Con 40 años de historia a sus espaldas, la Librería Mujeres atraviesa un momento crítico. Hablamos con su directora, tan apasionada, enérgica y vanguardista como el proyecto que lidera
A escasos minutos de la plaza Mayor, un rótulo con una sirena morada, de larga melena y pecho al aire, da la bienvenida a la Librería Mujeres. Es la librería feminista más conocida y reconocida del mundo, como ellas mismas indican en su página web, orgullosas y con motivo. En su variopinto escaparate no solo exponen libros cuidadosamente seleccionados, sino que también lo adornan guirnaldas, plantas, cojines de Virginia Woolf, cestos hechos a mano, dibujos de gatos y carteles firmados. Todo parece indicar que están de celebración y que, como dice un póster en la entrada, “El feminismo no se sufre, se disfruta”.

Esta mañana soleada y fría, Alba Lasheras, directora de la Librería Mujeres, recibe tres visitas. La primera llega puntual y entra algo temerosa. Dentro de la librería, Alba no se inmuta por el ruido de mis pasos y continúa fumándose tranquilamente un cigarro superslim rosa; está en su casa. Cuando me acerco y me presento, me sonríe y, a través de sus grandes gafas de montura granate, también sonríe con los ojos. Me siento y toqueteo torpemente la grabadora de mi teléfono; le hace gracia y, tranquilizadora, me dice: “Yo también estudié periodismo”.
Estudió periodismo, pero desde que tenía 10 años lee y vive entre las estanterías de la librería. En el espacio del que su abuela y madre se hicieron cargo (deudas incluidas) en 1983, después de que fallase como la cooperativa feminista que empezó en 1978. Cuando le pregunto sobre ella, me habla de su madre Elena Lasheras. No es que se evada, es que hablarme de su madre es hablarme de sí misma.
Una infancia entre libros y mujeres
“Mi madre militó en el Partido Comunista antes de legalizarlo y nos hablaba de todo, desde música latinoamericana hasta cómo cortaba las carreteras para pedir mejoras en los colegios con sus amigas. Por eso yo tenía la conciencia social desde muy pequeña. De ahí fue un paso natural al feminismo, aunque es algo que al principio te hace sentir egoísta. Para ti, todo el mundo va sin distinción y de repente empiezas a pensar en las mujeres. Ponerte en primera persona para pedir lo tuyo cuesta. Pero luego vas aprendiendo que en todas las revoluciones al final nos quedamos las últimas, no se cumple nuestra parte, lo vuestro vendrá después, lo importante es esto, ¿no?”. Así llega a su grado de periodismo en la universidad, criada, como ella dice “a las faldas de la librería” y se ríe recordando que dejo «flipada” a una profesora sacándole un libro de una hispanista lituana en mitad de clase.

