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22 abril, 2020 Comentarios (0) Visitas: 1141 Letras

La historia de una novela misógina reconvertida en un símbolo feminista

Carmen

“Mujer fatal, hechicera, sensual, apasionada, pero, por encima de todo, dueña de sí misma y de su propio destino”. Es el final del prólogo escrito por Alicia Mariño Espuelas en 2005 para esta edición de Carmen, novela breve que recomendamos esta Semana del Libro.

En una época donde se acumulan en las redacciones libros sin leer, autores que merecen una oportunidad e historias que aún no se han contado y ya sabemos que nos van a recordar a otras, en esta ocasión nos centramos en el análisis crítico del clásico Carmen escrito por Prosper Merimée. Volvemos al siglo XIX para rescatar uno de los mitos más conocidos de lo que ahora llamamos femme fatale y que ha servido a muchos autores de otros ámbitos para crear a personajes basados en él.

Prosper Merimeé era un adulto francés, bien formado e incluso erudito en su nación cuando publicó Carmen por primera vez, en 1845. Tras las guerras napoleónicas no fueron pocos los que se interesaron por escribir sobre España, encontrando en este país un lugar misterioso y exótico sobre el que aún quedaba mucho por contar. Además, los propios autores españoles comenzaron a publicar obras en el siglo XIX como Los españoles pintados por sí mismos que aumentaron la curiosidad de forasteros tan conocidos como Alejandro Dumas, Victor Hugo o Flaubert.

Tras situar su anterior obra, Colomba de 1840, en Córcega, Merimeé, por su lado, se centró en los recuerdos de sus viajes por Andalucía como el experto en Historia, Arqueología y Filología que era. Esto provocó que la visión del país vecino del autor se exprese de una forma artística y académica a la vez en Carmen.

Prosper Merimeé crea una obra romántica llena de costumbrismo español (o al menos el que él ha percibido) que, sin quererlo, se convertirá en el origen de un nuevo concepto de mujer en el arte y que inspirará pocas décadas después a artistas como Georges Bizet, quien compuso la música para una ópera dramática con el mismo nombre y, por supuesto, basada en esta historia.

De esta edición de Carmen de Alianza Editorial cabe destacar el prólogo escrito por Alicia Mariño Espuelas en 2005, prólogo que nos permite analizar el contexto de la publicación de la obra y del papel de la mujer en ella, esa mujer libre que en su época era sinónimo de malvada y vil, tal y como muestra la imagen de portada.

La historia de Carmen nos conduce en la bajada a los infiernos de su otro protagonista, José Navarro, que se ve completamente obnubilado por una mujer que rompe con sus esquemas y cuyo amor nunca le parece suficiente.

Toda la historia se desarrolla en la sociedad de la Andalucía del siglo XIX, la cual Merimeé recorre desde Sevilla a Córdoba contándonos, siempre desde el punto de vista de un francés, cuáles son los hábitos de no sólo los andaluces sino los gitanos, que representan el auge del exotismo en esta obra.

Portada del libro 'Carmen', de Prosper Merimeé.
Portada de Carmen, de Prosper Merimeé

Carmen es la historia de un amor romántico entre un hombre y una mujer en la que ésta resulta la causante del fatum en la vida de él. En la obra, Carmen representa la maldad femenina mediante sus manipulaciones a través de su cuerpo y sus encantos sensuales.

Así pues, se ponen de manifiesto dos mundos totalmente opuestos que confluirán en la tragedia de dos individuales que nunca podrán encontrarse en la manera que ambos desean.  

La forma en la que está estructurada Carmen nos ayuda a entender al propio autor. La novela tan sólo consta de cuatro capítulos que, de forma simplificada, es la forma en la que Merimeé divide su creación. Siendo el primer capítulo el introductor de la historia de José y Carmen, y siendo José finalmente un mero secundario que se convertirá en protagonista a partir de ese momento.

Siempre está narrado en primera persona, pero no siempre es el mismo individuo: en el primer capítulo parece ser el propio autor el cronista mientras que, a partir del segundo, cede la palabra a José Navarro. Este personaje relata al autor y al lector, mediante una analepsis, cómo ha llegado hasta la situación que explica en el primer capítulo, donde conocemos que espera la muerte en la horca.

Navarro se convierte en apenas cien páginas en la peor versión de un hombre que es conducido por los deseos egoístas de una mujer, Carmen.

Lo que Merimeé hace con Carmen, por su lado, es dibujar en la imaginación del lector (especialmente extranjero y no habituado a este tipo de sociedad) el estereotipo de una mujer gitana de la época: pelo y ojos negros, tez morena, desparpajo…y luego la convierte en la culpable de todos los delitos que comete Navarro engatusado, según él mismo, por la despampanante mujer española.

No sólo José y Carmen son los abanderados de la España del siglo XIX, sino que los paisajes andaluces cobran gran protagonismo dentro de la propia obra y le otorgan la identidad que tiene. Desde los grandes campos hasta las angostas ciudades pasando por la flora y la fauna que bien conoce el autor de sus viajes a este país.

En su día, Prosper Merimée no quiso recrear España para los extranjeros, sabía perfectamente que no era el primer ni el único autor forastero que se había interesado por este país. Pero en cambio, tal y como él mismo confesó en distintas ocasiones, sí que quiso centrarse en un aspecto más concreto: los gitanos.

No hay más que leer Carmen para darte cuenta que el uso de estereotipos está ligado a esta sección de la sociedad así como a la propia Carmen, por su condición no sólo de mujer sino de mujer fatal.

Esta es la razón por la que Carmen no tardó en convertirse en un clásico convertido en ópera e incluso en mito. El siglo XIX resultó ser el momento perfecto para hablar del exotismo  que significaba el imaginario de nuestro país conducido, además, por dos personajes que representan el folclore que tanto llama la atención más allá de las fronteras: las raíces andaluzas y vascas, los gitanos y los payos.

Prosper Merimée creó a la mujer protagonista como representación del mal y de la eterna desgracia de los hombres sin saber que, con ese indicio de misoginia (por otro lado habitual en la época), estaba estableciendo uno de los símbolos más potentes de la liberación de la mujer. Utilizada en el futuro por diferentes artistas, masculinos y femeninos, como el prototipo de mujer liberada e independiente.

En definitiva Carmen, como un buen vino crianza, no sólo se ha conservado en perfecto estado con el paso de los años sino que se ha reinventado lo suficiente para darle un nuevo sabor a su mensaje y convertirse en un símbolo necesario de la mujer en la literatura y en el arte en general.

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