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21 enero, 2015 Comentarios (0) Visitas: 3011 Letras

Mascha Kaléko, la poetisa de la Nueva objetividad

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Fotografía: www.tgg-leer.de

Fotografía: www.tgg-leer.de

Su patria, la lengua alemana. Su tesoro, la poesía. Su talón de Aquiles, la melancolía. Y su forma, la nueva objetividad.

Hoy se cumplen 40 años de la muerte de Masha Kalékouna de las poetisas más conocidas y relevantes en lengua alemana. Nació en 1907 en el imperio austrohúngaro, en la actual Polonia, pero siempre se consideró alemana a pesar de que en algunos poemas reconozca sentirse como «la extraña del lugar».

Hago los bártulos, me marcho

a la ancestral manera de mi estirpe.

Hablan de mí sólo en voz baja.

Sigo siendo el extraño del lugar. 

Masha era, y es, una de las representantes de la Nueva Objetividad, un movimiento surgido en Alemania, en los años 20, que lleno de ironía y de sátira, critica con argumentos políticos y filosóficos el estado al que les condujo la guerra.

La crítica no fue la única constante en sus poemas, sino que la melancolía y la nostalgia estaban latentes en cada uno de sus versos. Masha echó de menos toda su vida a Alemania, aun estando entre sus calles. La sentía lejana y ella misma se sentía forastera en el lugar que la vio crecer. Mascha kaleko

Berlín, la ciudad donde se publica su primer libro y donde comienza su carrera profesional, es criticada a menudo por la poetisa. «La memoria del Berlín contra el que, paradójicamente, había usado el sarcasmo y la ironía en sus poemas primeros llenó gran parte de su vida, y por ende, de sus versos. Pertrecharse en la poesía la salvó de esas soledades o, mejor dicho, casi la salvó, porque un puñado de poemas no salvan de nada y aún menos cuando, como en el caso de Kaleko, sus versos fueron silenciados por diversas razones coyunturales” escribe Inmaculada Moreno, traductora al español de Mascha, en la introducción a la Antología publicada en 2013 por la editorial Renacimiento. 

Además, hay cuatro factores que hicieron que su camino en la literatura fuera más que complicado. Primero, era mujer. Segundo, era judía. Tercero, era alemana y por último vivió en la primera década del siglo XX. Una combinación que, como asegura su traductora, no hizo sino complicar las cosas de la poetisa. Por todo ello, sus libros fueron perseguidos y finalmente, silenciados por las hogueras nazis.

Aun así, nunca se rindió y como dice Juan Bonilla en su Blog, Mascha Kaleko era una poeta del sí: si un sabio francés dijo una vez que nadie es nunca feliz en la tierra, ella le corrige, se acuerda de haber sido feliz «y a serlo de nuevo se entrega».

Y es que, a pesar de la muerte repentina de su hijo a los 30 años y de la de su segundo marido, Chemjo Vinaver, director de orquesta, cinco años después, siguió adelante con la literatura como medicina hasta que finalmente en 1975, Mascha se fue, con sus versos de la mano, al cielo de los poetas, para, quién sabe, si seguir escribiendo desde allí y compartiendo mesa y pluma con los grandes de la literatura mundial.

Fruto de su inspiración, salieron versos como éstos, que hablan sobre la tierra en la que Mascha se encontraba. Tierra a la que, al final del poema, Mascha nos invita a ir y convertirnos en sus invitados. ¿Adivinas dónde es? Os dejamos con ella:

 

Desde esta tierra extrema yo te escribo

a la sombra de un árbol que ayer aún no estaba

pues aquí crece todo de repente.

Apenas surge un plan, ya se ha cumplido.

Demasiado vehemente es nuestra tierra.

Yo no sé bien si tú

podrías adaptarte a este clima,

admito que yo misma con frecuencia lo temo.

Quema el sol como cólera encendida,

y él madura el grano, tuesta el grano

a su gusto. No puede una fiarse:

hoy representa amor, mañana odio.

A partir de una nada, de una fuente,

nace de pronto un río que veloz

inunda el campo todo entero

y de nuevo decrece en un instante.

Aquello que deseas se cumple sin demora,

pues los deseos tienen un poder evidente

-no deseo maldades, menos mal,

se metería una sino en un mar de sangre-.

Tú miras con deseo a una mujer

y así ya eres un hombre

y tu deseo engrendra un hijo.

Es aquí cada cual igual que el viento,

que esparce sus semillas sin tiempo a preguntar

si han echado raíces.

Observas con cariño alguna estrella

y entonces brilla y te obedece

y lleva tu talento a su apogeo.

Te colma hasta tal punto de venturas

que te corta el aliento. ¡Vente ya!

Sé mi invitado. Aunque es difícil

adaptarse, a aquél que lo consigue

le salta el corazón y se le rompe.

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