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El amor patético y cómo (intentar) sobreponerse a él

Lectura dramatizada de la comedia Rotos de amor en Matadero Madrid, dentro del ciclo ‘Lecturas argentinas’ organizado por Teatro Español.

El amor es algo que siempre ha estado presente en las distintas manifestaciones artísticas acaecidas a lo largo de la historia, y esto es algo que responde a una sencilla pregunta aplicable a prácticamente cualquier periodo desde que nuestros ancestros comenzaron a poblar el planeta: ¿quién no se ha enamorado alguna vez?

Y si hay algo que hemos aprendido de la cultura es a transmitir, hacer florecer y representar sentimientos, aunque algunos sean tan abstractos (¿quizá el que más?) como el amor. Tanto, que los hay que incluso van a la raíz y se preguntan directamente y casi siempre sin éxito qué es el amor, como el gran Vicente Folgar (DEP), aka Cody MC, en una canción de su banda Kannon:

Defínelo, descríbelo, inténtalo, ¿qué es el amor?
Bueno, malo, feo, raro, intenso, extraño… ¿qué es?
¿Acaso es pensar que igual no hay otra? ¿Acaso es teñir todo color rosa?
O acaso… acaso es llorar en noches a solas…

Son incontables, pues, las referencias a este tema en películas, canciones o, lo que en este caso nos ocupa, obras de teatro. Y sobre esa premisa del no-saber-qué-es el amor ni hasta dónde te puede llevar parte Rotos de amor, comedia argentina escrita por Rafael Bruza y dirigida en España por Agapito Martínez en formato de lectura dramatizada; porque, si hay un pueblo que entiende sobre pasiones, ese es el argentino.

En su búsqueda de la definición del amor, Rafael Bruza nos lo acaba dividiendo en dos grupos: el amor admirable (acaso es teñir todo color rosa) y el amor patético (o acaso es llorar en noches a solas). No tiene otra vuelta de hoja, y a ello se acaban resignando cuatro amigos argentinos que, por una razón o por otra, pasaron a la vez del primer al segundo grupo: Rodríguez, Artemio, Berlanguita y El Mudo, interpretados respectiva y magistralmente por Jesús Blanco, Bruno Ciorida, David Tenreiro y Roberto Dragó (único argentino del reparto).

Patético no solo por la causa de su desamor, que mezcla lo cómico con lo trágico (como pequeño spoiler, está el típico caso de mujer que se lía con el profesor de tango), sino por lo que intentan hacer para recuperarlo y la solución que se les ocurre para tratar de curarse de aquello que se conoce comúnmente como mal de amores, que, espero que como casi todo el mundo, doy fe de que existe. Y es que, como indicaba anteriormente, aunque la obra es en clave de humor, las historias de los personajes que los han llevado hasta ese punto son verdaderamente tristes; la sinopsis lo dejaba bien claro en su última línea: tanto dolor que hace reír.

Así pues, me encontraba en la Sala Hormigón de Matadero Madrid ante algo completamente nuevo para mí, tanto en esencia (humor argentino) como en forma (lectura dramatizada). De lo primero tenía el bagaje de cualquier espectador medio, consistente en el visionado de unas pocas comedias argentinas (la mayoría protagonizadas por Ricardo Darín), algunos sketches de Les Luthiers y la lectura esporádica y casi siempre sin buscarlo de viñetas de Mafalda (si es que se puede considerar comedia), lo que me había creado una definición muy general del humor argentino como eminentemente costumbrista. Sin embargo, como se ha podido apreciar en este ciclo de ‘Lecturas argentinas’ organizado entre el Teatro Español y el Departamento de Cultura de la Embajada Argentina (el propio embajador acudió a la obra y pronunció unas palabras), y que finalizó el pasado domingo, el argentino es un humor rico, como lo son sus gentes, con mil ramificaciones y propuestas.

De lo segundo, lo reconozco, no sabía prácticamente nada más allá de lo suscitado por el nombre de ‘lectura dramatizada’, lo que me generaba todavía más interés que la obra en sí, ya que en ese sentido sí iba por lo menos con una pequeña investigación hecha sobre su origen y contenido. Y la verdad es que de primeras sorprende, mucho, ver a los actores leyendo directamente de un cuaderno con el guion escrito, pero rápidamente uno se centra en lo que le llega desde el minimalista escenario (apenas cuatro sillas de madera y un piano detrás, con su respectiva pianista), que se mantiene inamovible en la hora y veinte de actuación. Al ser un texto argentino hay, por supuesto, referencias a su cultura: los antes mencionados tangos, serenatas, la puta que te pariópara conformar un relato ameno, que produce generosas risas y hace reflexionar sobre todo lo que lleva tras de sí el amor. Y que, aún con todo, sigo sin saber qué es

Manuel Gamarra

Melómano crónico, friki furgolero y pesado en general. Periodista aporreador de teclados. La música anoche me volvió a salvar.

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