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30 marzo, 2014 Comentarios (0) Visitas: 1378 Música

El Real dedica ‘Lohengrin’ a Mortier

El Teatro Real homenajeará al que fue su director durante cinco años, Gerard Mortier.

El Teatro Real homenajeará al que fue su director durante cinco años, Gerard Mortier.

Gerard Mortier, director artístico de ópera de origen belga, generó numerosas opiniones sobre su trabajo. Algunas positivas y otras más críticas, pero siempre dio que hablar. Un mes después de su fallecimiento, el 9 de marzo, provocado por un cáncer de pancreas detectado unos meses antes, sus compañeros, admiradores y detractores le vuelven a nombrar, en este caso, para homenajearlo. El Teatro Real de Madrid, del que fue director de noviembre de 2008 a septiembre de 2013, brindará sus 13 funciones de Lohengrin a su figura, en una pieza llevada a cabo por el director Hartmut Haenchen, el regidor Lukas Hemleb y el artista Alexander Polzin.

La institución ha preparado, además, un homenaje de acceso libre al belga el 2 de abril, día en el que se iba a celebrar Enfoques, el habitual encuentro entre artistas y público que Mortier solía presentar y moderar. Para recordarle, se proyectará un vídeo, preparado para la ocasión, de sus producciones y experiencias en la institución y la orquesta del Real actuará junto a algunos de los artistas de Lohengrin.

Desde que Mortier llegó a la dirección del Real en 2008 estuvo entre sus aspiraciones llevar la versión «ideal» de Wagner para Lohengrin, siguiendo cada una de sus anotaciones. Harmut Haenchen, quien con ésta habría hecho ocho colaboraciones con el belga, declaró a Efe que cuando Mortier supo que iba a trabajar en el Teatro Real le gustaría dirigir allí Lady Macbeth de Mtsensk, de Shostakovich, Boris Godunov, de Mussorgski, y Lohengrin. Esta última ha sido la única que sus oídos no han podido escuchar de las voces del coro del Real.

Combativo y abierto a las críticas

Mortier quería convertir la institución en «un laboratorio de la ópera del siglo XXI». Su dirección generó opiniones de todo tipo. Una de las últimas polémicas fue debido a su última gran apuesta, la ópera Brokeback Mountain, estrenada mundialmente el pasado mes de enero. La posibilidad de que los sectores católicos más conservadores se opusieran a su decisión de llevar una relación homosexual al Teatro Real no le preocupaba: «La Iglesia debe solucionar sus propios problemas antes de dar lecciones sobre homosexualidad», declaró.

A Mortier no le afectaban las críticas y, de hecho, consideraba positivo para mantener viva la ópera las reacciones de pataleo o pitidos entre el público. En su última aparición reafirmó su postura: «Nunca cambiaré mis ideas sobre el teatro. Hago lo que tengo que hacer e intento convencer al público. Si a parte de éste no le gusta, debo aceptarlo», explicó.

Su sucesor, el español Joan Matabosch, en el cargo desde septiembre, respeta el trabajo del belga y asegura no haber hecho «ni el más mínimo cambio» en lo que él tenía previsto: «mi tarea es asegurar que se respete al cien por cien lo que Mortier había programado y que se desarrolle con la máxima normalidad», afirmó.

La labor de Mortier como director del Real iba a terminar en 2016, por lo que el proceso de propuesta de candidatos a su sucesión ya había comenzado cuando recibió el diagnóstico de su enfermedad. El entonces director del Real dejó claro que si el Ministerio trataba de imponer un candidato, abandonaría su puesto antes de la fecha prevista, pues deseaba ceder su puesto a alguien que mantuviera su línea de trabajo.

La carrera de Gerard Mortier no comenzó en el Teatro Real. Nacido en Gante en 1943 de un padre panadero, su primer trabajo fue como asistente de dirección del Festival de Flandes. Unos años después, entre 1973 y 1980, colaboró como director artístico del director de orquesta Christoph von Dhonanyi en Dusseldorf, Fráncfort y Hamburgo y, posteriormente, con Rolf Liebermann y Hugues Gall en la Ópera de París.

En 1981 fue designado director del Teatro Real de la Monnaie, de Bruselas, y transformó la ciudad en un referente del arte lírico en el continente europeo. Posteriormente, participó en la preparación del proyecto de la ópera de la Bastilla de París y dirigió el Festival Salzburgo, que trató de modernizar renovando el programa e intentando captar a nuevas audiencias.

Algo similar quiso hacer con la escena operística de Nueva York, de la que se iba a ocupar en 2009, pero renunció a la labor por los recortes exconómicos que sufrió la institución un año antes: los 60 millones de presupuesto iniciales pasaron a 36 millones.

En el Teatro Real de Madrid su labor tampoco fue fácil. Se enfrentó al sector más conservador del público de ópera y tuvo roces con Esperanza Aguirre, Ana Botella e Ignacio González. Mortier no asignaba papeles en función de la nacionalidad del individuo, sino de su talento, lo que le llevó a ser criticado por la falta de representación española en el Real. Quería acabar con la idea de ópera como género aburrido que deseaba rejuvenecer, junto con sus espectadores.

Su trabajo podía gustar más o menos y sus formas ser o no las adecuadas, pero su objetivo era excelente y por ello se le recordará durante este mes de abril y durante mucho más tiempo.

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