Después de hacer el Posgrado de Información Internacional y Países del Sur y sus prácticas en CIMAC, una agencia de comunicación mexicana feminista, vuelve a Madrid. Donde trata (con éxito) de copiar el modelo de la agencia para la librería. Pasando a mano, uno a uno, todos los libros de la librería consigue montar su primera página web “¡Si es que te hablo del año 2000!” Poco después comienza a trabajar en Bruselas en la cooperación internacional para la Fundación Gates. “Ahí tuve que elegir si volví a la librería o si me quedaba en esa carrera”. Pausa. “Y decidí volverme a la librería”. Sonríe. “Sí, porque te pagan más allí, pero te sacan hasta la última gotita de tu sangre. Y estás detrás de un ordenador hasta darte cuenta de que ya el contacto con las mujeres, lo que hay aquí, lo pierdes». Mira a su alrededor “Yo aquí estoy muy contenta”, asiente.
Un maletín lleno de posibilidades
La segunda visita que recibe Alba es una que augura mejores tiempos para la librería, y viene en forma de un hombrecito enfundado en capas y bufandas que trae consigo un maletín. La directora le abraza con efusividad: “Perdona, es que hace mucho que no le veía. Hemos tenido problemas económicos”, aclara sin ningún tipo de tapujo. Es lo normal en este mundo. El hombre es el comercial de la editorial y en su maletín trae un cuadernillo con portadas y sinopsis. Alba lo abre emocionada y empieza a hojearlo, incapaz de contener exclamaciones de emoción.
“De este ponme tres”, titubeando pensativa, “de este solo uno”, dice como una clienta pidiéndole el género al frutero. Es raro que actualmente una librería no afronte problemas económicos, pero con esta es distinto. Mantenerla abierta no solo es mantener un centro de unión para mujeres; para Alba significa mantener viva la herencia de su madre y abuela. Librería Mujeres no es otra cosa que un negocio familiar y la directora tiene claro a quién agradecerle que la librería siga teniendo sus puertas abiertas: “Vivimos de un círculo cercano que nos sostiene”.
El primer crowdfunding de su historia
La institución no desconoce las realidades del mundo del libro, y los serios problemas económicos que han sufrido en los últimos años son consecuencia de ello. Estos baches les obligaron a trasladarse de su ubicación original en la calle San Cristóbal al local donde están ahora en Marqués de Viudo Pontejos. Desafortunadamente, esta mudanza no ha sido el fin de sus problemas. Ya que la librería se ubica en el arrabal de Felipe II, la comisión de patrimonio les obliga a pagar 35.000 euros para modificar la fachada y «adaptarla a lo más antiguo». Su decisión ha sido hacer un crowdfunding (Alba subraya, orgullosa, que es “su primer crowdfunding”). Esto es un grito de socorro a plena voz: “Estamos todas las librerías en crisis y la nuestra especialmente”.
Si cualquiera está cansado de trámites económicos o burocráticos más harta está Alba, a quien se le iluminan los ojos cuando dice, “Yo quiero que me nacionalicen… Bueno, quiero acabar con el dinero, pero mientras va llegando eso, quiero que me nacionalicen. Yo quiero ser una funcionaria más y regalar los libros y decir a ti te viene bien este, y a ti este te va a cambiar la vida”. La llegada del comercial de la editorial es un rayo de sol entre la tormenta y, aunque augure mejores tiempos, no los garantiza. Pero sí que ayuda a visibilizar que una librería con problemas económicos es una que la editorial deja de frecuentar y a la que los libros dejan de llegar.
Lectoras antes que clientas
La tercera visita es otro hombre que llega preguntando por el libro La mujer que escribió Frankenstein, que pide envuelto para regalo. Alba ha interactuado toda la mañana con una larga lista de “lectoras” (odia la palabra clientas) a quienes aconseja con la misma experiencia y sabiduría con la que pide libros a su editor. Siempre estando acompañada de un sexto sentido con el que le sugiere a cada visita la cura que necesita. “Esto es como una farmacia; nosotras recetamos libros”.
Esto lo hacen con una política de recibos que no es solo ecologista sino completamente representativa del espíritu de la librería “No te doy recibo, porque aquí no los pedimos para hacer cambios”. Le explica a una mujer con la que lleva 15 minutos hablando sobre misticismo feminista: “Cualquier libro que no te sirva. Si te lo empiezas y no es lo que esperabas, vienes y lo cambiamos por otro. Porque lo que yo quiero es teneros enganchaditas a la lectura. No que se os acumulen”.

La visita del hombre de Frankenstein es una que Alba aborda con la misma actitud. Incluso cuando él le comienza a explicar por qué Mary Shelley publicó Frankenstein gracias a su marido. Con esta tercera visita, Alba hace honor a “la herencia y el aprendizaje de su madre”, quien le ha transmitido que “una de las pocas certezas del feminismo es el pacifismo, un pacifismo que no es una mera ausencia de guerra, que va mucho más allá en su planteamiento”. Este no es un lugar de conflicto y Alba no quiere guerras aquí, ni entre hombres y mujeres ni entre tipos de feminismo: “Esta librería es la bisagra de una puerta, la posibilidad de abrir mentes y una celebración de todo esto”.
Una librería para mujeres en un mundo para hombres
Sin embargo, por mucho que se alegre de que “cada vez lleguen más chicos para comprarse libros para ellos”. La librería tiene su identidad muy clara: “Nosotras decimos que todas las demás librerías son de hombres y a los hombres no les interesamos”. Para hacerse entender, señala una estantería del fondo de la librería: “Imagínate una librería de narrativa cualquiera. Vas sacando para afuera los libros de mujeres que haya en la estantería. Y luego te alejas y lo ves”. Aquí pasa al revés, porque esta es de las pocas que realmente son librerías de mujeres. Así que, con la misma sonrisa que al resto, Alba despide al hombrecillo que se va tan contento con su libro.
Ninguno somos la última visita que recibe Alba esa mañana, pero ya, por fin, la dejamos tranquila, acompañada de su queridísima librería, que esperamos que se mantenga fuerte donde está por mucho tiempo más. Me despido de Alba prometiendo volver como lectora y, al salir, me despido también de la sirena.
