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Antonio Tamayo: «Pinto por necesidad de expresión, no por la fama»

Antonio Tamayo en su estudio
Antonio Tamayo en su estudio

Antonio Tamayo, artista colombiano formado entre Bogotá y Nueva York y radicado actualmente en Madrid, construye un lenguaje donde la geometría, la materia y la memoria urbana conviven con influencias de la Escuela del Sur, el expresionismo abstracto y la pintura primitiva. En esta conversación, realizada en su taller entre obras que parecen oscilar entre arquitectura y paisaje, Tamayo reflexiona sobre sus inicios, la disciplina aprendida en la navegación, la importancia del error manual en tiempos de inteligencia artificial y la búsqueda de un lenguaje propio que dialogue con la tradición sin renunciar a lo contemporáneo.

C.J.: Cuando observo sus obras noto una fuerte presencia de geometría y un toque de caos matérico. ¿Qué debería leer un visitante en ese primer impacto?
A.T.: Vengo de la arquitectura, ese fue mi primer impacto en el arte visual, y se ha mantenido muy presente en mi obra. Conocí la Bauhaus, estudié a Paul Klee y a Kandinsky, y después descubrí el cubismo de Picasso y Braque. Más adelante me adentré en el mundo matérico. Mis obras buscan transmitir el tema urbano: cuando recorro una ciudad, observo andenes, paredes, arquitectura, y esas imágenes se quedan en mi memoria, las filtro y las traduzco a mi propio lenguaje. Dejo que el espectador experimente algo geométrico, espacial, tridimensional, con texturas. Llevo 30 años moviéndome en ese ámbito: construir el formato y, a partir de ahí, desarrollar la idea.

Serie: Cartografías de la Sefarad / Foto: Alejandro Santos
Serie: Cartografías de la Sefarad / Foto: Alejandro Santos

C.J.: ¿Qué le llevó a dejar la arquitectura?
A.T.: Fue un riesgo. Mi familia estaba aterrada, pero he vivido de mi trabajo. La navegación me enseñó que uno no tira la toalla: incluso si vas de último en la regata, persistes. Me moriré siendo artista, ahí me realizo. La arquitectura y el arte no están separados; se complementan. Cada uno es parte de la expresión.

C.J.: Hablas de la navegación como inspiración.
A.T: La navegación y la naturaleza son una espiritualidad consciente o inconsciente. Las experiencias se destilan y luego aparecen en la obra. Llevo toda la vida tratando de decir dos o tres cosas importantes, pero encontrar el lenguaje apropiado es lo que más cuesta. Hoy todo es posible: mezcla de escultura, pintura, sonido. El arte es ilimitado. Con la inteligencia artificial avanzando, yo voy al origen. No quiero que mi obra sea perfecta. Quiero la huella de mi mano, el error. La pintura rupestre no ha cambiado. Mis piezas son una lucha contra la tecnología.

C.J.: ¿Que piensa sobre la inteligencia artificial en el arte?
A.T.: Tengo un amigo que es un genio y trabaja con IA, con robots artistas, con prompts semanales. Él imprime lo que producen y eso exhibe y me parece increíble. Yo voy en dirección contraria: hago rayones en una cueva. Pero creo que todo es válido. Como la comida: cada plato, si está bien hecho, es importante. Así es la pintura.

C.J.: Sobre artistas que cambian y otros que no.
A.T: Hay quienes se reinventan, como Picasso, y quienes exploran un lenguaje toda la vida, como Botero. Ambos caminos son válidos. Depende del temperamento del artista.

