ella sabía lo que me pasaba. Me aconsejaba que lo dejara. Que me fuera”, expresó Diana tras un suspiro largo y profundo.

Se armó de valor y se fue. Sacó sus cosas. Pero como el amor nos hace brutos, ciegos y sordomudos, como dice la canción de Shakira, Diana lo aceptó nuevamente en casa. Esto se repitió tres veces. Aún había lágrimas. Existía el dolor. Su familia estaba lejos. ¿A qué se aferraba?

“Tememos por tu vida. Si sigues así, te puedes morir”, esa frase, pequeña pero profunda de la psicóloga cristiana que empezó a hacerle seguimiento, hizo que su mente la despertara. Tomó sus cosas y se alejó de él para siempre.

Diana Navas-Tomada de FB

“Cesó la horrible noche”, como dice el himno de Colombia. Recibió una nueva oferta de trabajo. Aunque para la que era su jefe no le gustó, Diana tomó esa oportunidad. Era en un gran lugar. Su talento la posicionaba aún más. Todo iba bien. Pero como dice el dicho, “lo que hace tu mano derecha, que no lo sepa la izquierda”, pues existe la envidia

“La que era mi jefe me empezó a hacer la vida imposible. Ya no podía más. Colocó a las personas en mi contra. ¿Eran celos? No lo sé. Pero me tocó irme. Renuncié porque ya no aguanté todo lo que me hacía. Me explotaron laboralmente”, indicó desesperanzada.

¿Otra vez desde ceros? ¿Qué pasó? ¿Qué hizo mal? ¿Crecer duele? ¡Crecer duele! Ahora, Diana está en su casa, sin pareja, sanando lo que vivió y subsistiendo de vender online. Su esperanza, y lo recalca bastante, está en Jesús. Y sabe que en cualquier momento va a brillar la luz. Por ahora hay un arcoíris, que evidencia que pasó un diluvio, pero que ya se calmó y que pronto verá a la paloma con una hoja afirmando que se encontró con tierra firme.

La migración. Es para valientes. No es fácil. Uno suda sangre. Diana, como a la venezolana del inicio de la historia, quien entregó a su pequeña, las une la esperanza y el creer que hay un mejor futuro. Que pronto llegará la calma y todo habrá valido la pena. ¡Migrantes, qué berracos son!

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