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Buero Vallejo

Una metáfora de todo

El tiempo y los Conway

8 febrero, 2012 Comentarios (0) Visitas: 1027 Escena

Amor y pasión en verso

«La vida es sueño» por la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Y todo el mundo como loco en provincias por tener la oportunidad de ver dos joyas: el drama de Don Pedro Calderón de la Barca por un lado y la CNTC por el otro, el mejor espejo donde se pueden reflejar los clásicos más conocidos (y no tan conocidos).

La CNTC nace fruto del sueño de Adolfo Marsillach allá por 1986. Convenció al Ministerio de Cultura para perseguir juntos el objetivo de promover, recuperar y difundir el teatro clásico español que, por motivos difíciles de entender con la vista de los años, había adquirido una pátina rancia pseudoligada al régimen. Con un sueño así es fácil convencer a cualquiera. Marsillach la dirigió en dos ocasiones (de enero de 1986 a julio 1989 y, en una segunda etapa, de enero de 1992 a enero 1997). Pero, ¿qué es una compañía de teatro sin actores? teatro

Ana Prieto es una JASP (Joven Actriz Sobradamente Preparada). Se ha entrenado, ha realizado cursos de verso con Vicente Fuentes, no deja nada al azar. Hace un mes cruzaba los dedos a cada momento y miraba de reojo el móvil y el correo electrónico esperando que llegara el contacto, que la convocaran para las pruebas de acceso a la CNTC. Muchos de los que entran en las escuelas de interpretación sueñan con el golpe de suerte sin más: una serie que les haga populares, un cazatalentos o una peli con Almodóvar y el posterior salto al otro lado del charco. Y no es que esté mal desear esas cosas, pero hay una vertiente que demuestra una sensibilidad y un amor por el teatro que, al oírlo, desarma. Ana recibió la señal vía mail. “El próximo día 7 tienes la prueba. Tienes dos opciones de texto: el monólogo de Doña Inés de ‘El caballero de Olmedo’ o el de Clara de ‘La dama boba.’ Tú eliges”. Y comenzó la locura. El proceso de preparación de la prueba es uno de los ejercicios de mayor pasión por el teatro que se pueda encontrar. En plena cuenta atrás le surgen millones de dudas. Todo detalle es clave, hasta la edición de la obra que haya elegido para preparar el texto. “ Son dos décimas claras… ¡Pero hay tres versos sin rima aparente al principio de mi monólogo que no tienen sentido!” Y por dentro quizás se maldiga por no haberse inclinado por el texto de ‘La dama boba’. No es un matiz absurdo. Los que saben de verso y de teatro entienden que la intensidad dramática entre una octava, una redondilla y una décima varía mucho. ¡Imagínense si no entiendes tres versos suelto sin rima! Ana pregunta, lee, investiga… Se desespera. Pide ayuda por mail a personas que no ha visto en su vida. Se da cuenta de que la edición que tiene ha obviado un verso clave. Ya no son tres verso sueltos, es la mitad de una redondilla y la rima cuadra. Ahora todo tiene algo más de sentido.

Seguramente los nervios vayan subiéndole desde los pies hasta la cabeza en las horas previas a la prueba, pero sabe que ha hecho bien el trabajo. Lope estaría tremendamente orgulloso.

 

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