C.J.: Su etapa en Nueva York fue clave. ¿Qué me puede contar de esa etapa?
A.T: Entré al Art Students League. Ahí pasaron los grandes artistas norteamericanos. Mi profesor fue asistente de Rothko, otro trabajó con Motherwell. Ellos me enseñaron a oír música en la pintura. Leí La espiritualidad en el arte de Kandinsky, cuatro veces. Kandinsky fue el primer artista occidental en trabajar la abstracción de forma consciente. Interpretaba colores como instrumentos musicales: los violetas profundos eran como flautas lejanas; los rojos y amarillos, como violines y chelos. El caos tiene reglas. Leer un cuadro abstracto es más complejo que uno figurativo. Mondrian llega a la esencia con tres colores y líneas negras: parece simple, pero es una orquesta de proporciones. No hay que ser erudito para saber si algo es bueno: como la empanada, uno sabe cuándo está buena sin conocer la receta. El artista trabaja para que el espectador no tenga que pensar y pueda asimilar la obra.

C.J.: ¿Que opina sobre Pollock y la composición?
A.T.: Pollock sabía exactamente dónde botaba la pintura. El espectador debe entrar por un punto, recorrer la obra y cerrarla. Matisse era un genio en eso. Los colores tienen armonías, como la música: si saltas escalas, el oído se pierde; en pintura pasa igual.

C.J.: Hablemos de Torres García.
A.T.: Para mí es el artista latinoamericano más importante. Conoció a los grandes de Europa y creó el Universo Constructivo, la Escuela del Sur. Influenció a artistas de todo el continente. Él mostró que América tenía sus propios referentes pictóricos. Me influenció mucho porque entendí que ese era el aporte de América al arte universal. Para mí es importante contar de dónde vengo.

C.J.: Claro, y se ve reflejado. Justo le iba a preguntar que se ve que en su trabajo convive bastante la influencia neoyorquina, occidental, también del mundo, y una visión también latinoamericana.

A.T.: Exactamente. Para mí es muy importante contar mi historia, de dónde vengo.

C.J.: ¿Cómo conviven esas dos?

A.T.: Pues contando la historia de dónde vienes, pues es una parte importante poder aportar de sus raíces. Aunque hoy en día estamos tan conectados por las redes sociales, tenemos tanta información que yo hoy en día ya sé qué están haciendo en Japón, o sea, las ideas que están haciendo los artistas en Japón, cosa que no pasaba hace un siglo. Entonces, por eso cada región, cada cosa en la historia del arte tenía como una identidad… Hoy en día cualquier artista contemporáneo, trabaja los medios de la tecnología y está al tanto de lo que sucede alrededor del mundo. El secreto está en tener tu propia visión, independientemente de lo que hagas, es fundamental mantener tu identidad.

C.J.: ¿Qué opina del arte conceptual extremo?
A.T.: Se puede caer muy fácil en la tontería. Si tienes que leer un libro para entender una puntilla, ya no es arte visual, es literatura. Para mí es importante que un niño de África o un europeo mayor vean algo y lo entiendan sin explicación. “What you see is what you get”. Los museos tendrán que especializarse: pintura por un lado, performance por otro. Yo me alcancé a formar en la academia, y creo que la academia para mí ha sido una herramienta maravillosa y se la recomendaría a todo el mundo, porque el “vale todo”, que en el arte es muy posible, tiene su momento de aplauso, pero el tiempo no sé si lo soporte.

C.J.: ¿Crees que el arte no debería ser tan complicado de interpretar?
A.T.: Exactamente. No hay que ser erudito para disfrutar los Rolling Stones. Pinto por necesidad de expresión, no por la fama.

C.J.: Tu lenguaje es abstracto, constructivista y matérico…
A.T.: Exactamente. Busco tridimensionalidad y volumen. Estoy tentado a hacer escultura. Matérico es trabajar con materiales: arenas, cemento, aglomerados, acrílico. Toda pintura tiene materia, desde Leonardo da Vinci hasta Kiefer. Soy muy seguidor de escultores como Chillida. Su Peine del Viento es mágico: integró naturaleza y obra de una manera maravillosa.

C.J.: Déjeme un pensamiento sobre el arte para terminar

A.T.: El “vale todo” en el arte no vale, porque por ahí nos decían a nosotros, «bueno, los vagos, vagos, los que no quieren estudiar ni nada, que se metan a estudiar arte o lo que sea». No, esto tiene que tener una disciplina como no botar la toalla hasta el final de los días. Eso es como navegar, persiste.

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